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A B C DOMINGO 3 DE SEPTIEMBRE DE iqo 5. PAG 8 C u e n t a una antigua anéciota que argüido un vago por un juez de no tener oficio alguno, respondió: Tengo oficio, señor juez, sino que en él no se trabaja todos los días. Mi profesión js ahumar cristales para los eclipses. Aquella profesión ha constituido en París, durante el último eclipse, una industria nueva, pues además de los que allí, como aquí, se dedicaron á la venta de cristales para observar el fenómeno celeste, hubo quien, más listo que los vendedores, se dedicó á la explotación de un cristal solo, á iravés del cual podían mirar un ratíío los que abonaban cinco céntimos. Nuestra fotograh a reproduce la escena en un bulevar, donde unos soldados contemplan el eclipse con el productivo apáralo. EVILLA. UN 1 NCEN- E n la calle D 3O IMPONENTE de Prada, de Sevilla, núm 7, se declaró un incendio en la madrugada del jueves en una fábrica de sillas, cuyo almacén tiene una puerta á la calle de los Inocentes. Por momentos tomó el fuego grandes proporciones, propagándose rápidamente y llegando las llamas á las casas números i y 3 de la última calle. Una hora después se presentaron las bombas, y el numeroso público que había acudido al lugar del siniestro protestó ruidosamente de las deficiencias del material de incendios, soore todo al notar la falta de agua y de presión. Los temores de todos se confirmaron, pues comenzaron las llamas á lamer la techumbre de la fábrica de corcho de la calle de Inocentes, núm. 1. A las seis de la mañana sólo quedaban los muros del edificio que ocupaba la ábrica de sillas de Jiménez y Compañía. PARÍS. UNA NUEVA INDUSTRIA pió, les comunican sus experiencias sobre el efecto que el eclipse ha producido en los insectos nocturnos. Las pulgas y Jas chinches picaron, durante el eclipse, como en la más obscura noche de la crisma rusos y japoneses se han convencido en una hora y cuarto de que se tienen un cariño entrañable. El barón Kaneko, tan simpático para los bebedores de Ginebra, io ha dicho textualmente: Una de las razones de la generosidad del Japón es que T usia es su vecina y que el Japón quiere mantener con ella relaciones cordiales. S En vista de lo cual, pido yo todas las noches al Todopoderoso, en mis cortas oraciones, que me libre de las relaciones cordiales con mis vecinos. No haga el diablo que se tomen año y medio de paüzas antes de darme el primer abrazo de paz y amistad. Por lo demás, el caso no es nuevo entre vecinos, y no hay sino ver lo que sucede en las casas de vecindad. Se enfadan, se insultan, se arañan, se azotan dos vecinas de rompe y rasga, y al poco tiempo, tan amigas. Ya lo dijo el refrán, que tengo el honor de dedicar á entrambas naciones exbeligerantes, y al barón Kaneko en particular: ¡Ayer... (eso) y hoy comadres! CARLOS LUIS DE C U E N C A estío, y los mosquitos de trompetilla parecían preludiar á la una de la tarde El sueño de una noche de verano. Un viajante de comercio observó en la fonda que los gatos del establecimiento se obstinaban, durante el eclipse, en hacerse pasar por liebres. Un cochero de punto notó en el penco de su digna dirección un espanto treme ido a! pasar por delante de una tienda de embutidos de todas clases. REYES CAZADORES I os monarcas de España han sido, por regla general, muy aficionados al noble é higiénico ejercicio de la caza, distinguiéndose los de! a dinastía de Borbón, y sobre todo Carlos 111 y Carlos IV, que no dejaban en paz su escopera y sus perros y que vivían más que en Madrid en El Pardo. Los soberanos actuales de Europa son casi todos grandes cazadores, figurando á su cabeza el anciano Emperador de Austria, que no siente la fatiga de los añes y que en el deporte cinegético ha encontrado consuelo y distracción á sus penas. El Kaiser, el rey de Italia, el de Portugal, que puede disputar el ptemio á los primeros tiradores de Europa, son cazadores intrépidos. Eduardo V) se entrega á este ejercicio más por elegancia que por afición. El malogrado D. Alfonso XI fue un cazador de los de buena cepa, que se consagraba con delicia a! saludable ejercicio. Uno de los mejores retratos que pintó Velázquez, es el de Felipe IV en traje de cazador, y de Carlos IV también con los arreos de caza dejó otro admirable Goya. Carlos 111 vestía á diario de caza, y cuando para las solemnidades palatinas tenía que vestirse de gala, no hacía más que cambiar la casaca, conservando a chupa de gamuza en que llevaba las municiones. De caza voy, es la verdad; aquí ó allí todo es cazar. Esto canta Felipe IV en una popular zarzuela, disponiéndose á marchar á una cacería en El Pardo. Y no sólo reyes, sino reinas ha habido, como Isabel de Farnesio, que han sido cazadoras intrépidas, y en esto la imita su augusta descendiente la infanta Isabel, que tanto se distingue en todos los deportes. UN CHAMBELÁN TJasada para el público profano la emoción del espectáculo celeste del miércoles, queda ahora á los sabios z rabo por desollar, ó sea el estudio lento pero continuo de sus observaciones propias y de las ajenas, sobre todo de las últimas, que son las más abundantes. Los sabios suplicaron á todo el mundo que les comunicara las observaciones particulares, y, según mis noticias, el público ha respondido al llamamiento con una generosidad pasmosa. Asegura un maragato que las ostras se encerraron en una prudente reserva, mientras los calamares demostraron su indiscutible predilección por el obscurantismo. No han faltado experiencias maravillosas. Un concejal jura que su gabán de pieles maullaba tristemente entre la naftalina, y un recién casado afirma que desde el primer contacto de la luna, la suya de miel se vio mordida por su señora madre política, y que se le ha quedado el vicio y desde entonces no se la puede aouantar. o Sabio hay que ha recibido más cartas que tiene una sesión de baccarrat. Unos huéspedes, dea io reales con pnnci- Para mí, el más nuevo de los efectos fenomenales ha sido el moral. Antiguamente los eclipses anunciaban guerras, asolamientos, fieros males, y este último ha venido á anunciarnos la paz. Porque á los dieciocho meses de romperse unr mnimmfnniiiniíinTni un ll