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A B C JUEVES 7 DE SEPTIEMBRE DE i 9 o5. PAG. 6 CRÓNICAS DE ALEMANIA Herlín, Agosto, 1905. Una blasonada berlina se TORTAJADA detiene a n t e la puerta de Winteigarten, y uncaballeio elegante desciende y atraviesa después los COMO VISITO AL D EPAPA LA SEÑORA -Las flores nada más... E 1 caballero elegante insiste, aumenta las dádivas, ruega, suplica, todo en vano. El gigante uniformado que, como un dragón, vigila á las puertas del escenario, repite secamente: -Es inútil... Las flores nada más... Y mohíno y cabizbajo, el elegante señor desanda lo andado con el estuche debajo del brazo, y vuelve á sub ¡r en su sembradas por el suelo, cuenrecillas brillantes y lentejuelas. Encima de la mesa una cocinilla económica y al lado una borla de polvos. ¿Habéis contemplado ya la habitación? Pues bien, ahora permitidme que os presente á una arrogante moza, hermosa en el desaliño de su destrenzado pelo negro, levantadas las mangas de la bata, que dejan al descubierto los torneados brazos. La toilette no es para recibir á gentes de cumplido, pero eso os agradará, pues su dueña demuestra que os trata con confianza. Inclinaos ligeramente y escuchad: Os presento á doña Consuelo Tamayo, la famosa bailarina española. ¿Que no sabéis quién es? ¿No habéis oído hablar de ella? Esperad... Ahora os saluda su esposo, el músico catalán señor Tortajada... Os encontráis en presencia de la Tortajada; sentaos y escuchadla, que os habla avergonzada y ruborosa, sin levantala vista de la costura, pues está adornando el cuerpo de un vestido de baile, y sus afilados dedos no cesan de pegar lentejuelas con vertiginosa rapidez. Ya lo oís... Sueña con volver á Granada, donde su madre la espera; pero los contratos, como las cerezas, se enredan unos en otros... Ahora, cuando terminados los compromisos en Londres se preponía ir á España, surge un nuevo negocio, y allá va la Tortajada al África del Sur á ganar mil libias por mes y á entusiasmar a los colonos del Cabo con la eterna canción: Mucho me gusta tu cuerpo, ole (y si yo fuera torero W LA CELEBRE BAILARINA ESPAÑOLA CONSUELO TAMAYO (L A T O Ü T A J A D A) pasillos, dejando en todas las manos puñados de oro. Por fin llega á la conserjería: ¿Puede usted hacer que llegue esto á manos de la señorita Tortajada? -pregunta al conserje y le tiende un pequeño bouquet de violetas y un enorme estuche. -El portero acepta la propina que con el encango le dan, toma el bouquel y rechaza el estuche. Después, con esta sobriedad de palabras, característica del regimen militarista que en todas partes observamos, dice: berlina, que se aleja al galope. Quién sabe si alguna inocente esposa se encontró aquel día con una sorpresa grata: el inesperado regalo de una valiosa alhaja que el esposo la llevó solícito. Así es como se anudan más fuertemente los dorados lazos matrimoniales! s un menage de artistas que la delicada pluma de Daudet hubiera fielmente retratado. Habitación modesta y confortable, limpia y coqueta. Sobre una butara un trozo de gasa plisada; aquí y allá, E -Es imbécil esto, ¿verdad? -dice onriendo. -Pero ¿qué voy á hacer, si es lo que quieren? Contempladla en tanto que os habla. la Tortajada es ahora una mujer en toda la plenitud de su belleza: una hermosura algo fiera, demasiado bravia quizá, y que por lo mismo contrastan aún más con su medrosa y asustada voz sus timideces de niña pequeña, sus rubores y cortedades. Ya sé lo que estáis pensando. La miráis y quisierais preguntarla cómo realizó su visita al Papa, aquel acto que tanto dio que decir y obligó á Pío X á pronunciar algunas palabras para justificar su conducta... Es esto lo que pensáis, ¿no es cierto? y no os atrevéis á preguntármelo á ella... Hacéis mal... Ya os he dicho que es una excelente muchacha, y cuando está entre compatriotas cree hallarse allá lejos, muy lejos, en su tierra mora de Granada, y al lado de su madre ancianita... Para ella, lo mismo da que el español con quien habla sea andaluz ó gallego; en él no ve más que á Granada. -Pues bien, sí... Vio al Papa... Fue recibida por Pío X en el Vaticano, y no recuerdan su viaje los peregrinos que visitaron los Santos Lugares, con más fervor que la Tortajada recuerda aquel momento inolvidable. -Mire usted, una tiene sus crencias- -nos dice, -y cuando se anda rodando por el mundo entre tantas gentes sin religión, es cuando más se acuerda una de aquello que desde pequeñita la enseñaron á creer. Yo iba todos los años á Roma y tenía costumbre de hacer una visita á