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OCIEDU GENERIIL DE ÜNUKCIOS DE ESPm. tlClLII, 6 V S, ENTRESUELO do BIBLIOTECA DE A B C EL SÉPTIMO MANDAMIENTO 85 ¿Vmbos estaban excesivamente robustos, y si no bailaban bien, p o r lo menos demostraban una resistencia extraordinaria. Habian transcurrido ya bastantes meses desde la última vez que habían bailado juntos, y desde entonces habían cambiado VMty pocas palabras. ¡Como toda la clase se había pronunciado en favor de Gertrudis, él no quiso ser menos; se hizo la ilusión de que la amaba, y quería demostrarla esto dándose largos paseos delante éc sus ventanas y haciéndola profundas reverencias como prueba de su apasionada admiración. ¿Qué haría nuestro escolar en la ocasión presente? A pesar de que los ardientes rayos del sol caían de plano 5; brc su frente, un sudor frío baiíaba su r o s t r o La mano en que se apoyaba no podía sostener ya el peso de su cuerpo; intentó un cambio de postura, y al hacerlo crujieron aigunas hojas secas que había en el suelo. La joven, sin sospechar lo más mínimo, se acercó al árbol que ocultaba á E r n e s t o A l g o debía haber llamado su atención, pues separando algun: i ramas, dio la vuelta y se quedó absorta ál contemplar á un í c mbre junto á ella. Fijándose en ¿I, no tardó en reconocerle. C o n el rostro más encendido que una amapola permaneció el muchacho agachado, sin atreverse á levantar la vista del suelo. C o n la mano izquierda extendida se apoyaba en el suelo; la corbata se le había subido al cuello; estaba lleno de polvo; en una palabra, se hallaba en un estado verdaderamente lastimoso Y ridículo para presentarse delante de una señorita. La muchacha se detuvo algo sobresaltada, pero poco á poco 5 C fué reponiendo y exclamó: -jPero, G r u b e r! ¿Qué hace usted aquí? La situación era espantosamente ridicula y de buena gana hubiese querido que la tierra se hubiera hundido bajo sus pies pM- a tragarle. P e r o como no era posible, bajó aún más la cabeza, dando así ocasión á que la corbata se le subiese todavía más. G e r t r u d i s meneando la cabeza siguió contemplándole. C ó m o es que ha venido usted aquí? -volvió á repetir. nes á través de las praderas ó á las orillas del río, prefería las segundas, sin vacilar un solo instante. ¡Desde hacía algunos años se lisonjeaba con la esperanza de que, su padre cedería p o r fin y le permitiría abandonar los estudios; pero sus súplicas tropezaban siempre con una rotunda negativa, y el anhelado permiso no llegaba nunca, teniendo que conformarse un año y o t r o año con volver á la tan odiada casa de huéspedes. ¡Pero las manzanas y las frambuesas de la casa p a r t e r n a ¡De qué buena gana pasaría un día tan sólo, echado sobre la verde hierba, entregado al dolce farnienle y comiendo fruta ú dos carrillos! Durante varios instantes permaneció pensativo; p o r fin se decidió, y bajándose del árbol, examinó la empalizada con ánimo de treparla. La tapia ofrecía muy poca resistencia; estaba formada poi piedras superpuestas, sin unión de ninguna especie, no siendo, pues, difícil saltar al otro lado. Animado, pues, hizo un violento esfuerzo para subir, y sólo consiguió derribar un gran trozo de empalizada; pero esto no le disgustó, porque asi podía entrar más libremente y la volvería á arreglar, después de su alida. Penetró en el huerto, mirando con cautela á todos lados v no tardó en encontrarse al pie de los frambuesos que tanto despertaban su apetito. Con inefable alegría aspiró el delicado perfume de la fruta, y p o r un instante creyó encontrarse en su propia huerta, disponiéndose á saciar su apetito hasta verse harto. Con el mayor desahogo puso manos á J a obra, y después de haberse comido una buena cantidad de fruta, observó que era tan buena y tan apetitosa como la que se criaba en su casa. El huerto había conquistado todas sus simpatías, y sent. indose delante del árbol más frondoso, no dio paz á sus mandíbulas durante un buen rato. Aquello resultaba una verdadera égloga. Desde lejos oía las campanadas del reloj del colegio, pero no le amargaban para nada su paseo, porque aquella tarde, y á excepción de la hora