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A B C JUEVES 3 J DE AGOSTO DE i 9 o5. PAG. a vieja ciudad cuando se improvisa alguna fiesta taurina. Llénanse los colmados, cruzan rápidamente por ías calles mal empedradas los carruajes atestados de mujeres hermosas, pero ni el circo se lleoa ni la alameda se puebla; pasa la visión como pesadilla en cerebro decaído, acentuándose después la triste soledad de siempre. Yo contemplo con la amorosa simpatía con que se mira á un paralítico de amarga sonrisa á la vieja ciudad; yo suelo detenerme en la fonda, hermana gemela de la Plaza de Toros, fundada por un servidor de! eterno Don Juan, ya gotoso y arrinconado, uno de aquellos Butarellis á quienes tuteaban con franca familiaridad Aquella casa enmohecida también está solitaria; la conversación del buen hombre hace el efecto de la lectura de un periódico atrasado que envejece sobre un velador de casino. El patio, el comedor, las estampas del año 40, todo ostenta vejez de museo solitario; á la fuente que corría, arrojando el agua por la boca de una cariátide, le han puesto la mordaza de un grifo, y unos pececillos de colores nadan afanosos por el fondo del pilón, buscando la salida. Allí todo el mundo se aburre, cocinero, criados y mozas; el mismo dueño pasea como fiera enjaulada por sus dominios. Yo nunca me aburrí; jamás me AAuerta y en descomposición se halla Ja antigua ciudad- Sus calles están solitarias; crece hierba entre las piedras desiguales; los grandes edificios de marmoles permanecen vacíos y cerrados, otras fincas se desmoronan, muchas son derribadas; ruinosas iglesias cobijan á penados en malsano hacinamiento; húndense las que fueron ricas bodegas; el antes famoso puerto se convierte poco á poco en maloliente ría... y un cielo luminoso y una campiña espléndida hacen resaltar tanta desventura. COM L s EL PALACIO DEL MARQUES DE COM 1 LLLAS, DONDE PERNOCTARA EL REY EN SU EXCURSIÓN A LOS PICOS DE EUROPA ot. de Duoma! UÍ El forastero cruza las grandes vías sin hallar á nadie; el eco de sus pasos le hace volver sorprendido la cabeza; acaso le arisben miradas curiosas por entre las cortinas de los cierros, pero él á nadie ve, invadiendo su espíritu un medroso estupor. Fue emporio de fastuosa riqueza, ciudad de planes sin fin; á ella acudieron de todas partes en elegres caravanas músicos, cantadores, toreros y gente de trueno. También la industria y el comercio vivían con opulenta prosperidad. Nobles familias de rancio abolengo habitaban los suntuosos palacios, y la gente de mar y la de tierra adentro fraternizaban con ese gozoso é infantil donaire propio de las almas felices y satisfechas en las tardes de toros, en las inolvidables veladas de feria. Aún se galvaniza por breves instantes el burlador de Sevilla y sus descendientes, los majos de Jerez, Jos petimetres de Cádiz. Ciutti murió también; ya no queda más que un viejo hortelano, gruñón y maldiciente, que relata pasadas grandezas y enseña las amarillentas cuentas incobrables, encabezadas por nombres de personajes que fueron famosos y ya no existen ni en la memoria de los hombres, víctimas inocentes de la odiosa inmortalidad que la avaricia concede á sus deudores. Es una gaceta viva de chismes y cuentos locales; muéstrase defensor acérrimo de la moral y pretende aplicarla con mano férrea á todo pasajero. ¡Desgraciado del que trasnoche, infeliz la pareja que le parezca sospechosa! El vela por la pureza de aquellos muros que antaño contemplaron tantas impurezas. exasperé ante la lentitud del servicio; las eternas historias me sonaban en los oídos con la insistente monotonía de uii reloj de música desentonado, y acababa por no percibirlas. Entraba automáticamente, de tren á tren, y durante muchos años comía mi ración, pagaba mi cuenta y salía otra vez sin pena ni gloria. En alguna ocasión dormí en cama enorme, con mosquitero, y el olor de madera vieja y apoliliada, que crujía durante el silencio de la noche, me desvelaba. Eran estallidos secos, como si se saltase un pestillo; chasquidos de chispa, ruidos misteriosos; rara vez se oía la lejana sirena de un barco, pero al despuntar la mañana, cuando la luz crepuscular da á los objetos y personas las tintas obscuras de una placa fotográfica velada, gustábame observar los primeros bostezos de la vida