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Pensaba en su acción de aquella tarde y arrepentíase de lo hecho, aunque en el fondo constituía para su espíritu de enamorado un amenísimo r e c u e r d o De todos modos, al regresar de su breve destierro p r o p o níase hacer una declaración en toda regla, pidiéndola su mano V ofrecié ser algún día la dueña única de las haciendas de su padre. Gertrudis E b c r h a r d t su esposa! Esta era la primera vez que cruzaba por su imaginación semejante idea, y, sin embargo, ya casi le era familiar y le parecía que la acariciaba desde hacía largo tiempo. Creía que nunca se le presentaría mejor ocasión que ati uel a misma noche para poner en práctica sus deseos. Halagado por esta idea se dirigió hacia la plaza de los festejos, cruzándose en el camino con dos escolares de las clases superiores, uno de los cuales decía á su compañero: ¡Qué lástima que se haya marchado tan pronto la familia Eberhardt, porque lo que es Gertrudis vale cualquier cosa! Ernesto no tuvo necesidad de escuchar más; volvió pies atrás, y completamente descorazonado, regresó á la población. p n la plaza del mercado del pueblo, capital de una de las cir ciinscripciones, y en uno de los más hermosos días del mes ác E n e r o hallábanse estacionados doce ó quince trineos. Aciuella reunión se debía á que el Casino á que pertenecían las familias de los principales hacendados celebraba su acostumbrada excursión de todos los inviernos. Esta excursión, precedida del baile tradicional de la última noche del año, constituía una fiesta por demás brillante y concurrida, quizá la más regocijíida de todas las diversiones invernales. T o d o s los socios del casino, unos en trincos propios y otros alquilados, después del opíparo banquete de mediodía, emprendían aquella excursión sobre la nzvada carretera, precedicios por una pequeña banda de música situada en el primer trineo. -M u c h a s cosas pretende usted de mí- -replicó! a aludida suspirando cómicamente. -Primero me impone usted la obligación de que coma cincuenta frambuesas; ahora quiere usted que le ponga la corona sobre las sienes. E s usted verdaderamente un hombre terrible. Y diciendo esto, cogió el sombrero con ambas manos y con sumo cuidado para no estropearlo, y alzó los brazos para complacerle. P e r o G r u b e r tuvo en aquel momento una idea perversa: cogiendo á la joven por el talle, adelantó su rostro hacia el suyo y estampó en él un sonoro ósculo. Iba, sin duda, á repetir la suerte, pero no le quedó tiempo para ello, porque en aquel mismo momento recibió un fuerte? empellón que le hizo retroceder y quedar todo perplejo. La joven estaba encarnada como una amapola y sumamente irritada. Sus grandes ojos relampagueaban de ira. En aquel momento era la verdadera imagen de Juno, revestida del orgullo y de la altanería que había producido en ella aquel ataque á su dignidad personal. ¿Y es así, con semejante descaro, como acostumbra usted á dar las gracias por los favores que recibe? -exclamó muy encolerizada. Ernesto comprendió que se había excedido, y bajó los ojos avergonzado y exclamó balbuciendo: -N o ha sido más que una broma, señorita Gertrudis; la ruego que no lo tome usted en serio, porque no puede formarse idea de cuánto la aprecio y cuánto la estimo. -S í lo que es eso, ya acabamos de verlo- -interrumpió ella bruscamente; y diciendo esto le volvió la espalda para alejarse, dejándole con la palabra en la boca. -Señorita Eberhardt- -exclamó el joven casi llorando, -nada más que una palabra: dígame usted que me perdona, Q, u ¿mentecato he sido! Ella se detuvo y, á pesar de la penumbra vespertina, pareció que se había sonreído al escuchar aquella exclamación, pero él no pudo observarlo á causa de la obscuridad. La dolores. entonación que abia dado á su voz, ¡a liabía impresionado algo.