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A B C MIÉRCOLES 6 DE SEPTIEMBRE DE i 9 o5. PÁG. 7 para hacer apuestas mutuas, con la condición de que todo lo recaudado quedase á beneficio del vencedor; premio bien secundario, s ¡se tiene en cuenta que la bella Dulcinea de la pendencia sería también adjudicada al victorioso, lo mismo que en las justas de las pasadas edades. Llegó el día señalado para la lucha y dio comienzo el fight, presenciado por una numerosa concurrencia. Los pretendientes comenzaron á luchar, propinándose de firme empellones y manotadas hasta hincharse los ojos y los carrillos, llenándose la boca de sangre y rompiéndose varios dientes, entre los gritos delirantes de los espectadores. Mientras tanto, la nueva Elena de esta diminuta Troya norteamericana aguardaba en una p a s t e l e r í a inmediata el resultado del combate, recibiendo con frecuencia, durante los breves momentos de descanso de los luchadores, noticias de los incidentes y de los progresos de la lucha, regocijándose ó palideciendo según que aquéllas fueran prósperas ó adversas para lo que su corazón sentía. Por fin el neoyorquino derrotó á su rival, y el vencedor acudió solícito á recoger los laureles de la victoria á las plantas de su adorada. Y he aquí el final épico y caballeresco de esta aventura. El amante vencido saluda conmovido á su exnovia y da su palabra de honor á la feliz pareja de resignarse con su triste suerte, sin tratar de molestar en lo sucesivo á los nuevos enamorados. Es preciso confesar que este epílogo, algo romántico, no es muy norteamericano que digamos. Queda por averiguar un detalle interesante. Si hubiera vencido en el torneo el otro candidato, ¿se hubiese conformado ella con un marido impuesto á puñetazos? Parts, 1. Está visto; de todas las substancias dulces conocidas, la que más amarguras produce es el azúcar. Ya saben ustedes lo que por atracarse del meloso producto les ha ocurrido á dos respetables señores. El Sr. Jaluzot, con sus setenta y seis años y una propineja de millón y medio que todos los años recibía del IPrintemps por dirigir les affaires, dedicaba sus ocios á la inocente ocupación de engullirse él sólito todo el azúcar que producen Francia y sus alrededores. Otro Sr. Cronier, viejo como Jaluzot- -que ya es ser viejo, -con una fortuneja de 3o millones, también endulzaba su existencia acaparando la empalagosa materia. Dos especuladores golosos. Yo les confieso á ustedes que las víctimas de la especulación rae han inspirado siempre una mediana simpatía. Sin tratar de amargar el paladar de los dos vencidos, me permito creer que unos señores que apalean millones y se dedican á explotar al prójimo, no merecen más que el Amén del responso final. Verdad es que la vida escara en París: figúrense ustedes que Le Temps cuesta ¡i5 céntimos! ¿Las cerillas? un ojo de la cara. ¿Y el teatro? no digo DULZURAS LASDEL TRUST nada; como sean ustedes dos, ya pueden preparar 20 francos. Dirán ustedes que con 1 25.000 francos al mes se puede ir tirando. ¡Ca, no señor, ni por asomo! Jaluzot no tenía con esa miseria ni para pitillos... Y el p o b r e Cronier apenas pudo gastarse 10 millones en bibelots. Los dos necesitaban economizar, y sus bolsillos, como el tonel de las Danaides, no tenían fondo. Cualquiera de ustedes, en esas condiciones, se hubiera dedicado á leer á Virgilio ó á la posible ocupación de pescar, concediendo á los viejos días de su existencia los únicos y verdaderos goces de la vida: el reposo, la meditación, la paz del hogar. Pero los dos ancianos preferían entregarse á descifrar telegramas, á los sobresaltos de una lucha desesperada y sin fin con la suerte, á correr con sus temblonas piernas detrás de la inconstante fortuna... ¡Oh, pobres viejos! ¡Con qué irónica sonrisa os contemplaron los prudentes, los humildes! Y esos prudentes y esos humildes no creáis que son los personajes arcaicos que nos pintó la tradición; son tal vez vuestros porteros, vuestros criados, vuestros empleados, los que al veros pasar, agobiados bajo el peso de las letras que vencen mañana, alzando las espaldas exclamaron: ¡El patrón! ¡Ah, si yo me encontrara en su pellejo! Pero en vuestros pellejos, ellos, como vosotros, serían insa- ft PENA VIEJA. LA EXCURSIÓN REGIA A. LOS PICOS DE EUROPA. EL CAMPAMENTO DE LOS EXCURSIONISTAS Fot. Muñoz (ic I tcn; i