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g A Ñ O TRES. NUMERO 266. CRÓNICA UNIVERSAL ILUSTRADA. contuviera más que castigos livianos y pasajeros, andaría medianamente de disciplina. ¡Loque sucede al Gabinete, y lo que habrá de ocurrir á la mayoría parlamentaria! Esto lo percibe la gente, con más ó menos claridad; pero todo aquel que se percata de ello, es materia abonada para que en su ánimo arraiguen y prosperen los rumores de crisis. Los que los propagan y aun inventan, ya conocen el terreno que pisan. Por lo menos hay en ellos mucho de presentimiento. Sin embargo, es absurdo suponer crisis de la magnitud de las anunciadas, cuando estamos en vísperas de la reunión de Cortes. En una situación seria y vigorosa, la especie pondría en ridículo á quien la fingiera y propalara. ¡La deducción no es lisonjera, pero es lógica! MANUEL TROYANO SÉMADRJD, 3 DE OCTUBREi 905. DE UMERO SUELTO, 5 CENS. ció. El sigue tan Chato, y los que le esperaban se quedaron con un palmo de narices. AEMECE TPTP 3 DEMJA DE Los rumores de crisis CRISIS continúan. En vano periódicos bien informados ¡os desmien. ten; ¿ñatamente se enfadan los ministeriales. Las gentes los creen. Al principio se habló de un ministro; luego, de dos; ahora se habla de tres. Gobernación, Estado y Gracia y Justicia son los ministerios señalados como casos graves de la epidemia política reinante. Ei mismo presidente del Gobierno no se salva de la sospecha de hallarse atacado por el mal. Lo más peregrino del fenómeno está en la facilidad con que toman cuerpo rumores tales. Se conoce en ello la predisposición del ambiente, para que el germen encerrado en toda noticia de crisis se desarrolle. ¿Por qué causa? Indudablemente tan significativa circunstancia acusa un deplorable concepto de la opinión general respecto de la consistencia y solidez del Gabinete que ha formado y preside ei Sr. Montero Ríos. Si se dijera, por ejemplo, que se habían hundido las bien construidas casas de la calle de Velázquez, aunque el hecho es posible, todo el mundo lo pondría en duda. Si se dice que continúan hundiéndose las de la calle de Jacometrezo, siquiera el anuncio sea falso, todo el mundo se sentirá dispuesto á creerlo. Lo precoz de la dimisión y del reemplazo del Sr. lírzáiz, hizo pensar en la deleznable naturaleza de! actual ministerio. Se recuerda que, cuando D. Práxedes Mateo Sagasta no quería que se quebrantase una situación liberal con una crisis parcial y prematura, el ministro descontento, enojado ó discrepante se quedaba en su sitio, salvo extraordinarios y contad simos casos. La autoridad y el prestigio deí jefe eran vínculo de cohesión muy fuerte; Ja simpatía y el respeto lo apretaban más y más. En el concepto de la gente, lazo semejante está hoy muy flojo. Así, la credulidad se halla muy dispuesta á admitir que eí ministro que no está contento se irá cuando bien le parezca. Otra circunstancia que militaba en pro de Sagasta falta aquí. Personaje político que disgustaba al jefe, creándole contra la voluntad del mismo las molestias y contrariedades de una crisis parcial, podía temer ope, como sanción penal de su indisciplina, el otorgador de carteras no volviese á contar con él. Mas, el señor Montero Ríos, ¿cuándo volverá á verse en otra? Temporales y breves habrán de ser las penas por él impuestas. Si D. Eugenio no puede ser amado, tampoco puede ser temido, y el caudillo en política tiene que hacerse amar, y, sobre todo, hacerse temer. Un ejército, cuva ordenanza no EN LA BIBLIOTECA H o r qué sentís, hombres dcsconteníadizos, esta ligera aversión hacia la Biblioteca Nacional? El día está melancólico; un pedazo de cielo húmedo, anubarrado, ha aparecido ante nosotros cuando hemos abierto nuestro balcón. No podemos dar nuestro matinal y tónico paseo; nos sentimos tristes; nuestros- libros y nuestros cuadros nos los sabemos de memoria. ¿Por qué no ir un rato á curiosear amenamente en esta Biblioteca? Hace dos ó tres años que no hemos puesto los pies en ella; en ella nosotros hemos pasado sobre los manuscritos y sobre los libros- -que al presente tal vez no nos interesan- -largas horas. Ya estamos caminando con nuestro paraguas y nuestros chanclos. En la puerta, desde lo alto de la escalinata, dirigimos una mirada vaga á estos hombres de piedra, Lope de Vega, San Jsidoro, que acaso, como ios manuscritos y como los infolios, no nos interesan lampoco. ¿Será necesario ahora, lo mismo que antaño, tomar unas pinzas misteriosas, raras y escribir prolijamente en una papeleta el título de la obra, el volumen, el idioma en que tal libro está escrito, la signatura de este libro, el número de ¡as terribles tenacillas, nuestro nombre y, finalmente, el nombre de nuestra cal e, I el número de nuestra casa y el piso en que vivimos? No; nos sentimos optimistas- -á pesar del mal tiempo; -creemos que el mundo ha caminado y que este progreso de las cosas mundiales ha alcanzado también á nuestra Biblioteca. Además, nosoti- os no venimos a ella en requerimiento de un secular mamotreto, de un incunable maravilloso, de alguno de estos libros peregrinos que nos dejan llenos de admiración. Nuestro deseo es más modesto: con una liviana y moderna Revista nos contentamos. Amamos la bagatela con pasión, y las Revistas literarias, sociológicas ó científicas, nos encantan. Y he aquí, en una sala vasta, fría y semiobscura, unas cuantas de estas revistas expuestas en sus vitrinas. Par. llegar hasta esta sala hemos tenido que caminar, como á través de un desierto, por vastos y sonoros ámbitos solitarios. No sabíamos adonde encaminábamos nuestros pasos, ni si llegaríamos a) término de nuestro viaje; pero teníamos fe, marchábamos alegres, sin pinzas y sin papeleta, y al cabo nos hemos visto, con satisfacción infantil, respirando fuertemente, ante estas vitrinas con sus Revistas. Unos señores graves fu maban y charlaban en torno de una mesa. ¿Se puede leer una Revista? -hemos dicho cercándonos cortésmente al grupo. La conversación se ha suspendido: la sala estaba desierta, nadie entra en ella, y tal vez estos señores han mirado con una vaga sorpresa á este lector intempestivo que venía á romper un reposo sagrado. Y uno de estos seño res nos ha preguntado amablemente: ¿Trae usted la papeleta? Nos hemos quedado confusos; en nuestro optimismo no habíamos querido pensar en la papeleta. La Revista está allí al alcance de nuestra mano; es seguro que no la vamos á tener con nosotros sino un breve momento. Y sin embargo, es preciso emprender un largo viaje l jj ubo ayer conferencias entre minis tros, conferencias con resultados favorables, al parecer, páralos que, como indicábamos en nuestra última crónica, hablaban el domingo, después de la apertura del curso, de próximas vacaciones escolares, oficiales unas é impuestas por Jas circunstancias otras. Más va! e así, y todo el mundo celebrará ¡a solución, aunque lamentando que si han de hacerse las concesiones justas, no se hagan con tiempo suficiente, para evitar que llegue á hablarse de conflictos que á nadie pueden agradar ni en la práctica ni siquiera en profecía. Sin embargo, se anuncian reuniones, y la agitación y destemple precursores de la fiebre son innegables. Dios sobre todo. Comenzaron los ejercicios militares por brigadas de la guarnición, y eí defile de las tropas por las calles dio á Madrid una nota de alegría y animación. La política se mostró revuelta. Llegó el marqués de la Vega de Armijo, á quien ya saludaron muchos diputados electos como presidente también electo y se habló ¡cómo no! de crisis inminente, inevitable, cual letra girada á pocos días fecha y á guisa de confirmación de una profecía hecha este verano desde San Sebastián. La Prensa acogía anoche los rumores. El Gobierno los negará exac titud hoy. Poco vivirá quien no vea de qué parte está la razón. La Academia de Bellas Artes se reunió para elegir un académico, y fue el elegido eí actual ministro de Fomento, señor conde de Romanones. Y nada más de notable ocurrió ayer. Los aficionados á emociones judiciales sufrieron una deeepción. El famoso Chato de Jaén, que debía comparecer ante el Jurado por el robo de la casa de cambio de la calle de Carretas, no compare-