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A B C JUEVES 28 DE SEPTIEMBRE DE i 9 o5. PAG. 7 el doctor A de Marchi. E! crítico Mau ice Maureí nos da á conocer esta producción dramática en el Journal des Debáis, y asegura que el nuevo drama, aun sin ser una obra de arte perfecta, está llamada á obtener grandes éxitos en las escenas de Europa. Se ve en El Enemigo destacarse un elemento patológico bien observado- -dice Maureí, -es un caso de locura vio X i Jenta, en que la figura del protagonista, el loco Andrés Legrand, tiene una grandeza trágica de primer orden que produce inmensa impresión, habiendo momentos en que el espectador siente horror profundo y extraño. Oíd el drama: En el primer acto vemos á Andrés Legrand poseído de la locura de las grandezas; locura tranquila, aunque ruinosa para su inmensa fortuna. Legrand no encuentra nada bastante grandioso para sus ideas de esplendor y magnificencia. Desea construir una iglesia en sus dominios, y reproduce exactamente la catedral de Nurenberg. Este primer acto de exposición termina con una distribución entre los pobres de casi toda su fortuna; por el pueril placer de oír gritar: ¡Viva Legrand... reparte el oro á manos llenas. Durante todo el acto su lenguaje es sensato; sólo sus procedimientos inspiran inquietud á los suyos. En el segundo acto la locura se manifiesta más claramente: entre conversaciones sensatas deja escapar frases de rara, incoherencia; su humor es inquieto y sus extremadas v nerviosidades concluyen por alarmar á Luisa, su joven y bella esposa, á quien el médico de la familia hace confidencias teribles: entre ios ascendientes de Legrand hubo muchos casos de locura. ¿Estará Andrés demente... Luisa no puede creer semejante desgracia. N o Y si así fuera, ella lo curaría; sus cuidados, sus desvelos, su cariño, le salvarían. En tan terribles momentos, el marido de una JAÉN. LA NUEVA CASA DE de las amigas de Luisa, que prevé la catástrofe, empieza á cortejarla. Luisa, indignada, le rechaza. Entretanto, la locura Andrés se vuelve desconfiado, amenazador y malo: como la fiera que persigue de su marido hace grandes progresos. á su presa, recorre la casa tratando de descubrir unos misteriosos perseguidores, ocultos enemigos que busca insaciable por todas partes y que quiere destruir á todo trance. En el tercero y último acto, Andrés ha perdido por completo la razón. No piensa en sus riquezas ni en su genio; solo una idea le absorbe: sorprender y destruir á sus perseguidores; el menor ruido insólito, la menor voz, le causan gran terror, y llora como un niño medroso. Ya no piensa en grandezas, ya no quiere la vida; apenas se fía de su mujer. Por todas partes ve gentes sospechosas, y por precaución lleva debajo de sus vestidos espesa cota de mallas. Luisa se desespera, implora, llora, pide que salven á su marido. Los médicos le descubren al fin la triste realidad: la presencia de Andrés en aquella casa es un peligro, su locura puede ser funesta para el que caiga en sus manos el día que crea haber descubierto al imaginario enemigo. Luisa no M. GODEFROY CAVAIGNAC quiere creer desgracia tanta. Carlos, el EX- M 1 N 1 STRO DE LA GUERRA FRANCÉS marido de su amiga, continúa sus manioFALLECIDO EN SAINT- CALAIS EL 2 5 DEL ACTUAL u SOCORRO, INAUGURADA AYER Fot. Alcázar bras seductoras, activando los preparativos del ingreso de Legrand en un manicomio. En la escena final, Luisa y Carlos encuéntranse solos; Luisa, indignada, le rechaza; censurando duramente su conducta, díceíe: ¡Salid de aquí, hombre indigno, miserable ser! Esas palabras son oídas por Legrand, que penetra en la estancia, y lanzando un espantoso grito de alegría salta al cuello de Carlos y lo estrangula: ¡Al fin destruí á mi enemigo! exclama cayendo desvanecido. Tal es el nuevo drama, violento, apasionado, casi brutal, de A de Marchi, que nos deja una impresión de terror muy semejante á la que produce el Sistetema del doctor Goudrón y del profesor Plumen, obra que tanto entusiasmó el año pasado á los parisienses ávidos de emociones fuertes. Los grandes poetas han mostrado siempre sus simpatías á los sublimes locos: Sófocles dio todo su arte en Orestes, Ariosto en Rolando, Shakespeare en Hamlet. La literatura patológica está hoy tan floreciente como en tiempos de Shakespeare. Solo entre los autores extranjeros