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NTO 9 E! tiro al blanco y d juego de pelota comenzaban á quedarse desiertos. De la ciudad empezaban á llegar numerosos carruajes conduciendo á las familias más distinguidas de la población y entre ellas á los padres y hermanas de los escolares. N o liay para qué decir que este nuevo refuerzo de muchachas hermosas y elegantes había de aportar animación á ¡a fiesta, y más si se tiene en cuenta que todas ellas estaban dispuestas á bailar de lo lindo. El director del colegio iba de g r u p o en g r u p o saludando á los unos y á los otros y disfrutando con la vista de acjucl espectáculo alegre y bullicioso. D e pronto notó que le tocaban en la espalda y que le decían; -Si el scilor director me p e r m i t e El rígido profesor, creyendo que se trataba de alguno de los dumnos, que iba á solicitar de él algún permiso, se puso en guardia y volvió bruscamente la cabeza; pero en seguida se quitó su coronado sombrero, y saludando con toda afabilidad, exclaitró: ¡P o r Dios, Gruberl ¿De dónde viene usted, S r Gruber? Dispénseme que no le haya saludado antes... G r u b e r apretó vigorosamente aquella mano c ue le tendía su antiguo maestro y replicó: V- -A q u í me tiene usted para todo lo que guste. ¿Y qué es lo que le ha traído por estos lugares? -H e venido á distraerme un poco con motivo de la fiesta, y al mismo t- iempo para ver si quedaban todavía en el colegio algunos de mis antiguos compaíreros. -E s t á bien, pero me parece que no se encontrará usted á iruchos. Casi todos han terminado ya sus estudios. ¿Cuánto tiempo hace que se marchó usted? -P u e s hará unos dos años y pico, es decir, cuando pasé á la primera clase. ¿Y qué tal? ¿Qué hace usted? ¿En qué se ocupa? Ya sabe que siempre me intereso por la suerte de los que han sido mis discípulos. Eriicíío liízj una inclinación de cabeza cerno agmcleciciido aqu. a nvucitra de interés, y luego d i j e Permaneció breves instantes pensativo, y luego cxcl. ímó- -T i e n e usted ahora que prometerme una cosa. ¿Yo á usted? -S í señorita. ¿Y qué es ello? -Y o habré cogido aqm unas cuarenta o cincuenta rramoue sas, no es posible calcularlo con exactitud, y ahora es preciso que más tarde y con objeto de reintegrarse, se ecma usted una cantidad igual en mi propia casa. ¿Y con qué motivo? -P o r q u e es de justicia, y porque con las cincuenta frambue sas quedará saldada nuestra cuenta. La m. uchacha no pudo disimular su cxtrañeza por aquella pretensión, y p r o r r u m p i ó en una sonora carcajada. -P e r o S r G r u b e r ¿usted sabe lo que se dice? -exclamó. -Ya lo creo. ¿Y cóm. o voy yo á poder ir á casa de usted? El estudiante se rascó la cabeza y comprendió que naoia di ch. o una tontería. -T i e n e usted razón, no lo había pensado bien; pero ¡quién sabe! en el mundo ocurren unas cosas muy extrañas, y andando el tiempo puede presentarse alguna ocasión favorable. -L o veo muy difícil. -E s o no importa. ¿Usted me lo promete? -N o veo el motivo c ue pueda inducirle á usted para tener tal empeño. -E s que así tendré más tranquilidad de conciencia. -C o m o prometiéndoselo no pierdo nada, se lo prometo a usted. -H á g a l o solemnemente. -Solemnemente lo hago. El día que vaya á casa de usted, omeré cincuenta frambuesas. Ahora, mientras tanto y puestos pron- tcter, es preciso también que usted me prometa otra Dsa. -U s t e d dirá. -Que i o olv íác el séptimo niaiiJanu enío: oNo hurtar. i- -Procuraré tjncrio prcieníc.