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1 EAÑQ TRES. NUMERO 238. CRÓNICA UNIVERSAL ILUSTRADA. cia, y allí, en la ciudad más civilizada de la Península, más agudo es el mal. Pero, hay circunstancias fomentadoras de él, que son unánimemente señaladas T E B E R DE GO- Ayer no hubo en desde los puntos de vista más opuestos. B 1 ERNO los ánimos atención La desproporción entre la vigilancia y más que para el nuevo y horrendo cri- la criminalidad, se denuncia por todo el men anarquista cometido en la hermosa mundo. Este aspecto político de la cuesé infortunada Barcelona. Hasta las elec- tión ha debido y debe preocupar á los ciones quedaron olvidadas. La importan- Gobiernos. cia de las sacudidas del espíritu público Los barceloneses créense mal resguarno pueden sofocar la indignación. Esta dados, mal defendidos por el poder púes un efecto natural é inmediato del aten- blico. N o es factible, en verdad, poner tado, y ¡desgraciado del pueblo que no un vigilante al lado de cada anarquista; se indigna! sí lo es aumentar la policía, dotarla meLa experiencia demuestra, ein embar- jor, seleccionar el personal y asegurarlo go, que los criminales, á su vez, no se en sus destinos. Cuando los criminales se asustan ni se contienen por las declama- vean más observados, su decisión para ciones; que las fuerzas colectivas genera- cometer sus feroces delitos disminuirá. doras de las leyes y los actos de repre- En cambio, los ciudadanos pacíficos se sión, después de las bombas del Liceo, hallarán más tranquilos. Podrán ocurrir sirvieron para deshonrarnos, pero no para nuevos atentados, pero no habrá forma garantirnos, y que, para semejantes im- justa de culpar á los Gobiernos. píos delitos de lesa humanidad continúa Y esto, muy importante en cualquier siendo lugar preferente la capital del parte, lo es aún más en Cataluña. Los Principado. recelos y antipatías que el poder cenLa crueldad y Ja irracionalidad son los tral despierta allí, no decrecerán ciertacaracteres de tan inhumanos hechos diri- mente con la imprevisión y flojedad mosgidos contra la masa social; no contra trada en la manera de extender y orgalos jefes de los Estados ni los privilegia- nizar! a seguridad de Barcelona. dos de la vida. Pues, por más que se E- to es asunto en que la parsimonia y diga que con ellos se procura avisar á las la cicatería no deben tener entrada. El clases neutras de) peligro de su indife- esfuerzo del Estado ha de ponerse al nirencia y su desvío respecto de los pro- vel de! riesgo social. Indudablemente si blemas de injusticia é iniquidad que en- la necesaria disposición legal va á las cierra la actual organización, es lo cierto Cortes y se demanda para ello á la naque el entrecruce del accidente, á que ción un sacrificio pecuniario, no habrá llamamos casualidad, elige las víctimas quien lo regatee, ni menos quien lo de la salvaje y cobarde violencia entre niegue. los seres más inocentes y más desvalidos. MANUEL TROYANO ¿Cómo podrá ia infeliz anciana que ha perdido las dos hijas, sostén de su existencia, influir en que la cuestión social se I OS P O R T U G U E S E S Todas las maresuelva? ¿Ni que les será dable hacer en y tal sentido á los desdichados niños ame- -ñañas, á las siete, cuando me levanto lleno de una vaga resignación, yo me encomiendo á nazados de orfandad? Francisco de Salinas, á Antonio Agustín, á Son los que también sufren las des- Hernando de Soto, á Juan de Herrera, á Zuigualdades del mundo, quienes caen bajo rita, á Feijóo, á Vives, á Laguna, á Pizarro, los cascos de las bombas arrojadas en la i Patino, á Cortina y Arenzana, á Cisneros, vía pública, porqus ellos componen en al duque de Alba, á Torquemada y á Palafox. las calles el mayor número. Los ricos, Todos estos señores heterogéneos, puestos en los que el dinamitero reputa como felices, el pasillo, en bellos grabados, presiden, á lo solamente pueden tener la probabilidad largo del día, nuestras melancolías. Ya sabéis de que les alcance el estrago. Pero ese que los balnearios son parajes de meditación y de tristeza. A las siete, en Mondariz, ya un sentimiento es poco eficaz para el objeto centenar de bañistas sube y baja por las anchas perseguido por tan infernal camino, y el escaleras deambula por el ancho corredor, horror continuado pesa sobre el ánimo camina ¡e saniente por el diminuto jardín, enhasta que éste i o arroja de sí como inso- tre los plátanos... portable, según se observa en las poblaYo también marcho resignado entre ellos. ciones invadidas y azotadas por una epi- El so! matma! ha comenzado á dorar la cima lejana y sombría de las montañas. Yo saludo demia. El anarquismo es una enfermedad de con una ieve inclinación de cabeza tl S r Luiz 3 a civilización. En medio de las ventajas Lopes Sequeira, al Sr. Lourenco Tavares, á la Sra. María da Conceicao, á la Srta. Aridia que el progreso origina, trae esa doloro- Gaihardo, á la Srta. Lucinda Novaes, al docsa compensación de sus múltiples satisfac- tor José dos Santos Sousa Pinto, al capitán ciones. Lo extremado de cuanto aparece julio Correia Márquez, al vizconde de Lay se propaga en nuest o suelo, también ceiras, al oficial de las jHfandegas Joaquím se manifiesta en esa dura y cruel tenden- de Mathos Quadros. En Mondariz no hay 1 ¿MADRID, 5 DE SEPTIEMBRE DE J 9O5. NUMERO SUELTO, 5 CÉNS. MONDAR 1 Z más que portugueses. Todos son mis amigos; todos son discretos, afables y cultísimos; todos van caminando despacio, como quien no puede eludir tan terrible menester, hacia la fuente. La fuente está bajo un tinadillo modesto. Rosa nos alarga, sonriendo, un vaso á los circunstantes. Acaso el Sr. Tavares ha de tomar durante el día doce vasos; quizá el doctor tome veinte; es posible que el oficial de las Alfandegas ó el vizconde se hayan de sorber treinta. Nos ponemos otra vez en marcha por el jardín, después de haber mirado al cielo y suspirado hondamente: ¿Ha estado usted en Lisboa, Sr. Azorín? -me pregunta el Dr. Sousa Pinto. -No, querido doctor- -contesto; -yo no he estado en Lisboa. ¡Ah! -exclama él- -Usted debía ir allí. -Sí, sí- -digo yo levemente entristecido por no haber estado en la bella capital portuguesa; -sí, sí, yo debía ir á Lisboa. ¿Cómo es Lisboa? ¿Cómo es Portugal, la amable, la bella tierra que nosotros hemos visto á través de las páginas de Eca de Queiroz? ¿Dónde viven estas muchachas un poco melancólicas, dulces, de anchos ojos, de curvas redondas, harmoniosas? Y estos canónigos que el maestro nos ha pintado, -como el conego Díaz- ¿en qué misteriosas catedrales cantan, como los nuestros, tras la comida meridiana? Y estos conselheiros, serios y graves, corteses y puntillosos como nuestros hidalgos del siglo xvn, ¿qué hacen, en qué se ocupan, cuáles son sus ideas? Pero las horas de la mañana van transcurriendo plácidas en el balneario; el sol se filtra entre la hojarasca de los plátanos y pinta sobre la arena un enrejado de luz y sombra. Otra vez cambiamos unas palabras afables el señor Correia Márquez, el vizconde, el doctor, el oficial de las Alfandegas, Lucinda, Aridia... Aridia- -le digo yo á la espiritual portuguesíta; -Jlridia, os seus olhos sao muilo bonitos. Ella sonríe ligeramente y dice: ¡Oh, o senhor é muito amavel! Aridia es sencilla, modesta; un traje blanco, nítido, cubre su cuerpo; un cinturón de rojo cuero ciñe su talle. Y no exhala de sí ningún perfume, a La mujer no debe oler á nada ha dicho Juan Luis Vives en su Tratado de tas Vírgenes. Y no brillan tampoco en las orejas de Aridia ni perlas ni brillantes. Decidme- -les pregunta también un poco indignado el mismo Vives á las mujeres que usan pendientes; -de cidme, ¿para qué sirven las orejas oradadas que natura las crió enteras con su ternilla? -Aridia, a sita voz e encantadora. ¡Oh, o senhor é muito amavel! Una campana suena de pronto; ya conocéis vosotros estas campanas. Nos llaman á comer. Yo no he querido hablar jamás de esta hora crítica, suprema, de los balnearios. Acaso el capitán se exaspera durante estos instantes un tantico; tal vez el vizconde pone un gesto terrible; quizá el oficial de las Alfandegas suelta algún anatema furibundo. Pero la vida es seria, pintoresca y contradictoria: no debemos perder nuestra impasibilidad por nada. Y un momento después, ya estamos hablando risueñamente por el pasillo, el oficial, Aridia, Lucinda, María, el vizconde, el Dr. Sousa Pinto, el Sr. Luiz Lopes, y el Sr. Lourenco Tavares. Unos músicos entristecidos tocan unos aires lánguidos en el salón contiguo. Y durante la Urde, en estas horas largas, eternas, vaga-