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A B C MIÉRCOLES 4 DE OCTUBRE DE i9o5. PAG. 5 PARÍS E L DOMINGO. París es de esos pueblos donde pesa mucho el domingo, ese día tan deseado por los que trabajan durante toda la semana, y tan fastidioso para los que no hacen nada en ese día ni en los demás. El domingo en Pans es an largo, tan desagradable y tan monótono como en los demás pueblos del orbe. Sale de los almacenes y de las tiendas Hete en la taquilla de los teatros. Se tropiezan unos á otros, se empujan torpemente, se ve que todo el mundo tiene el afán de llegar pronto, de gozar mucho: una ansia feamente plebeya. Después de esta hora, se produce cierta calma en el pueblo; los bulevares están silenciosos, las tiendas están cerradas; apenas cruza algún ómnibus ó a gun coche vacío. Luego, a medida que la tarde avanza, el bulevar se convierte en un paseo de la tarde. Quizás ésta es su única diversión. Y sobre estas pobres gentes cae de cuando en cuando, como un recuerdo triste, una hoja amarilla y seca de los árboles del bulevar. Pío BAROJA LAS INCURABLES p s un caserón pardo y conventual, sito en el núm. 11 de la calle de Ámame Alia en tiempos remotos fue la casa solar de un noble, viejo y austero, el f H 1 1 n fXM V. ALEMANIA. LAS MANIOBRAS MILITARES. EL EMPERADOR GUILLERMO X CON SU ESTADO MAYOR Hutin Irampus la gente á paseo, a misa, á los museos. El buen burgués pasea con su esposa del brazo y lleva sus dos ó tres retoños por delante. Nada tan ridículo y tan triste como estos chicos de las grandes poblaciones. Con su pantalón corto, su sombrerito duro, su cuello blanco y su bastón, parecen micos. Van senos, graves; hacen preguntas a sus papas; parecen viejecillos de cara joven. Tras del corretear de la gente por calles y por bulevares viene la hora de la comida. Los restaurants se llenan hasta el tope, sin que quede una silla vacía. Un aire pesado lleno de olores fuertes se respira dentro, y en las mesas se aprieta la multitud y deglute de una manera repulsiva. Luego sale la gente de los reúauranh y corre con un aire aturdido y atareado á tomar el tren en las estaciones, ó el bi- gente endomingada. Pasan señores de sombrero de copa con sus mujeres; pasa un militar de tricornio, lleno de cruces, del brazo de su señora; pasa un soldado de caballería con su casco de gran plumero; pasa un borracho tambaleándose y lanzando discursos al aire; pasa un zuavo, pasa una vieja que lleva un perrillo en brazos. Llueve un momento, y todo el bulevar se llena de una masa negra de paraguas. Al poco rato cesa de llover. Un vendedor de periódicos trota á lo largo de la acera gritando algo que no se entiende; otro vendedor muestra sus nuevas canciones: ¡Lepetitpanier! ó ¡Verme ton pepin Chaburot! Empieza á obscurecer; en los balcones aparecen muestras de comercios con luces que se encienden y se apagan. En los bancos del bulevar alguna gente oobre permanece sentada durante toda conde de Monterrey, y aún á través de los siglos y de haber sido vanas veces remozado el edificio, aún parece flotar en el el esphitu de las antiguas vidas. En 1824 fue adquirido por la condesa de Lerena, y por su pía voluntad convertido en asilo de ancianas incurables. En el amplio portal hay una hornacina con una imagen, ante la cual arde una lampara roja y cuelgan amarillentos exvotos de cera. Yo he cruzado varias veces ese portalón en un triste y lejano mes de Mayo, llevado poruña devoción dolorosa, y he subido lentamente la gran escalera jalbegada de azul tenue, en uno de cuyos testeros y junto á un lienzo borroso que representa un pasaje evangélico, albea una lapida de marmol perpetuando la fecha en que un caritativo señor, en descargo de sus flaquezas mundanas, hizo al morir donación de sus haciendas á la santa casa