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Únicamente los cuidados y el amor de su madre pudieron devolver la salud al infeliz E d m u n d o T r e s meses después de la llegada d e éste á su patria, una mañana en que en sendos sillones tomaban el sol el tío y el sobrino sin dirigirse la palabra, llegó el cartero, que trajo varios pliegos para James y E d mundo. Al joven no había nada que le sacase de su mutismo; sOlo hablaba con su madre, á quien todo se lo había contado porque advirtió que al hacerlo así lograba un lenitivo para su pena inmensa. Sin e m b a r g o aquel día deseó ver la correspondencia. ¿Quién rae escribe? A ver, madre, déme usted esa carta, esa y señalaba un sobre abultado, cerrado con unas obleas. La anciana alargó la carta á E d m u n d o Con mano febril abrió éste el sobre; luego un instante leyó, interesándose p o r momentos; después, de p r o n t o levantóse, lanzó un g r i t o y llevándose las manos al pecho cayó al suelo desmayado. F u é conducido á la cama p o r algunos criados que desde que era único heredero de la fortuna d e su tío había tomado para el servicio de éste. La madre de E d m u n d o recogió la carta que el joven al desmayarse dejó caer. E r a no una carta, sino una partida de d e función. Tcresina, la esposa de E d m u n d o la mujer causante de todas sus desventuras, había muerto. El joven fué, durante algunos días, atacado de accesos de locura; hubieron de ponerle camisa de fuerza, porque eran inútiles los esfuerzos que hacían muchos hombres reunidos p o r contenerle. La terrible manía del suicidio turbaba constantemente el cerebro de E d m u n d o La crisis cesó al fin; lué poco á poco reapareciendo la me- -N o deja aquí al anciano, luego bajaremos p o r él; aún queda media hora antes de que este noble barco quede destrozado p o r las furiosas olas. M e d i a hora no más, óyelo bien, eso es lo que nos queda. -P e r o yo debo permanecer aquí, E d m u n d o yo no debo, tú tampoco debes abandonarle. -N o le abandonamos, Jenny; sigúeme si me amas, accede á esta última súplica mía, ven. ¿Q u e si te amo? E s poco, es poco decir eso. Para nada deseo la vida sin ti. -E s c u c h a escucha- -gritó E d m u n d o -y o te juro que nunca amé á nadie más que á ti, yo te juro que, á poder yo en este instante supremo, me uniría contigo en santo vínculo; pero aqui no hay sacerdote, no hay altar, pero Dios es testigo de que en mi alma no existe ún sentimiento que no te pertenezca. ¿N o es éste un juramento solemne y sagrado? -A mí- -dijo enajenada la joven- -me basta lo que has dicho para morir feliz. Vamos donde quieras. -V a m o s á morir, amada mía; vamos á dormir juntos el sueño eterno; tú entre mis brazos, yo entre los tuyos; seamos es posos en la otra vida, ya que no lo podamos ser en ésta. Resplandecía en los ojos del joven una expresión mística Jenny le siguió. El navio, sacudido por las olas, cabeceando, recostándose en el mar tan pronto p o r el lado d e estribor como p o r el de bab o r parecía un monstruo agonizante que aguardaba el momento de su destrucción. Los marineros habían abandonado sus puestos; nadie habi sobre cubierta; sólo una figura envuelta en un recio capote vigi laba en la popa todavía, junto al timón destrozado: era el capitán Al aparecer E d m u n d o y Jenny, vieron aquel bulto al resplan d o r de un relámpago; pero no le hicieron caso, ni el capitán volvió el rostro siquiera para enterarse de quiénes fueran los que, como él, desafiaban el peligro. Las olas barrían la cubierta. Los amantes atravesaron el barco hasta llegar á proa; allí IA muerte era segura: el viento y el mar batían a uel sitio. n