Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
J ANOTRES. NUMERO NJCA ty. i i, 1 MADRID, 3i DB AGOSTO DE NÚMERO J 9 O5, 2 33. i CRÓ, i UNIVER- SUEL- SAL ILUSTRADA. ha logrado concertar una paz honrosa, es porque allí arde vivo todavía el amor noble á la patria. N o vivíamos nosotros los españoles así cuando se ajustó el tratado por el cual perdimos los últimos restos de nuestro patrimonio. Ya imperaba el régimen Jiberal; habíanse elevado á leyes el jurado y el Sufragio, la libertad de conciencia y Sos derechos individuales. La causa d e nuestra desdicha fue la falta de patriotismo. Nos arrebataba Ja pasión patriotera, la bravuconería grotesca de los valentones; pero faltábanos a solidaridad de un depurado sentimiento patriótico. Las grandes y nobles páginas de nuestra historia tomábanlas á nsa los menguados, afanábanse por europeizarnos los que tenían más amor á lo extranjero que á lo nacional. Los ilustrados, los que se las daban de tales, tenían perfecto conocimiento de lo extranjero, pero no lo tenían de lo español. Durante d o s siglos vivimos caJdeando nuestro espíritu ai calor de ideas y hechos ajenos, no de los propios; perdimos al cabo la fe en nuestro esfuerzo, en nuestro destino. Sin fe y sin esperanza, presentamos ante el enemigo debilidad espiritual y física. Y los españoles, que siempre carecimos de egoísmo, que jamás logramos ser fuertes de cuerpo, antes por el contrario, lo fuimos de espíritu, y con ello nos bastó para aportar al progreso humano torrentes de ideas generales y ríos de hechos; una vez roto el nexo que nos unía á nuestros antepasados, quedamos á merced de nuestros enemigos. Nadie hubo que nos tendiese una mano piadosa; solos, escarnecidos, despreciados, pagamos lo que debíamos á nuestra incuria, á nuestra indiferencia y el único pueblo colonizador perdió sus colonias y, entre el asombro de los menos, los más ni hablaron de nuestra gran desdicha, callaron los poetas parque no los había, y los sabios porque no los teníamos, y aPrendirse en Santiago de Cuba, la tropa besaba 5o s fusiles ungiéndolos con lágrimas; los altos y ios bajos habíamos terminado la historia antigua y comenzábamos esta historia de España que vivimos. ¿Cómo habíamos de quedar en París si nos faltaba el patno. tismo? TO, 5 CENTS. estación de Caces ya anochecido. Es este un tren insólito para ir á tal balneario, pero yo OÍ. aconsejo, si sois observadores, si queréis ver las cosas tai como son, que lleguéis siempre á ios balnearios en Jos trenes insólitos... Ya ha cerrado la noche; el tren acaba de desaparecer á lo lejos, en las tinieblas. La diminuta estación va quedando desierta. Vosotros os ñauaréis un momento perplejos. ¿Qué se hace- -preguntaréis- -para ir ai balneario? -Para ir al balneario- -os contestarán- -se ha de atravesar un río y se ha de caminar un rato por el campo. Pues haremos todo lo que haya que hacer pensáis vosotros llenos d resolución épica. Y contratáis á w mocito para que lleve vuestra maleta. Después, atravesáis la vía y chais á andar por en medio de un bosque. La noche está obscurísima; sentís que Ja tierra desciende en una rápida pendiente; grandes peñascos, que vosotros- no veis, hacen que tropecéis violentamente de cuando en cuando. Chillan despavoridas, porque resbalan por el despeñadero, unas pobres mujeres que caminan detrás; á lo lejos se oyen gritos plañiderosj Y no es necesario más para que en vuestros nervios entre una sensación de melodrama y de terror. ¿Vamos á un balneario? ¿Estamos en un tercer acto de una antigua zarzuela de M a r cos Zapata? No lo sabemos; pero es lo cierto que, á poco que nuestros pies se deslicen, caemos rodando por una pendiente formidable. Y como todo tiene fin, llegáis vosotros también á las márgenes anchas del río. Un barquero mitológico espera en un batel. Hacen los remos un ruido lúgubre; chirrían unas cadenas; y en las tinieblas, distinguís la corriente fosca del río que se aleja manso, misterioso, entre inmensas Frondas negruzcas. Luego, ya en tierra, camináis resignados, silenciosos, á través de maizales y maizales. Un alto muro surge de pronto; marcháis al pie de él un breve rato; trepáis luego, agarrándoos con pies y manos, ponina angosta escalerilla formada con pedruscos. Columbráis luces vagas: la esperanza entra en vuestro pecho. jAI fin hemos llegado! Otro instante de marcha. Una larga fila de alegres ventanas iluminadas os devuelve el sosiego. Y entonces entráis por una puertecilla baja; veis un zaguán pequeñito y desierto, dejáis vuestra maleta eiv tierra y despedís al chico. Y aquí comienza la segunda parte de este drama tremendo. Habéis respirado ampliamente, con satisfacción, y os disponéis á buscar un cuarto en el hotel; el conserje os lo va á p r o porcionar seguramente. Pero lo malo es que no aparece el conserje; comenzáis á impacientaros. No viene nadie por el zaguán. Ascendéis por las escaleras; recorréis un largo pasillo ileno de puertas; volvéis á bajar; entráis después en un ancho salón semiobscuro, en que veis bancos y un altar; pasáis á continuación por un cori- edor en que vuestros pasos resuenan so toros... y todo es inútil; la soledad y el süencio os rodean, os aprisionan. Y cuando, tras iodo esto y tras haber vociferado y pal moteado, os sentáis anonadados sobre vuestra maleta, experimentáis la extraña sensación de hallaros en un hotel lleno de gente y, al mismo tiempo, en un islote perdido en el Océano. Pero ya he dicho que todo tiene fin. A! cabo encontráis también vosotros un alma caritativa que os proporciona una habitación en este bal- Jozó ayer España juntamente del es psctáculo más grandioso que pueden presenciar los hombres en el orden físico, de un eclipse de sol y de la noticia más agradable que los mortales pueden recibir, la de que la paz impera en el mundo. La paz concertada en Porstmouth y el eclipse fueron el asunto de todas las conversaciones. La alegría fue general y digna de un pueblo como el nuestro; sólo se esperaba con ansiedad la nueva feliz de que á los ejércitos beligerantes les hubiera sido comunicada ¡a noticia de la paz. Un triste recuerdo, sin embargo, turbó á muchos españoles, y fue la luctuosa remembranza de otro Tratado que se celebró en París, de otra Conferencia en la cual, ciertamente, no tuvo fortuna nuestra íiación. La historia es vieja y triste; pero ¿puede un verdadero amante de España no asociar la noticia déla transacción convenida en Portsmouth y el recuerdo de la paz concertada en la capital de la República vecina? Y sin poderlo remediar, siempre que en tan desabrido asunto se piensa, ¿será posible no preguntarse por qué fuimos tan desgraciados? ¿Quién tuvo la culpa de que los territorios americanos y oceánicos fuesen á parar á quienes nunca hicieron nada por el bien universal, aunque sí lucharan con eficacia por el propio? ¿Fueron culpables de ello los plenipotenciarios españoles? ¿Tuvieron la culpi nuestro Ejército heroico, ó nuestra Marina que se ofreció á España en el akar del sacrificio cruento é inútil? No. Dígase alta y reciamente: fue culpa, no de todos, pero sí de la inmensa mayoría de Jos españoles. Nos falta patriotismo, porque éste no es algo ocasional, no se demuestra solamente en la guerra, es también una virtud soberana, y se ejercita ó debe practicarse con eficaz constancia. Con razón tendríamos por demente al que tratara de persuadirnos de que sentía amor por lo mismo que difamara. El vicio españo! de hablar en tono despectivo de la Patria, es antiguo y censurable. N o han faltado nunca improvisadores de discursos sin miga y de libros sin sindéresis, desde el tristemente célebre Fray Bartolomé de las Casas hasta nuestros días, que han dsíamado á esta redentora Patria nuestra, que plantó en América y en Oceansa un vivero de pueblos para el porvenir. Nos falta patriotismo; porque si hoy Rusia, en la situación aflictiva en que se encuentra, en revo ución sus provincias, las ciudades y Sos campos manchados de sangre, en rebelión sus buques y sus ciudadanos bajo d peso de una autocracia, T n G D O E S UNO ¿Por qué queréis que Y LO M I S M O vaya con vosotros á este balneario? Los balnearios son una cosa triste: comienzo á comprenderlo. Jd vosotros, si os place, sin mi compañía. Pero yo os diré, punto por punto, lo que allí ha de ocurriros. Caldas está sobre! a Jínea de Oviedo á San Esteban de Pravra. Sí salís de San Esteban, como yo, á la caída de la tarde, llegaréis á la