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TRES. NUMERO 2 3 7 CRÓNICA U N I V E R SAL ILUSTRADA. gallardos gestos, se halla lejana todavía. Es preciso contar, pues, con los grandes oradores para que luchen con sus pares de la oposición. Ahí es dable vaticinar que va á estar el desquite del señor Moret, cuya palabra será en ei futuro Parlamento la única suficientemente brillante y sugestiva para levantar el ánimo de la hueste ministerial, cuando ésta desmaye. De muchos olvidos y desconsideraciones quedará vengado D Segismundo. Del Sr. Canalejas no se puede anunciar lo mismo, porque dicho señor ocupa una posición más exterior á la mayoría. ¡Sea como quiera, innegablemente es grave y quizá significativo que de antemano se cuente tan poco en las futuras Cortes con la elocuencia! ¿Con qué se proyectará sustituirla? D, 4 DE SEPUE WBRE DE 1905. NUMERO SUELTO, 5 CÉNS. á perderse. (Xra vez nos ponemos en marcha y vamos atalayando e! soberbio panorama de valles y montañas. El sol cae bravio y segador sobre los campos; á trechos los viejos robles se extienden en una largT üüea á un lado del camino. Advertimos que el coche se vuelve á detener. -Camilo, ¿ocurre alguna novedad? -No- -dice Camilo- -es que se ha roto una correa de! aparejo y es preciso componerla. Y durante un momento, Camüo compone la correa. Y de nuevo tornamos á caminar. ¿Por qué se rompen tanta las correas de ¡os carricoches españoles? Ante nosotros aparecen ias primeras casas d e un poblado. Es Puenteareas; llevamos caminando dos horas. Cruzamos rápidamente el pueblo. Los mismos pinares, los mismos nobles y viejos robledales se espacían en la lejanía dulce. Una nube de polvo envuelve el coche; ei sol abrasa. Y unas moscas, pertinaces, crueles, revuelan y se posan sobre nosotros. Camilo grita indignado contra las MAMIEL TROYANO moscas, manotea, da latigazos en el aire. De repente el carruaje se detiene por vez tercera. -Camilo, ¿hemos llegado ya? Camilo- -es 1 VIAJE. Mondariz se halla en e) fin tar- -No, no- -dice espantar las que voy á corL una rama para moscas de los del mundo: non plus ultra. Y además está caballos. Heno de pequeñas contradicciones, sorpresas, Camilo echa pie á tierra, se dirige á un árantinomias y paradojas. Ya el viaje os ha caubol cercano y desgaja una rama. Después volsado una ¡eve contrariedad: viajar en un tren vemos á caminar. Cuando transcurre una hora, galaico es tener la sensación neta de que e! comenzamos á entrar por una larga calle. A coche en que camináis va á desencuadernarse una banda y á otra, sobre las puertas de ¡as de un momento á otro, marchándose por su casas, leemos en gruesos caracteres: Jiote! Ibelado cada tabla, cada tornillo, cada rueda, ria, Motel Carrera, Hotel Avelino, Nuevo Hocada resorte, cada herraje. Y si este tren, es un tel, Hotel Jlmérica, Jiote! de ¡a Unión. Unos modesto mixto, -como el tren en que yo he señores sentados en sillas de mimbres dirigen viajado- -entonces vuestro pavor aumenta y una mirada vaga a! coche que pasa; pomposos perdéis toda noción de ferrocarriles, de tiemplátanos sombrean la avenida. Estamos en po, de espacio, de Galicia, de España y aun Troncoso. Dos pisos más y llegamos al hotel de Europa. Pero, a! cabo, llegáis sanos y saldel balneario. vos, un día, á las siete de la mañana, á la estaAtrás han quedado ya las casas del pueblo; el ción de Salvatierra. E! paisaje es maravilloso; camino desciende, en una suave pendiente; pevuestros ojos se empapan en la verdura fresnetramos de pronto en un parque frondoso. ca, sombría, de las montañas y de los valles, El coche se detiene. Saltamos de él y nos que un sol pálido, dorado, comienza á ilumiencontramos ante una corta escalinata de pienar. Por fin han terminado nuestras fatigas -dra; en lo alto, en el rellano, los bañistas cupensáis. Y preguntáis á seguida, con la maleta en vuestra mano, qué tiempo se tarda desde chichean sentados. Levantamos la vista tratando de abarcar el conjunto d ¿l edificio, y veSalvatierra hasta Mondariz. Será un paseo mos, llenos de una grata sorpresa, que ante seguís pensando vosotros. Y os quedáis estunosotros se yergue un soberbio palacio verpefactos, confusos, espantados, cuando os sallesco, de recios muros de sillares grisáceos, contestan que es preciso marchar todavía duelegante, harmonioso, con largas filas de balrante tres horas en un vehículo... cones simétricos, con lucarnas misteriosas, Pero el paisaje os indemniza. Comenzamos con una techumbre de pizarra brillante, que á caminar por valles, recuentos y hondonadas forma un maravilloso concierto en el blanco cubiertas de pinares y robledales. Las carrete- opaco de las paredes y destaca sobre el verde ras de Galicia vemos que no son las soberbias sombrío de las colinas... carreteras vascas; hondos baches, alterones y Entre ¡os plátanos del jardín pasean lentacavidades nos hablan elocuentemente del cenmente damas y caballeros. Levantamos levetralismo administrativo. Van pasando ante mente nuestro chapeo y ascendemos, pausados, nuestra vista alquerías ocuiias entre la vtrdu por la escalinata de piedra. ra, arroyos que se deslizan sosegados en el AZORÍN fondo de una cañada, oteros en que el maiz pone su tapiz de verde claro. De pronto nos detenemos. -Camilo, ¿qué sucede? -Nada- -dice Camilo- -que se me ha caído el látigo. Qcmana de alza continua en todos los merca dos; la terminación de la guerra ruso- japoCamilo baja del pescarle y retrocede un buen trecho en la carretera buscando el látigo. nesa hace presagiar un período de gran activiOs creéis transportados álos ¡anos manchegos. dad, de mucho negocio v de alza. Yo no sé por qué misterio profundo é inescruEn Madrid la especulación alcista ha sabido table de las cosas, los látigos no se han perdi- sacar partido de las circunstancias; animado e ¡do jamás en nuestros viajes por el país vasco y corro por las cotizaciones transmitidas por el ahora, en Galicia, como en ia Mancha, tornan extranjero, ha coincidido el movimiento con la QUST 3 TUCION PRO- Según I cuida BLEMATJCA do y el afán con que se cuenta y recuenta e! número probable de diputados que va á traer al futuro Congreso cada partido, en cada partido cada grupo, y en éstos cada personaje, cualquiera diría que en la fuerza numérica estriba toda! a cuestión parlamentaria. Como quiira que se da tan poco pasto á la cu- iosidad de la gente política y es tan escasa la materia laborable para su pensamiento, aquélla vive comiéndose ei porvenir. Lo que tienen de azaroso las elecciones es precisamente lo que despierta mayor i ¡iteres. ¡Hasta apuestas se hacen hoy acerca de la aira á que ascenderá! a abigarrada mayoría liberal; sobre el guarhmo representativo de los amigos personales de! Sr. Moret; sobre el de los adeptos del Sr. Canalejas y tocante á la proporción en que entrarán los de) Sr. Maura y los viliaverdistas en la formidable minoría que con carácter conservador vendía á estas Cortes! Pero, en el cálculo de la fuerzas, para nada se toma en cuenta un factor, que no se r e laciona con la aritmética, y, sin embargo, es el mas eficaz y de superior empuje en el Parlamento: ei pensamiento servido con elocuencia por la palabra. Se ha podido apreciar el del Gobierno en la monserga oficial con que nos obsequió á los pacíficos ciudadanos desde Jas columnas de ¡a Gaceta. Con ese parque inteiectual van á hallarse muy mal armados los paladines de ias filas ministeriales. Con el arte eximio de su oratoria habrán de suplir las deficiencias de las ideas; pero, el caso es que, dentro de la situación política p essnte, no hay más que dos oradores de primera magnitud, los Sres. Moret y Canalejas. Cada uno de ellos va á salir del período electoral con un enojo aquilino, que le retraerá en sus tiendas, aunque el Sr. Maura, ó el Sr. Salmerón, ó el Sr. Aivarez, ejerciendo de Héctor, causen estragos en el campo monterista. Las Cámaras conservan en sus guerras mucho carácter de los primitivos tiempos. El prestigio, la energía, la potencia muscular, el valor de los principales guerreros son elementos decisivos del triunfo. N o ha llegado aún n esas contiendas- -pero llegará a! cabo- -ei período del arte bélico moderno, en que la fuerza de! brazo del caudillo nada decide; porque al propio Cid ó al mismísimo Scanderberg, ia bala disparada por un endeble recluta, anularía toda su pujanza. La época er. que! a razón dicha en cuatro palabras produzca mayor efecto que la más rutilante retórica, servida por una espléndida vsz v acompañada de ¡os más E