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Arrodillada junto á su padre, Jenny, pálida, llorosa y cubierto el r o s t r o p o r los cabdios que abundantes le caían sobre la espalda como ttn n a n t o evocaba una imagen de la Magdalena, de aquella M a r í a que lloró sobre los pies de Jesús después de habérselos ungido. Al verla E d m u n d o quedóse absorto contemplando la belleza peregrina de la joven, y así estuvo un momento en éxtasis, sin atreverse á romper el silencio que en el salón reinaba. Después apoyó una mano sobre el hombro de Jenny, que se estremeció; p e r o al reconocer á su primo, como si hubiese al fin hallado el único refugio, el más positivo amparo en aquellos terribles instantes en que la tempestad sonaba y crujían las cuadernas del navio cual si fuera á romperse, levantóse repentinamente y se asió con las dos manos al brazo del marino. (SálvanosI Sálvanos! El joven no contestó. i Ella continuó diciendo: ¿Vienes, quizá, á morir con nosotros? -A n or r contigo vengo, sí, á cumplirte mi promesa veng o- -r e p u s o E d m u n d o más que nunca exaltado, con voz y ademanes de poseído, de iluminado. -Vengo á que muramos juntos. Deja, deja á tu pobre padre, bésale por última vez y salgamos, que la tormenta nos vea sentados en el sitio donde hemos sido felices un instante, y puesto que ya no quedan esperanzas de salvación, tengamos el mismo sepulcro en vez de tener el mismo tálamo. Ven conmigo; vayan al cielo nuestras almas unidas, ya que en este mundo Dios no lo permite. ¿M e amas así? ¿M e quieres todavía, Jenny, ó te arrepientes? Ven, que sin duda es ésta la mejor solución, la solución providencial. (O h l sí, deja que pidamos á mi padre la bendición postrera; estoy dispuesta á seguirte. Acércate, ayúdame á levantar á pixi pobre padre; no le dejamos aquí; que muera con nosotros, junto á nosotros. -S i sí, te amo, E d m u n d o te amo aesae antes de conocerte. ¿P o r qué lo has dudado? ¿Cómo no lo entendiste desde el principio? ¿No comprendes todavía que yo te amé antes de que tú pensaras cn mí, que te amé cuando tú me despreciabas? Y te amo más ahora, ahora que considero el esfuerzo que realizaste para callar tantos días, para huirme sólo por respeto al jura- mentó que prestaste de quererme como auna hermana y no de otra manera. T u desprecioá ¡as riquezas, el santo cariño que tienesátu madre, y tus innumerables virtudes, han hecho crecer mi cariño. -Basta, basta, Jenny- -dijo E d m u n d o ocultando su cabeza entre las manos; -no hables: así haces que me sonroje hasta lo más profundo de mis entrañas. Yo no soy digno de tir cariño, J e n n y esa es la verdad, no puedes, no debes amartnc... ¡Virtudes! ¡Oh, qué sarcasmo! ¡Yo virtuoso, y o! ¡Dios mío! Déjame, déjame; no debo estar junto á ti; no debo hablarte de, a m o r mi conciencia... aparta, apártese usted de mí; me fascina usted, me enloquece... entre los dos un abismo muy neg r o muy hondo, amenaza d e v o r a r n o s Jenny, por usted, p o r mí, olvide esto, olvídelo como si nada hubiera sucedido; no puede s e r ¡no soy y o digno de su amor! y ¿Q u e no? ¡Tú eres mi ideal realizado, tú mi sueno feliz, que ha encarnado en una realidad que me llena el alma de celestial alegría! T u nombre, al ser escuchado por mí la vez priniera, me hizo estremecer como si me recordase la ventura de una existencia vivida ya entre dichas. T ú sabes que yo nací! ert la India, y aunque soy católica apostólica romana, á veces, cómo mujer, no puedo sustraerme á los supersticiosos pensamientos que inspiran las tradiciones de mí tierra; allí se cree que vivimos muchas existencias, y en ocasiones... no me hagas caso, lo confieso con r u b o r creo que en una de esas existencias nos hemos amado tú y y o ¡A h si esto fuese cierto y Dios me concediera á mí otra vida distinta de ésta para hacerte mi esposa amada! U n viento fuerte que repentinamente se levantó, hi ¿o crujir los palos ¿hinchó las velas. El navio, como un corcel á quien sueltan el freno, comenzó á deslizarse sóbrelas olas con velo- cidad Inusitada. E n un momento, la tripulación entera subió sobre cubierta