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Edmundo saltó sobre cubierta, y en un instante se halló en su puesto. ¡A maniobrar! -decía el jefe. ¡Fuera los pasajeros; usted, joven, retírese! ¡Todos, todos á la toldilla! La noche fue mata; el mar, agitadísirao, movió sus olas fragorosas é irritadas, azotando á la embarcación. La luz del día iluminó á lo lejos la triste silueta de la isla de Santa Elena, que aún encerraba e! último prestigio de la realeza. El sol disipó las nubes é incendió el espacio y el azul de los cielos de luz intensísima: únicamente por el ocaso, una neblina, sin consistencia al parecer, enturbiaba el horizonte. Muy pronto la frescura matinal tornóse en calor bochornoso; sopló con fuerza el viento, y las olas comenzaron á agitarse de nuevo. Pájaros de fúnebre vestidura de pluma seguían graznando al buque. Paulatinamente e! verde claro del mar se volvió obscuro; más tarde, gris; sopló un aire huracanado de Poniente y nubes negruzcas entoldaron por el ocaso el cielo. Veíase crecer rápidamente la extensión de los nubarrones; se juntaban unos con otros, venían más y más negros, apelmazados, invadiendo el firmamento, avanzando como un ejército de incontrastable poder. Tenían aquellos vapores matices lívidos, tristes, cadavéricos. El relámpago iluminó las negruras cóncavas délas nubes; repentinamente, un trueno sordo, prolongado, vibró seguido de un chasquido extraño, horripilante. Golpeado por tas olas, el navio tocaba las ondas con los extremos de sus vergas. Fue preciso bajar las gavias y afianzar todas ¡as velas. Aves raras cayeron sobre el puente, lanzando gritos siniestros. A veces un rayo de sol caía sobre el mar por entre las desgarraduras de uno de los nubarrones, pero su luz pálida aumentaba el horror del cuadro. Edmundo, acostumbrado ai espectáculo y amante del peligro como todos los marinos valerosos, reía despreocupado. Triste y consternada, parte de la tripulación mostraba en los rostros el espanto. ...la tempestad arreciaba, el viento mugía... Jenny hallábase abatida, ante el peligro de na muerte próxima; una joven siente siempre indescriptible pánico, porque no se renuncia sin pena al amor que empieza, á la felicidad que se inicia. Llegó la noche; la tempestad arreciaba, el viento mugía, el mar continuamente mostrábase más amenazador y rugíante. En medio de las tinieblas brillaban las olas fosforescentes. y ti barco parecía navegar sobre ondas de fuego. A! romperse en espumas las amenazantes olas, brotaban ráfagas de ¡uz. Edmundo abandonó la maniobra en el momento de mayor peligro. Sus compañeros creyeron que las aguas habíanle arrastrado con furia y ¡o habían devorado en los senos profundos del mar. Entretanto el marino bajó al salón, donde los viajeros aterrados, sin disciplina moral que los contuviera, habíanse tendi- HnVffini mnnvi lltai marinartai U