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í POR CLASIFICADOS E ANUNCIOS alegría de la huerta. -A las diez y media: El perro cbico. -A las once y tres cuartos: El alma del pueblo. SLAVA. -4. LAS OCHO Y tres cuartos: La banda do trompetas. -A las nueve y tres cuartos: El príncipe ruso. A las diez y tres cuartos: Los granujas. -A las ouce y tres cuartos: jjLa peseta enferma! Penúltima presen ación do toda la Compañía universal que dirige William Paribh. POSTARES A EPILLÉEAS I U E B T ES para sacas de paja á á pesetas arroba. Grases. Fnencap O E PALABEAS, CLASI ficados en secciones. De rral, 8. ESPECÍFICOS nna á diez palabras, 1 peseta. Por cada palabra más, 10 cénOS CONFITES SUN timos. Las abreviaturas y cada producen una deposicióa nat aral diaria sin dolor ni ll icinco cifras se cuentan como tación. Pomo, una peseta, líauna palabra. Al importe de yoso. Arenal, 2 y farmacias. cada inserción deberá añadirPor mayor: Pérez Martín VeBe diez céntimos de peseta por lasco 1 impuesto del Timbre. NA DOSTS DE ESTÓMAt Los originales se remitirán go Ar mcial. tomada an la Administración de A B C tes de COIIJ r, produco una perfecta dige. ción. Caja, 7.60 y 4 acompañados de su importe en 1 metálico, sellos de correos, li- pesetas farmacias y Arenal, 2. branzas de la Prensa ú otro E SF 22 CTÁCUS. O S giro análogo, el día antes de POLO. -A LAS OCHO Y la fecba en que deban ser pumedia: La f a v o r i t a d e l blicados. rey. -A las nueve y media: La E D U -v XJ O J nuevos semanales (verdad) Vi ecios al por mayor y menor, sin competenRAMÓFONOS. NO DE- cia. G- ra i Exposición. Entrada ben comprarse sin visitar libre. fcnsa! er? as. -El mejor la casa üreüa, Barquillo, 14, y servicio. Jacomet. rezo, 4. Prim, 1 (antes Saneo) G -A LAS OCHO Y LIQUIDA TODO EL C ÓMICO- y tresBohemios. -SEmobiliario de ana oficina. D EEEOHOEIiECrOKAl, tres cuartos: facilita dos pesetas tomo. 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Eché pie á tierra, reconocí rápidamente al caballo que yacía tendido en el suelo y practiqué una ligera incisión con una navaja en torno de una pequeña herida que pude apreciar en una de las patas traseras del animal, producida, sin duda alguna, con los dientes venenosos del reptil, tratando á continuación de cauterizar dicha herida por medio del fuego, valiéndome para ello de algunas ramas secas que encontré á mano, i Mis cuidados resultaron desgraciadamente infructuosos y cinco minutos más tarde fallecía la pobre bestia, en medio de horribles convulsiones de dolor. Entonces pude contemplar más á mis anchas al que parecía ser su dueño. Era éste un caballero de alguna edad, de porte distinguido, esbelto y de mediana estatura. Sus facciones eran correctas: tenía pelo y bigote negros, y sus ojos, bastantes obscuros, eran sumamente expresivos. Vestía con relativa elegancia, á pesar de encontrarse en medio del campo. Su traje, de paño finísimo, era de corte irreprochable, y calzaba botas de montar, de cuero charolado. La pérdida del caballo no parecía haberle producido gran mella, porque al expresarle yo mi sentimiento por tal causa, me replicó con gran indiferencia: ¡Bah, esto no supone gran cosa! ¡Qué se le va á hacer! t Yo, como es natural, callé y me encogí de hombros; pero él prosiguió así: ¿Es usted de por aquí? -Sí, señor; vivo bastante cerca de este paraje. -Pues entonces ya está todo arreglado. Usted tiene un buen caballo y no tendrá inconveniente en cedérmelo. ¿Cuánto quiere usted por él? Ante aquella pregunta tan inesperada no supe qué decir; yo tenía cariño al mío, porque le había visto desde pequeño, y además le había domado yo mismo; pero reflexioné ráDida- mente que nos nacía falta dinero para comprar un carro nuevo, y como no lo teníamos ni mi padre ni yo, podía aprovechar aquella ccasión que se me ofrecía, y pensando además que teníamos otras caballerías en casa, no vacilé en acceder á su proposición. -Yo no sé lo que podrí valer- -le dije. ¿Cuánto me ofrece usted por él? -Eso es lo mismo que yo le he preguntado antes- -me replicó; -pida usted sin reparo de ningún género; yo no soy ningún niño y usted tiene ya edad suficiente para apreciar ío que le conviene hacer. En vista de ello, y después de meditar breves segundos, res? pondí: -El caballo vale ciento setenta dollars. -Esta bien- -replicó el desconocido; y sin dudar un solo instante sacó de una bolsita de cuero diecisiete piezas de oro de diez doilars cada una, y me las entregó acto seguido. -Una pregunta- -añadió. -Usted dirá. -Supongo que el caballo estará sano y que no tendrá ningún defecto. -De eso respondo yo, y he de advertirle además, para hacer justicia á mi honradez y á mi franqueza, que le he pedida algo más de lo justo. -No entiendo lo que quiere usted decir. -tU- -Pues muy sencillo. Ya en otra ocasión trataron de comprarme el caballo y entonces pedí por él únicamente ciento eírt cuenta dollars; creo que no- puede valer más de esta suma. x El forastero me miró lleno de asombro, y exclamó: -Eso no quiere decir nada más sino que es usted un mu- x chac fo honrado y una buena persona. Voy ahora á hacerle una proposición para saldar esa diferencia que pesa por lo visto sobre su conciencia. 5 y -Usted dirá. -Vamos á jugar esos veinte dollars y si los pierde usteá serán míos otra vez; en caso contrario, se quedará con ellos SÉI V escrúpulo de ningún género. v Y diciendo esto, sacó de su bolsillo una baraja, que es la. ITMEI! n ll irrn! lft HIIii! MlMill! ill1i riH