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Cuánto odiaba él á aquel ingeniero de montes! P o r causa suya no había podido dormir las tres últimas noche; pues había oído en algunos sitios que amaba á Gertrudis y hasta le habían asegurado que no tardaría mucho tiempo en casarse con la joven. N o había querido creer esto último, pero el fondista en cuya casa se hospedaba cuando estuvo en la ciudad, le había dicho con una sonrisa muy significativa: -Quédese usted y tome parte en la excursión de trineos, que casi siempre suele terminar con esponsales. Tanta impresión le produjo esto, que llegó á creer que sólo por la insistencia de semejante rumor, la Srta. E b e r h a r d t le había sido infiel. En realidad y reflexionando un poco, halló que no tenía motivo para extrañarse. A! fin y al Ci bo, él no había tenido ninguna ocasión d e m o s trarse explícito con la joven, y era natural que ésta, si se la p r e sentaba un buen partido, no iba á preferir quedarse para vertir imágenes. E! que nunca la había dicho una palabra de amor, ¿qué motivos tenía para creer que iba á ser el preferido? El día de la fiesta del bosque, Gertrudis regrescí con su padre en el momento mismo en que él se dirigía á la plazoleta con el propósito de declararse. Desde entonces la idea de que algún día llegaría á ser esposo de Gertrudis había arraigado de tal modo en su espíritu, que le parecía ya lo más natural del mundo que la muchacha le estuviese aguardando. Ernesto había hecho sus estudios, después de salir del cole- E! punto de la reunión era siempre el mismo, una venta distante algunas leguas del casino y en ¡a cual se acostumbraba á tomar el café. Después de esto y en una de las salas de! piso superior, st entregaban al baile, mientras que en la planta baja se reunían las personas de más edad en torno del ponche ó de unas cuantas botellas de lo añejo. El regreso se emprendía ya á hora avanzada, y entonce mezclábanse las risas y las alegres canciones acompañadas por la alegre y diminuta murga, matizada con el alegre sonido de los cascabeles, inundando de vida durante breve tiempo la solitaria y nevada carretera. E s o mismo sucedía, ó estaba para suceder, el día á que nos referimos. Bien abrigados con mantas y pieles y iiasta algunos de ellos con recias zapatillas de invierno, los excursionistas aguardaban en la fonda establecida en una de las primeras casas del pueblo, punto también de cita desde luengos años. La comitiva estaba ya casi completa, faltando muy pocos de los invitados. Cuando llegaban los últimos de éstos, apareció en la plaza un trineo ricamente aderezado. Los dos hermosos caballos que lo arrastraban, con los bocados cubiertos de espuma, erguían con orgullo sus esbeltas cabezas, pareciendo animarse aun más con el ruido de los cascabeles. En las guarniciones lucían moñas blancas y rojas, de las que carecían los demás caballos, y en el trineo, mucho más lujoso que los restantes, veíanse valiosas mantas de pieles que brindaban confortable abrigo á los viajeros. El dueño del vehículo que era el que guiaba el trineo, descendió de éste de un salto y dirigiéndose á los demás exclamó: -A q u í me tienen ustedes á mí también. El que esto dijo, era E r n e r t o Gruber y mientras saludaba uno á uno á los concurrentes, muchos de éstos se pusieron á contemplar el lujoso tren con mezcla de admiración y de envidia. Las muchachas casaderas no eran de las c ue par. tcían mcnoi complacidas, porque muchas de ellas aspiraban á p: searse algu-