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A B C JUEVES 7 DE SEPTIEMBRE DE 1905. PAG. 5 vecho consiguiente á la mayor venta que el anuncio le proporciona, pero no es menos cierto que la publicidad presta también grandes servicios al consumidor. París, 2 Agosto. Mejor dicho, la publicidad se hace para NFLUENC 1 A DEL ANUNCIO En la re- someter á la critica y á la elección indi EN LA VIDA Y RIQUEZA CO- c í e n t e vidual el resultado de productos rivales; MERC 1 AL DE LOS PUEBLOS Exposi- es una especie de exposición permanente ción del Mobiliario me decía hablando de que nos permite apreciar los inventos y España un gran industrial parisiense: -Yo, perfeccionamientos útiles á nuestra vida, para apreciar la actividad y la riqueza co- á nuestra economía doméstica y al bienmercial de un pueblo, jamás recurro á las estar general. ¡Cuántos grandes descuintrincadas y laberínticas columnas de brimientos ha popularizado el anuncio! El teléfono sería hoy un impotente guarismos de las estadísticas. Cojo sencillamente un periódico y paso aparato de experiencias de laboratorio: la vista por sus páginas de anuncios, y ¡a publicidad lo ha hecho de uso general; con asombro he visto que vuestro país, la vacuna y tantos otros sabios inventos, POSTALES generalizarse, era un privilegio, una jerarquía que. sólo existía entre determinadas clases; el vulgo ignoraba los más sencillos medios de confort, y sólo e! aristócrata sacaba partido de ellos, porque sólo éi los conocía; a publicidad destruyó esa desigualdad. Más elocuente que todas las teorías, son los hechos. En los Estados Unidos, en Alemania, en Inglaterra, en Francia, donde la publicidad está reconocida como medio indispensable de vida comercial y hasta social, la prosperidad económica y el bienestar individual están perfectamente asegurados. En esos países todo negocio público ó privado, toda operación comercial, por insignificante que sea, tv J t -f M J -árA- íi- V SHir jHaib. v MUNICH. EL ENTIERRO DE LA INFANTA DE ESPAÑA DOÑA AMELIA, VIUDA DEL PRINCIPE DE BAV 1 ERA Col Hutin Tr. unpus con sus i 7 millones de habitantes, tiene ma actividad comercial más pequeña, relativamente, que Portugal. Esas palabras me hicieron meditar eh la importancia que para el buen señor tenían las páginas de anuncios de los periódicos, y de esas reflexiones saqué estas consecuencias: Nuestros abuelos, para significar que la buena calidad de un producto no necesitaba pregonarse, decían: El buen paño en el arca se vende. En efecto, tai prejuicio, elevado á la categoría de axioma, subsiste todavía entre nosotros, indudablemente, congravederrimento del desenvolvimiento social y económico del país. Los pueblos modernos han adoptado oirá divisa más lacónica, pero más verdadera: E que más anuncia más vende. La creencia vulgar de que la publicidad sólo reporta beneficios al industria! ó comerciante que la emplea, es un error lamentable, tal vez hijo de la falta de educación social. Cierto que el productor saca el pro- los impuso el anuncio á la opinión; el desarrollo de la higiene, la salubridad en general se deben en gran parte á la misma causa. El público, puesto al corriente por el periódico de todo progreso, tiene que discernir sobre la conveniencia y utilidad de aquello que le ofrecen para mejorar las condiciones económicas de la vida ó hacerla más confortable, y obligado á una elección razonada entre dos procedimientos semejantes, recibe así una verdadera educación práctica. La difusión del bienestar económico se facilita por el uso general de productos perfeccionados y de los nuevos procedimientos. Infinidad de cosas á las que nunca hubiéramos dado importancia, sin embargo de sernos útiles y hasta necesarias, las introdujo en nuestras costumbres la lectura de un simple anuncio. El resultado económico se completó con un beneficio social. Además, está demostrado que la publicidad es un signo de democracia: el lujo, antes de recurre al reclamo. El público sabe y quiere servirse de ese medio cómodo, fácil y práctico para sus transacciones. Ya en Francia, no le basta al anuncio la cuarta plana de los periódicos. Así muchas veces leemos con deleite crónicas científicas de muy ilustres escritores que no son sino el reclamo de un excelente medio de calefacción ó de un higiénico producto. Entre la crítica literaria, no nos asombra leer ei anuncio de confortables mobiliarios, y si es preciso, un notable periodista no desdeña escribir un grave artículo de política extranjera para recomendarnos el uso de un elegante y económico traje inglés. Tenía, pues, razón el industrial parisiense: las planas de anuncios de un periódico dicen más que las mejores estadísticas. Los anuncios son el síntoma revelador de la vida y riqueza de los pueblos. F. MORA