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A B C DOMINGO 3 DE SEPTIEMBRE DE i 9 o5. PAG. 5 EL REDENTOR DEL VALLE De los que me entregaste, ninguno pevdj. Evangelio de San Juan) Tpra la noche del Viernes Santo. La respetable señora condesa del Águila celebraba su fiesta onomástica. La santidad del día impedíanos toda expansión bulliciosa. El tema predominante n- -oí vcrTcion e a de actualidad- dijo, encarándose con el diputado: Invito á usted á que me diga si me tiene por hombre incapaz de decir una cosa por otra, y con la serenidad de juicio necesaria para no ser víctima de alucinaciones. Eldiputadoinsistiósinvacilar. Pues bien, dijo el Barón; deseo narrar á ustedes un hecho que por mí mismo he presenciado. Iniciase un movimiento de curiosidad; acercámonos a! Barón, y éste, que tenía fara de ser narrador amsnísjmo, dijo así: neroso patrón, alzábase en la cima de un cerro muy distante de ¡a casa donde residíamos. Todo en aquella región me agradaba. Mi Sevilla arrullada por el Betis, bien oliente á jazmines y azahares, contrastaba con la naturaleza bravia que anta mis ojos, asombrados, ostentaba su raajetad. lína fiesta debió de ser de la Purísima, en que encaman las glorias viejas y los retoños de esperanzas de nuestro espíritu nacional, fui á la iglesia á oír irt sa f. i1, 1. X y U V i í ÍVVÍÍ V. ví- f ALEMANIA BOTADURA DEL ÉUPOR AISEMAN DE LA COMPAÑÍA HAMBUKCO- AMERICA V 1 C TOR 1 A AUGUSTA CON ASISTENCIA DE LOS EMPERADORES hablábase de les milagros de Jesús. El marqués de Fresno- Alto discutía con un joven diputado acerca de las excelencias de la fe. Sus ribetes de heterodoxo tenía el contrincante del Marqués. Por respeto á la Condesa decíase creyente; pero afirmaba que no tenía conocimiento, por testimonio á su juicio veraz, excepción hecha de los Santos Evangelistas, de ningún milagro. Aseguiaba que en los tiempos actuales, bien poi indignidad de los hombres, ya por otra razón ignorada por el Dios, no obraba milagros. Arreciaba la discusión y el diputado se engreía, cuando el barón de Capilla, caballero de tanta autoridad por su ciencia como por su experencia, hombre de fortuna cuantiosa y de conducta inmaculada, Asuntos de mucho interés para mí demandaron mi presencia en el valle castellano, frontero á Vizcaya. Salí de Sev lla y atravesé el macizo peninsular, la meseta núcleo de la española tierra. Aún se viajaba en diligencias y cuando no á lomos de poderosos machos de la Mancha. Castilla frígida (era en invierno y muy crudo) despoblada, triste y casi yerma, parecía descansar de sus gloriosas gestas pasadas. Llegado á mi destino, hospedóme un cura vascongado para quien mi padre, oriundo de las provincias, me había dado cartas de recomendación. El valle, largo y estrecho, á manera de embudo abierto hacia el mar, tenía los altos coronados de nieve. La iglesia, donde oficiaba mi ge- mayor. Convidaba á orar el templo, de arquitectura sobria y decorada con limpia pobreza. Acabada la m 3 sa, con petulancia de pseudo sabio, pregunté al cura si en aquella iglesia no habría cuadro ni cosa alguna que tuviese mérito por su antigüedad ó por su trabajo. M e contestó que no. Los objetos sagrados son nuevos, el retablo también, cuadros grandes no hay ninguno, y los cuadros pequeños son exvotos, en que no resplandece otra luz que la de la fe de sus autores; pero, anda, ven, me dijo, y por ti mismo lo examinarás todo. Saiimos de la sacristía, y frente por frente, y en una hornacina cerrada con cristales, vi colgados un sinnúmero de exvotos, sin valor artístico alpuno,