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POR PALABRAS OS EN S E C C I O N E S ESPECÍFICOS DOR PALABRAS, CLASTficados en secciones. Do una, á diez palabras, 1 peseta. Por cada palabra más, 10 céntimos. Las abreviaturas y cada cinco cifias se cuentan corro una palabra. Al importe de 3 ada inserción deberá añadirse diez céntimos de peseta por si impuesto del Timbre. Los originales se remitirán la Administración de A B C acompañados de sil importe en metálico, sellos do correos, libranzas de la Prensa í otro giro análogo, el día antes de la fecha en que deban ser publicados. tación. Pomo, una peseta. Gayoso. Arenal, 2 y farmacias. Por mayor: Pérez Martín Velasco. XA DOSIS DE ESTÓMAG Artificial, tomada anO tes de comer, produce una perfecta digestión. Caja, 7,50 y 4 pesetas farmacias y Arenal, 2. 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Con tal de ciarme una lección, no tiene usted inconveniente en fingir una orden que nadie pensó en dar. -Pero Jenny, comprenda usted que un descuido cualauiera podría hacerla caer al mar. ¡Jenny, por Dios, retírese usted, déjemel- -Y dado caso de que yo me cayera, ¿no sería usted capaz de salvarme? Ya en esto, la joven, de pie en la borda y sostenida por una cuerda á que ella se había asido, dejábase mecer dulcementa por los movimientos suaves de balanceo que las olas imprimían al barco. Por coquetería quizá, Jenny permanecía aíH segura de su agilidad, gozándose en ta expresión de espanto de que Edmundo se hallaba poseído al contemprarla. -Pues no sé... no sé si podría salvar á usted, prima; lo más seguro es que pereciéramos juntos. ¡Juntos! -repitió la joven con una entonación singular. De repente Jenny, como un ágil grumete, sin soltar ia cuerda, sentóse al lado de su pi imo, no sin apoyarse en su hombro. Edmundo sintió desfallecer su voluntad. Pasó una nube por sus ojos, zumbaron sus oídos, tomó una mano de su prima, las dos manos; ella se las abandonó confiada al principio, pero después, al advertir la mirada ardiente de Edmundo clavada en ella, sintió la joven un extraño malestar y adivinó algo que la hizo arrepentirse de la imprudencia de haber ido á buscar a! joven. El marino, venciéndose otra vez, sellando sus labios cuando éstos iban á pronunciar funestas palabras de amor y promesas de engañosa felicidad, dejó libres las manos de su prima y recobró su habitual y estudiada indiferencia. Los dos eran buenos. Pasó un rato sin hablar; luego dijo Jenny: -Hace un instante dudaba usted de salvarme, primo: ese es un reflejo del carácter de usted; soporta usted la desgracia, tiene usted confianza en su resistencia, pero no ia tiene en el porvenir. ¡Oh, prima mía! -exclamó Edmundo. -Ningún hombre debe quejarse de su suerte: parece usted contenta con la suya; yo también lo estoy con la mía. -Conteste, Edmundo: ¿qué influencia le ha hecho á usted cambiar en tan poco tiempo? -dijo Jenny con dulzura insinuante. -No hace mucho decía usted que la desgracia sólo tiene influencia en los corazones débiles. Finge usted estar contento con su suerte y no lo está... -Sí lo estoy- -interrumpió Edmundo con arrebato. -En vano trata usted de engañarme, primo mío. ¿Que hizo usted, pues, de su corazón vigoroso? -Yo soy fuerte... más fuerte de lo que otro sería quizá. ¡Qué amargura revelan sus palabras, Edmundol- -No tanta como la que mi alma destila, Jenny. ii. n mu muía iummnmui n riirr rimnil! 1 1 1