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EDEL 6 ALCALÁ 8 Los únicos é inmejorables cafés torrificados los vende OMEGA no se le conoce competencia. París, 1900. Grand Prix. (Mayor recompensa. 13 IA C A S A Uií ¡B A T 0 1 0 SU VAI. OK F O K A I. I I A l A S Y PAPELETAS del fO Vrf S A S Í ÍEÍJÓKÍB. SO, 11 ENTRESUELO LA COiPAllÁ BRUNSWICK- BALKE- COLLENDEÍI Establecida en París, New York, Chicago, St. Louis, etcétera, etc. es la casa constructora de billares más importante del mundo, y sus trabajos han sido pre- f miados con quince medallas en las exposiciones de iladelfia, l arís, Sidncy y Chicago. P R O B Á D L O S Y OS C O N V E N C E R É I S 24, PRECIADOS, 24 exieana DE A B Cl BANDERAS FHANCIiSAS V ESPAÑOLAS A entregar cuantos pedidos se hagan por importantes quo sean en plazo muy breve. Romanones, 7 y 9, entresuelos, LOS TIROLESES 1 20 BIBLIOTECA EL SEPTLMO MANDAMIENTO ÍI 7 -Eso indica que me acepta usted... -S í sí, todo lo que usted quiera, pero haga usted que los caballos vayan más despacio. -C o n mil amores. y diciendo esto, lanzó un grito de júbilo y ya no hizo caso de ios caballos ni de nada, para volverse hacia la que consideraba ya como su prometida. P e r o de repente se quedó silencioso y su rostro se entristecitS visiblemente. -N o crea usted que me hallo muy conforme- exclarncí, -porque ahora resulta que si me dice usted que sí, es sólo por evitarse el peligro de una nueva carrera á través de los campos nevados. Si esto es as! yo les doy á ustedes mi palabra de caballero, que aunque me dijera que no, me comprometo á conducirles nuevamente á su casa con sumo cuidado y llevando el trineo al paso. La joven va no estaba pálida como antes; tenía las mejillas sonrosadas y furtivamente dirigía miradas suplicantes á su padre. Este, meneando la cabeza con muy visibles muestras de mal humor, exclamó: ¡Alabado sea el cielo que no me ha dado más que una hija! Crea usted que si hubiese tenido varias, y por cada una hubiera tenido que ser conducido como hoy, con exposición de mi vida, era preferible que me colgase de un á r b o l ¿P e r o que es lo que resuelve usted? -Yo no resuelvo nada. Sólo digo que es usted un hombre original y que tiene usted un método bastante extraño para que escuchen en silencio sus pretensiones. Y luego, para remate de fiesta, todavía qi. iere que le den gusto en todo y que accedan á sus estrambóticos deseos. Lo único que le digo es que estoy completamente hehido y que ahora no estoy para nada. -Dei. íro de cinco minutos estará usted en mi casa y delante de un buen fuepo. Y lucv. ro, con tono supücnníe, -A. idc üsícd, S r Eberliardt, dígame usted que s i ¿P e r o hombre, con quien pretende usted casarse, conmigo ó con mi hija? Si después de todo, la muchacha es tan tonta -Sianifica sencillamente que en este momento le oído la mano de su hija. ¡Vayase usted al diablo! ¿Qué dice usted de esto, Srta. Gertrudis? La Srta. Gertrudis no dijo una palabra. -D e b e haberse llevado el viento su respuesta, porque no he oído nada. ¿Quiere usted decirme cuál es su opinión? ¡Por todos los santos, vaya usted más despacio! -se limitó á responder la muchacha. Ernesto creyó adivinar en esta súplica una vaga expresión de asentimiento, y refrenó algo la marcha de los p o t r o s ¿E s que no me quiere usted? -añadió. ¡Jamás! -rugió el padre. -Déjenos usted salir. -C u a n d o hayamos llegado á la meta. ¿P e r o adonde nos quiere usted llevar? -A mi casa. El chasquido del fatigo, el zumbido del viento y el relincho de los caballos era lo único que acompañaba el rápido diálogo de nuestros personajes. ¿Y á qué quiere usted que vayamos á su casa? -S u hija de usted me ha prometido comer cincuenta frambuesas en mi huerta, y tiene que cumplir ahora su palabra. ¡P e r o si ahora no hay frambuesas! -exclamó G e r t r u d i s Ya lo creo que las hay! -respondió E r n e s t o -p o r q u e si no las hay en la huerta, pueden estar en dulce, y dentro de media hora las podrá usted comer. El Sr. E b c r h a r d t había ya renunciado á tomar parte en la conversacitSn, y permaneció callado en el fondo del vehículo. El paisaje que atravesaban entonces era sumamente árido; solamente interrumpían su monotonía algún que otro árbol y pequeños grupos de arbustos. El paso del vehículo levantaba algunas bandadas de cuervos que alzaban su vuelo al aproximarse los viajeros, llenando el aire con sus estridentes graznidos. Al cabo de un buen rato volvió á divisarse á lo lejos una carretera en toda regla, al llegar á la cual tuvo necesidad G r u b e r de moderar bastante el paso de sus bestias, pues era necesario subir una gran pendiente para llegar hasta ella.