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A B C LUNES 2 DE OCTUBRE DE i 9 o5 PÁG 6 i 1 i. +l 1 r i t TM ií ia f w r I ÍMV fe -ÍV- -I. í 1- si á m é v at wjkvi EL tfc Tfl r i fvi: -3 v L t MR. RbVülL, DIRECTOR DEL GABINETE DEL MINISTRO DE NEGOCIOS EXTRANJEROS DE FRANCIA, Y tL DR. ROSEN, REPRESENTANTE DE ALEMANIA EN TÁNGER, FIRMANTES DEL ACUERDO FRANCO- ALEMÁN SOBRE MARRUECOS Fiscowich, que había calculado que duraría un mes la mudanza, fue al día siguiente de firmar la escritura á visitar las covachas en que lo tenía todo apilado de mala manera, y las encontró vacías. A fuerza de carros y de hombres, no le habíamos dejado ni un papel, ni una astilla, ni un clavo. Los miles y miles de materiales estaban ya en nuestra nueva casa ordenados, numerados y catalogados, como si hubieran hecho las operaciones hadas milagrosas. El servicio, complicadísimo y difícil, no se interrumpió ni un minuto, y las compañías de Madrid y provincias no conocieron el cambio sino en que la Sociedad de Autores empezó de pronto a servirles cuanto pedían. Cuando D. Florencio me buscó para protestar de lo que él juzgaba un despojo, me encontró en amplio salón de altas paredes, donde se apiñaban, limpios y alinsados en formación correcta, los innumerables papeles de música que constituían desde entonces el archivo único... Fiscowich se presentó en son de guerra, diciendo: ¡Oiga usted! jQue se me han traído toda la madera, y la estantería no entraba en el trato! Pero alzó la vista y continuó, cambiando de tono: -Esto es inmenso, enorme, colosal; una riqueza incalculable... ¡Qué demonio! ¡Ha hecho usted bien en lo que ha hecho! Miguel Echegaray, á quien yo relataba el incidente al salir del domicilio so- cial aquella misma tarde, me interrumpió diciendo: -Don Florencio tiene razón. La obra ha terminado de una manera asombrosa, como no podíamos soñar. ¡Como terminar! -le dije. ¡Pero D. Miguel, por Dios! ¿Usted cree de veías que hemos concluido? ¿No? ¡Si estamos empezando ahora! -Pues ¿qué mas podemos hacer? -Mucho. ¿Qué diría usted si la Sociedad pagara las deudas de todos los autores y administrara todas las obras? M e miró Echegaray como Torregrosa años antes, y acompañando la palabra con su risita habitual, metálica y burlona, me contestó en el acto: -Diría... que el éxito le ha trastornado a usted, y está atacado del delirio de grandezas, ¡porque eso es una locura! 1 a locura se hizo, sin embargo, dos meses después con una facilidad admirable. Considerando suficientemente fuerte á la Sociedad, gracias á la posesión del archivo, para acabar de un golpe con las casas editoriales si éstas se resistían, yo fragüé un plan completo de disolución, pasándome, por cierto, semanas enteras haciendo números, rectificando cálculos y reuniendo los datos indispensables. Contando desde luego con la aquiescencia de Chapí, Aruej, Fiscowich y los hijos de Hidalgo, después de infinitas entrevistas, cartas y conferencias, sometí mi plan á la aprobación de la Junta direc- tiva, en cuanto ésta se reunió completa en Septiembre. Las bases fundamentales eran éstas: La Sociedad emitiría 5.200 obliga ciones de a 5oo pesetas, importantes 2.600.000, amortizables en un plazo máximo de veinte años y con un interés anual del 7 por 100. De este dinero se entregarían: 100.000 pesetas á Chapí por la cesión á la Sociedad del beneficio del 5 por 100 que le reconocía la escritura de venta de su archivo; 1.000.000 á Fis cowich á cambio de las obras de su propiedad y de sus créditos contra los autores; 5oo.ooo á los hijos de Hidalgo, y 600.000 á D. Luis Aruej por los mismos conceptos, y las 400.000 restantes á este mismo señor como devolución del anticipo hecho dos meses antes para la compra del archivo de Fiscowich, dando por recibidas las 620.000 pesetas que la Sociedad había confesado deberle y quedando cancelada la correspondiente escritura. Una vez terminada la operación y en tregadas las obligaciones á las casas editoriales, que las recibirían como dinero, la Sociedad se haría cargo de la administración general, recobraría la propiedad de todas las obras vendidas por los autores muertos y vivos, y se haría cargo de todos los créditos contra ellos. Suprimiría, además, el interés que estos devengaban, y los amortizaría insensiblemente en diez años. Como se ve, la combinación era favo rabie á todo el mundo: á las casas editoriales, porque se las pagaba espléndida-