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A B C. MARTES 3 DE OCTUBRE DE i 9 o5. PAG. 5 CEREBROS Y CORAZONES Constantemente se oye decir que tales y cuáles personas tienen gran talento, pero carecen de sentimiento; y que otras, en cambio, poseen un corazón sensible que manda y ordena en absoluto, sin dejar terciar en las contiendas para nada á la cabeza. Cerebros y corazones son reyezuelos absolutos y autoritarios que recaban cada cual en su provecho el mando completo y se apropian la misión de regir vidas y haciendas, honras y almas, pero ambos solos, aislados en cada ser, como si estuviesen reñidos entre sí, como si sintiesen un profundo aborrecimiento á la ley de equilibrio. ¡De qué pocas personas puede decirse que piensan alto y sienten hondo! Hablando de esta anomalía, oí hace años la siguiente extraña historia: Hace muchos siglos, muchos, se declaró una epidemia terrible y rarísima. ¿Síntomas? Vahídos, ahogos, mareos y palpitaciones. ¿Resultado? La muerte siempre en todos los casos. Los humanos estaban aterrados ante aquella enfermedad, de la que no salía ni una sola persona con vida. Sabios, médicos, higienistas, químicos, etcétera, estudiaban inútilmente el origen y curso del terrible mal para tratar de hallarle remedio. Todas las tentativas fueron vanas, y no parecía quedar otro recurso que esperar cada persona resignadamente su turno para morir. Repentinamente se corrió la voz de que un sabio extranjero había montado un laboratorio y aseguraba que curaría fijamente á todos los atacados, si éstos se sometían á una operación quirúrgica: la de dejarse extraer el corazón y el cerebro para analizarlos y sanarlos. Todos se aterraron ante aquella promesa de vida, para obtener la cual era preciso comenzar por dejarse hacer la autopsia. Pero la epidemia arreciaba, llevándose a montones los restos de esperanzas, y hasta los más rehacios á creer las promesas del extranjero empezaron á sentir flaquear sus energías y á pensar que, muerte por muerte, siquiera la que pudiera proporcionarles la operación sería más rápida y, por lo tanto, de menor sufrimiento que la que ocasionaba la lenta y cruel agonía epidémica. Al fin se sometieron. Los pocos millares de personas que restaban vivas fueron á ver al sabio químico y con él se pusieron de acuerdo para dejarse operar. Llegado el momento, el doctor los narcotizó y procedió con el numeroso personal que tenía á sus órdenes á extraer los cerebros y corazones de los pacientes, los analizó y limpió de impurezas, y para asegurar mejor la curación los introdujo en la vasija llamada matraz, que contenía cierta sustancia antiséptica, y después tapó herméticamente... A los pocos instantes hizo explosión el recipiente con la misma violencia que hubiera podido hacerla un polvorín, y comenzaron á salir grandes llamas. ¿Qué había pasado? Que el extranjero no tuvo en cuenta la calidad de lo que había introducido en el matraz; no hizo clarificación para dar el baño por tandas, según las clases, y cuando la casualidad reumo dentro del recipiente y sin posibilidad de salida cerebros y corazones de egoístas y filántropos, coquetas y místicas, ilustrados é ignorantes; cuando se mezclaron bajezas y ruindades con abnegaciones y heroísmos, ternuras con desdenes, amores con ingratitudes, talentos con frivolidades, ideas grandiosas con atavismos, sentimientos de progreso con pensamientos día, puesto que cortó la mortífera epidemia, y los enfermos salieron deaüí completos y sanos. La pobre humanidad, por ley de herencia, se ve desde entonces condenada al desequilibrio entre el pensar y el sentir, porque los grandes corazones se encuentran bgados á cerebros raquíticos, y Jos que de éstos son grandes, geniales, van casi siempre en compañía de corazones pequeños y mezquinos. Sólo en algunos casos excepcionales se MR. A. COMBARIEU, SECRETARIO CIVIL DEL GABINETE DEL PRESIDENTE De LA REPÚBLICA FRANCESA QUE ACOMPAÑARA A MR. LOUBET EN SU VIAJE Á MADRID I ot (luisseau Ma iens rutinarios, el choque fue demasiado brusco y se produjo la explosión. El remedio urgía, porque las llamas amenazaban destruirlo todo. El sabio, obrando como tal, pensó que lo primero era dejar á salvo su responsabilidad y no ser causante de tantas muertes. Procedió, pues, con prisa, á escape, según requería la gravedad del caso, á colocar á los pacientes un cerebro y un corazón, pero sin detenerse á confrontar los que, según peso y medida, pudiera corresponderles. -Después de todo- -pensó el sabio, ¿qué más da? Lo principal es salvar la vida. Y de esta manera pudo conseguir que escapasen al peligro del incendio; él quedó en el honroso lugar que le correspon- hallan cerebros y coiazones que marchera al unísono en perfecto equilibrio; son descendientes de los pocos que, merced á la casualidad, salieron bien librados de aquel apurado trance. También se encuentran en el mundo personas que al parecer carecen de corazón ó de cerebro; son herederos de los que el azar dio visceras averiadas por las llamas, Jas cuales, claro es, funcionan coa gran deficiencia. No afirmo que sea rigurosamente histórico lo que antecede. Pero conforme se va estudiando en Ja vida el libro animado llamado criatura humana, se siente cualquiera inclinado á tomar como artícu- J