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Pero de repente el trineo dio una vuelta tan inesperada, hizo un giro tan brusco, que Gertrudis y su padre estuvieron á punto d e ser despedidos violentamente del vehículo. ¡Ay, Dios mío! -exclamó la muchacha, mientras que su padre lanzaba una enérgica exclamación de disgusto. Pero apenas se habían asegurado en sus asientos, cuando Gruber silbó ligeramente y los caballos volvieron á emprender su vertiginosa carrera. Ya no era por la carretera general por donde se dirigían, sino por un camino á través de los campos, el cual solía ser frecuentado por ios labradores al acarrear las mieses durante las faenas agrícolas del verano. Era necesario ser un conocedor muy práctico de aquellos terrenos para distinguir aquel atajo debajo de la espesísima capa de nieve; pero los mismos caballos parecían conocerlo también, puesto que sin ningún género de extrañeza seguían por éi, en vez de seguir los rastros de los demás trineos que habían seguido su marcha por la carretera. ¡Pero, hombre, Ernesto, parece que ha perdido usted el camino! -gritó el señor Eberhardt. ¿Adonde quiere usted llevarnos? -A la meta- -replicó Gruber; y al decir esto arreó fuertemente á los caballos. Los animales alargaron el cue lo y aumentaron considerablemente la velocidad de su carrera á través de los campos. ¿Pero se ha vuelto usted loco? -gritó desesperadamente el anciano, para lograr hacerse oír de su conductor. ¿Peio se ha vacilo usted ioco? -gritó desesperadamente... La joven, mientras tanto, intensamente pálida por el susto, se agarraba nerviosamente al autor de sus días. Gruber, por toda contestación, aplicó nuevamente la fusta al lomo de las pobres bestias, dando á éstas repetidos trallazos. La nieve del camino, levantada por los cascos, formaba espesos remolinos que iban á salpicar los rostros de los viajeros. Ya se hallaban á una considerable distancia de la carretera, cuando el señor Eberhardt volvió á gritar de nuevo: -Pare usted un momento y déjenos usted apearnos; ¡esto es un verdadeio secuestro! Ernesto no hacia caso. ¿Pero cuándo va usted á parar? -exclamó el viejo con toda la fuerza de sus pulmones. -Dentro de una hora. -Esto es una carrera inferna! -dijo el padre de Gertrudis, abrumado por la testarudez del joven y acurrucándose entra las mantas.