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A B C DOMINGO 3 DE SEPTIEMBRE DE i 9 o5. PAG 6 rugía. Cenamos; de sobremesa el cura me narró la leyenda del Redentor que tanto había yo admirado. -La gente de estos valles, me dijo, afirma que si llamado un sacerdote para administrar los Santos Sacramentos á un moribundo, no acude solícito, el Redentor va por sí mismo á administrarlos, y el cura culpable muere. Así falleció, según se asegura, mi antecesor, repentinamente, á las dos horas de negarse á cumplir su ministerio cierta noche parecida á la de hoy. Las palabras del cura me hicieron sonreir; mi fe no era entonces como hoy, acendrada; pero me impuso respeto aquel varón cubierto de canas y lleno de virtudes, y callé. -Yo, continuó el sacerdote, á todos los enfermos que demandan los auxilios espirituales, más que por miedo, por deber, que cumplo gustosísimo, préstoselos con toda diligencia. Luego me narró los milagros todos que se atribuían al Redentor del Valle. Las relaciones sencillísimas de mi patrón, confieso que me impresionaron. A las diez nos fuimos á acostar. Mi sueño fue intranquilo; cada poco tiempo despertaba desasosegado; mi vigilia, aún más febril que mi sueño poblado de visiones y más continua, me hizo adoptar la determinación de leer. Al azar abrí un libro que al alcance de mi mano tenía, y me puse á leerlo. Era el Evangelio de San Juan; mis ojos se clavaron en aquellas palabras que dicen: De los que me entregaste, ninguno perdí. Por muchos esfuerzos que hice, no pude continuar leyendo. De repente, un ruido insólito, más poderoso que a voces todas de la naturaleza, llegó hasta mí. Maquinalmente, pero con diligencia, con prisa, me vestí, saliendo apresurado escalera abajo; estaba la puerta cerrada; abríla, y me encontré en el C 2 mpo, envuelto en la noche que la nieve parecía iluminar con un resplandor fosforescente, lechoso. Súbitamente oí sonar muchas campanas y percibí una luz vivísima que apareció entre los árboles. La noche se hizo día; yo, atónito, miraba y veía, veía y todas las potencias de mi alma no servían más que para ver. Arrastrado por una fuerza superior, seguí aquella luz á través de los campos desiertos, entre el torbellino de la nieve polvorienta y del viento mugidor, bajo dos árboles goteantes, que agitaban sus ramas enguirnaldadas de blanco. Crugía la nieve bajo mis pies, y la soberana luz, la luz radiante, la luz solar que todo lo alumbraba, seguía andando, andando, y yo tras ella cegado por sus rayos. Sentí de pronto muy cerca el bramar iracundo del Cantábrico; sus olas se estrellaban en los acantilados. Caí de rodillas al borde mismo de unas rocas en que las olas rompían su fuerza titánica; sobre las aguas espumosas, internándose mar adentro, vencedora de la tempestad, de! mundo y del cielo, vi la santa efigie, al Redentor vi, que llevaba la cruz a cuestas y caminaba despacio, encorvado, fatigado, con la cabellera flotante, envuelto en luz, en luz de relámpago que iluminaba los ocultos antros del PARÍS. UNA NUEVA INDUSTRIA DURANTE EL ECLIPSE ul i ¡b i j d I! como ya el sacerdote me había anticipado; pero detras de los crismales, acongojada, cárdena, lacrimosa, una cabeza, una santa cabeza coronada de espinas, en la cua dos ojos humildemente tristes, resplandecían, se destaco luctuosa, dejándome absorto. Los Cristos y los Redentores sevillanos, de hermosura ultra- teircua, cristalizaciones de sueños providenciales de escultores como Montañés; la Oración de Jesús, de Salzillo, en que la santa cabeza suda antes de apurar el cáliz y el ángel enviado por el Padre, fulgura belleza divina, belleza sin sexo, en idealidad sublime, no tuvieron nunca superior para mí en los cielos del arte, hasta que vi aquel rostro dolorido que en lo alto de la hornacina me miraba, Era un Redentor. El peso de la cruz le agobiaba; con trabajo sostenía su espalda el santo madero; crispadas sus manos, de labor escultural indecible, parecían contener el balanceo del simbólico Jeño; un pie maravilloso, sin sandalia, espinado, veíase bajo la vestidura avanzando claudicante; el otro pie, nervioso, sentado en firme, enlodado, sangriento, sostenía la pesedumbre del cuerpo y de la carga. El cuello de la imagen, que desde más abajo de la hoyuela dejaba descubierta la túnica morada, era pasmoso, caliente, de blancura deslumbradoia, sombreada en la parte anterior po la barba, en la posterior por los bucles de la cabellera rizada y nazarena. Mucho tiempo contemple la efigie redentora; era de talla, obra de ignoro artista de personalísimo estilo. E 1 sacerdote, luego de rezar, me invitó á salir del templo. Nos fuimos. Estaba nevando: las ramas de los árboles, de la pompa y verdor primaveral despojados, vestíanse el blanco cendal que copiosísimo descendía en copos menudos. Estuvo nevando toda la tarde; el crepúsculo vespertino trajo, como avanzada de la noche, un viento furioso que tronó en las quebraduras de las peñas, y agitó rugiente los robledales. Antes de cenar rezamos el rosario; la letanía de la Virgen, dulce y tierna, contrastaba con la borrasca furiosa que fuera m TI iirrniniTrrní ffiintiiiHif