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Yo las dulcificaría seguramente. ¿Quiere usted, prima... mía, tener piedad de mí? -jOh, sin dudal N o necesito esforzarme para conceder á usted esa piedad, querido primo. -j A h Jenny, Jennyl Es usted, sin saberlo, muy cruel conmigo. -jCruel sin saberlol N o no; sabiéndolo, Edmundo... pero ya no lo seré, no lo seré. Si usted me juzga por eso una coqueta... no lo haré nunca más. -Y derramando lágrimas, tendió una mano á su primo, diciéndole: -Lea usted detrás de mis pupilas y verá cómo en este instante soy feliz, muy feliz; séalo usted también, yo se lo ruego, se lo suplico. La joven sonreía al través de su llanto. Al ver que Edmundo permanecía inmóvil y como sumido en honda y extraña meditación, ella, temerosa de que entonces tampoco rompiera el joven su silencio, añadió; -E s que no me entiende usted; compréndalo, Edmundo, n me entiende. Entonces el marino la miró; fue una mirada interminable, profunda, abrasadora; una mirada elocuente, más elocuente que un discurso, y había en ella tanta fuerza fascinadora, que no se necesitaban palabras para entender la verdad. La mirada quería decir: -Comprendo, sí comprendo, Jenny mía; me amas tú también; tú también me quieres á mí como y o á ti te adoro. N o se abrieron los labios del joven, ni á Jenny le hizo falta; vencedora al fin, trémula, palpitante, poniendo sus ojos en los ojos de él, sus manos en las suyas, contemplóle enajenada largo rato; un místico silencio reinaba. D e pronto, como río que rebasa el dique, las palabras rápidas, arrulladoras, turbulentas, apasionadas, comenzaron á fluir de la boca del joven. -Habíame, Jenny; mi Jenny, habíame mucho; di me que me quieres, dímelo para que pueda vivir un día, un solo día, aunque luego muera y me aparte de ti. ¡Oh, nma pura y hermosa, cuéntame cómo te has apiadado de mil parte de su disco hallábase aún sumergido en las olas, mientras que la otra parte inundaba de luz el azul sombrío del firmamento y blanqueaba los bordes de los nubarrones. Semejaba la luna un sol medio extinto que se levantaba por última vez, para alumbrar á un mundo que estuviera amenazado de volver al caos. Aquella luna mate, triste, tenía algo capaz de infundir tristeza en un alma llena de amor, y por lo tanto, de supersticiones. Como sucede siempre que nuestra alma se pone en contacto con lo sublime, con algo de lo cual no alcanzamos la causa, pensó Edmundo en Dios, y sus labios murmuraron una plegaria; pensó también en su amada, en Jenny, y pidió á Dios que la protegiera, que salvase á la niña aquella. -S í ella me quiere, me quiere, y no podré ahora resistir la terrible tentación de m ostrarle entero mi loco amor. Un ligero, un blando y suave rumor oyóse repentinamente. Edmundo volvió la cabeza; de pechos en la borda, donde él se había sentado, vio á Jenny; á Jenny, semejante á una dríada surgida de las ondas; á Jenny, vestida de blancos y flotantes cendales, que se aventuraba, con la inconsciencia propia de su edad, á seguir en su huida al hombre que, adorándola, era para ella más peligroso que nadie. El viento agitaba el vestido de la joven; ella, mirando á su primo, embebecida en la contemplación de su amor, parecía transfigurarse. El la miraba extasiado también; pero poseído de pronto de un temor, de un pánico instintivo, comprendiendo que, sin poderlo remediar, aquella declaración, tan temida y tan deseada á un tiempo mismo, iba á salir, se iba á escapar de sus labios, gritó: Jenny, por D i o s retírese usted, déjemel Y al ver que la joven intentaba subirse á la borda para sentarse donde él lo estaba, añadió: N- -Va usted á caer al mar; no, no pretenda subir, es peligroso. -Pues si me cree usted tan torpe, déme la mano- -repuso lenny. -D e ninguna manera- -respondió Edmundo; -la consigna prohibe á las señoras encaramarse en sitios como éste. f i ieMtiiik e Sílf- i. ü