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A B C VIERNES i. DE SEPTIEMBRE DE i9o S. PAG. 4 estará enjalbegado con cal blanca; se verán limpios, fregados los ladrillos rojos del piso, y la luz, una luz viva, fúlgida, reveiberará con la misma intensidad desde la mañana hasta la noche. Sor Gabriela tendrá sobre una mesa un cristo de marfil, acaso también un libro místico de Granada ó de Nieremberg, v con toda seguridad un jarrito de tosca porcelana en que habrá puesta una vara de nardos. Sor Gabriela, á lo largo del día, leerá un breve rato en estos libros, y otros ratos abrirá otro gran libro blanco é irá escribiendo en él con su letrita alargada y etérea. Lo que sor Gabriela escribe en estas páginas son las cuentas prosaicas del monasterio. Santa Teresa quería, en su Modo de visitar los conventos de religiosas, que se llevaran escrupulosamente estas cuentas. Lo que quise comenzar á decir es- -escribe- -que se miren con mucho cuidado y advertencia los libros del gasto Y este libro de que habla la mística doctora es precisamente el libro que sor Gabriela- -como se lee en su tarjeta- -le mandó para su examen á D Paco. ¿Dónde vivirá sor Gabriela? ¿Qué patio sosegado, con laureles y rígidos cipreses se verá desde las ventanas de su celda? AZORÍN LA CUENTA DEL DESASTRE I I no de los mejores salones del palacio de los Val- de- Espino era el que en la casa llamaban el salón de los Abuelos. Como D. Enrique no contaba treinta años, y á esa edad hacen poca mella ciertos disgustos, dispuso celebrar su reingreso en ía corte convidando á cenar á sus amigos. Ello había de ser una cosa tranquila, sin bacanal. Se trataba de estrechar interrumpidos lazos, de cambiar impresiones, contando él sus lances en el nuevo mundo y recibiendo cuenta de las novedades ocurridas en su ausencia, más que nada en el elemento femenino... Ningún sitio mejor que en su casa... En el salón inmediato al de los Abuelos se colocó la mesa. I as libaciones se sucedían rápidamente. El recién llegado había contado cuatro cosas de la guerra y había oído después referir entre carcajadas, los amoríos de Pepita Ossorio, el divorcio de la Montálvez y algo también de las aventuras de S. M. viudo á la sazón, por tercera vez. Acaloradas con la repetición de brindis las cabezas, D. Enrique quiso obsequiar á sus amigos con una copa del vino que bebía su familia en las grandes solemnidades. Cogió una bujía y salió tambaleándose. En él se guardaban- -y de aquí el nombre- -los retratos de todos los ascendientes de la familia, desde el fundador ó tronco del linaje hasta los más modernos vastagos del mismo. Esta costumbre, que en muchas casas se practica con negligencia, en la de Val- de- Espino se observaba con religiosa exactitud y no había procer ó dama que, figurando en el árbol genealógico, no tuviese en el salón su correspondiente efigie, labrada en una ú otra materia. Así es que desde el primer Val- de- Espino, D. Alvaro, adelantado de Fernando 11 el Santo y que con éste asistió á la conquista de Córdoba, hasta D. Baltasar, jefe actual de la casa, estaban en el salón todos los individuos del mismo apellido y sus afines en el primero y segundo grado. Estaba, pues, allí con los Val- de- Espino, lo más florido de la nobleza española, Laras y Cerdas, Girones y Benaventes, Osunas y Guzmanes... Este salón fue el primero que visitó, al volver vencido de América, el primogénito de la casa, D. Enrique, hijo de don Baltasar. Cuando, acompañado de su padre, pisó los umbrales de la habitación parecióle ver que los serios rostros de sus antepasados le enviaban una mirada sañuda. T on Enrique volvía á Madrid después de cinco años de guerrear en ¡as que fueron provincias españolas y ya eran Repúblicas independientes. Con D. Pablo Morillo había ido á Costafivme; con el general Hore había estado en Panamá, y, últimamente, con Valdcs y Maroto y Espartero había combatido en el Perú, única posesión que nos quedaba. Después de la derrota de Ayacucho volvía á la madre Patria dejando, allá los mares, un inmenso imperio colonial perdido- aquellos sitios sembrados de huesos. Más sangre española se ha vertido allí que agua arrastran sus caudalosos ríos. ¿Entonces? -Señor... nos han derrotado. ¡Cuenta! ¡Cuenta! ¿Derrotados en Chile? ¿Derrotados en Colombia? ¿En Venezuela, en el Plata, en Perú? -En todas partes, señor. ¿Qué habéis hecho, desgraciados? ¿Qué habéis hecho de España? -Los Gobiernos... ¿Pero los Gobiernos no son hechura de sus gobernados? El país, en lo que es de vital interés, ¿no impone su ley por encima de todas? ¿Ño se dan ya Comunidades en Castilla? -No había dinero, señor; no había barcos... no había armas... ¡Se forjan! Los barcos se hacen; el dinero se busca... ¿No había dinero, y tú conservas tu palacio? -Esas ideas son de otro tiempo... ¿Cómo? ¿La dignidad ha pasado á la historia? ¿No sentís rubor ante esas catástrofes? ¿No pensáis en el desquite? -Señor... ¿Vacilas para contesta Pero ¿es posible qne así estéis de hundidos? De El salón de los Abuelos estaba sumido modo que os pegan y permanecéis quieen honda obscuridad. Fuese ilusión de tos; os arrojan de vuestros dominios y no los sentidos, miedo supersticioso ó efecto pensáis volver á conquistarlos; os ponen del vino, D. Enrique sintió que le sisea- en el rostro la marca de una afrenta, conban al pasar. Con el pelo erizado de te- secuencia de vuestras culpas, y no desesrror, volvió la cabeza y vio... peráis por lavarla... ¿Y es un noble espaVio que desde uno de los cuadros más ñol el que piensa así? ¿Qué hacen los noborrosos le hacían señas para que se bles hoy en tierra de España? acercara. En este momento sonó en la habitaD. Enrique obedeció. Como había ción inmediata choque de vasos y ruido llegado al límite del terror, no le extrañó de risas... que la figura del cuadro, al verle enfrenT- -Se divierten... ¿Y los que se divierte, le hablase así: ten no piensan en el desquite? La sangre- -Ven acá, hombre. No has querido generosa que se corrobora con vino ¿no charlar un momento con nosotros. ¿Qué piensa en luchar y en vencer? tal has llegado? -Señor, hay por en medio naciones- -Bien- -articuló D. Enrique. poderosas... Inglaterra... ana República- ¿Y por allá? ¿Cómo has dejado aque- nueva que se llama Estados Unidos... llos países que nosotros conquistamos? Repentinamente, la sombría figura del (El que hablaba era un señor de golilla, cuadro pareció tomar cuerpo, la mano chambergo de pluma y calzas ajustadas; que á la espalda tenía apareció en el un coetáneo de Pizarro. ¿Prosperan lienzo, se alzó ligera y cayó cort la pesanuestras colonias? dumbre de una maza sobre la mejilla de D. Enrique vaciló. Luego, obedecien- D. Enrique. do la imperiosa mirada de su ascendiente, ¡Cobarde! -sonó al mismo tiempo. contestó sin poder reprimir un gesto de pena: Cuando, al ruido de un cuerpo que- -Ya no hay colonias, señor. ¿Que no hay colonias? ¿Ylas Amé- cae, acudieron los convidados, vieron al dé Val- de- Espino tendido en el suelo y ricas, se las ha tragado el mar? -Ya no son nuestras- -balbució el manando sangre de la cara. El cuadro estaba en su sitio y nada joven. hacía verosímil la escena anterior... ¿Que no son de España? ¿Qué diIndudablemente, todo había sido proces? ¿Lo que descubrió Colón no es ducto de la borrachera. nuestro? -Todo se ha perdido, señor, todo. ALFREDO MARTES- -jCómo! ¿Lo que descubrió Magallanes? ¿Lo que conquistaron Pizarro y EL NIÑO CHICO Cortés? ¡Cuenta! ¡Cuenta! -exclamó el viejo Val- de- Espino con voz que pare- Í- Í s un interesante y sugestivo cuento del bví liante prosista francés León Frapié, escía justiciera conminación. ¡Cuenta! ¡Todo se ha perdido! -repitió el pléndidamente ilustrado por Méndez Bringa. Embellecen el mismo número una exacta reazorado vastago. -Pero vosotros ¿qué habéis hecho? producción de varios retratos de! Greco, artículos y poesías Bernar, ¿Habéis presenciado impávidos la ruina? ría Heredia, conde Bertrand, de Arija, J. Mailustraciones Huer- ¿No había hombres ya en la tierra del tas, Coullaut, Sancha, etc. y una doble plana Cid? de curiosas fotografías de la Alhambra, -Señor, los españoles han dejado nnnrnininrrniinii