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A B C. MIÉRCOLES 3o DRAGOSTO DE i 9 o5. PAG. 5 LA ARENA He querido ir á visitar á nuestro poeta: á Rubén Darío. Rubén veranea en La Arena. Para ir desde Oviedo á La Arena, salí cuando la tarde comienza á declinar. EJ tren, de pronto, se cuela vertiginoso en un túnel; Juego aparece un valle ancha, verde, sombreado por pomaradas y castañares; surten de las caserías lejanas hilitios de humo tenue, azul; el cielo está radiante, y los últimos rayos dorados del sol se filtran entre los árboles que dentellean las colinas y casa suaves sobre el ancho cristal de un río... Y de minat en minuto cambian la coloración del paisaje, el contraste de luz y de sombra, la diafanidad del ambiente. Un crepúsculo en Levante es un crepúsculo largo, inextinguible, melancólico; durante el día, de la mañana hasta la noche, un resplandor vivísimo de luz vibra sobre e! carapo; en todos los momentos, constantemente, las sombras violentas, las rígidas líneas te las cosas, los perfiles lurainosos de los árboles y de las montañas, viven con idéntica intensidad. Cuando la noche se apropíncua, esta luminaria ardorosa va lentamente amortiguándose, con decrecimiento imperceptible, en tma gioria de oro, de nácar, de violeta y de carmín, hasta morir en una foscura pálida, suave, que avanza del Oriente y que al fin acaba por envolver la silueta luminosa de las montañas tras las cuales el sol se ha puesto. En Asturias no existen estos crepúsculos abrumadores. Ya la noche se acerca; el tren corre bordeando las aguas negras del Nalón; á ratos cruza con estrépito sobre un puente metálico; se divisan á lo lejos las luces de un poblado. Han pasado ante nuestra vista Caces, Vega, Grado, San Román; atrás, entre el boscaje, han quedado también los resplandores rojos de Trubia. Cuando llegaraos á San Esteban de Pravia, ha cerrado por completo la noche; el viento trae en sus ráfagas olores de mar; se ye el formidable y sordo rumor de las olas. Aquí termina nuestro viaj: El Nalón, que hemes venido bordeando, desemboca en esta parte de la costa; al dar con sus aguas en el mar, el rí se espacia, se dilata, forma una ancha bahía de superficie tersa y tranquila. San Esteban de Pravia- -un pueblccillo de quince ó veinte casas- -se asienta en una banda; La Arena- -otr poblado de otras tantas viviendas- -se yergue en la otra parte. Y en este lado hay uaa lengua de tierra que avanza mar adentro, sobre las olas; ana casa se levanta en este promontorio; y en esta casa veranea el poeta. Pero nosotros apenas, esta noche, nos damos cuenta ds nada de esto. La bahía está en profundas tinieblas; sobre las aguas negras, muertas, rizlan misteriosas unas luces allá en la oriSla remota; un estrépito vago, manso, viene del rasar. Y nuestra barca va marchando lenta, elástica, hacia la inmensidad. Y en la negrura, ai chocar de ios remos, salta un reguero maravilloso de chispas fosforescentes, lívidrs, que brillan y desaparecen en un segundo. La casa del poeta es chiquita. Son las diez: Rubén está ya acostado cuando llegamos. Esperamos un raoaaento; una puertecilia rechina, y el poeta está ya ante nosotros con su sonrisa suave y sus ojos siempre entornados. Una lámpsra arroja sus resplandores sobre unos libros nuevos, intonsos: De Profanáis, de Wilde, Pages cboisies, de Gobineau. En el fondo, por el ancho eserre de cristales, junto al cual trabaja el poeta, se divisa la noche. -El mar- -dice Rubén- -llega algunas veces, cuando hay tormenta, hasta lamer los muros de esta casa. Las barcas de los pescadores saltan entonces entre olas inmensas, luchando por entrar, en tanto que aquí, en la orilla, las mujeres gritan y rezan angustiadas... Yh afeade. POETA E EL LA N O C HN E -Pero yo no puedo mirar esto... Una vaga sensación de espanto corre por los nervios del poeta al pensar en este espectáculo. Su sensibilidad vibra ante la Muerte. Rubén ya no es el mismo artista de antes. Diríase que desde su penúltimo libro- -Prosas profanas- -hasta el último- -Cantos de amor y de esperanza- -se ha transmontado en otro hombre. Antes Rubén era un poeta de elegancias, de ingenio y de mundanidad; los temas de Grecia y de Versalles cautivaban su pluma; la forma harmoniosa, el movimiento retórico, un gesto de gracia, un desdén elegante era lo que encontrábamos en sus versos. Pero los años han ido transcurriendo inexorables; los entusiasmos y las ilusiones de la juventud han desaparecido. El poeta se ha reconcentrado en sí mismo y ha pensado en la vanidad de las cosas. Ha visto que la Carne y la Primavera acaban ha sentido que es angustioso el pesar que experimentamos de no haber alcanzado nuestra dicha en algunos instantes de la vida en que estuvimos abocados á ella, pero que es más angustioso todavía la amargura que el deseo satisfecho- -que no volverá á ser deseo en las mismas circunstancias únicas y primarias- -deja en nosotros; ha percibido, en fin, que iodo camina hacia lo desconocido, que el destino es ciego, que la evolución no tiene taás plan ni más finalidad que ella raisraa... Y todo esto ha sido en él- -son sus palabras- -como un terremoto mental Y todo esto es un temperamento sensitivo, eminentemente lírico, es la duda, la tristeza y la noche. ¿Recordáis la inquietud que se apoderó de Nietzschc cuaado descubrió la vuelta eterna? Y no saber á donde vamos, JV de donde sznimos... dice Rubén lleno de amargura en los dos últimos versos de su libro postrero. Este libro se titula Cantos de esperanza: es este título una ilusión con que ha querido engañarse el poeta. Respetémosla. Su espíritu, sin querer, marcha por la senda de Lcopardi y de Shelley. El mar envía, fuera, entre las tinieblas, sus olas que rompen con estrépito sobre las rocas. Ei poeta calla y nos sonríe con su amable sonrisa. El soplo cuya fuerza yo he invocado en tai canto, desciende sobre mí- -decía el autor de Epipsyclsidion; -la barca densi espíritu es arrastrada lejos de la costa, lejos de la multitud temblorosa, cuyas velas no han sido nunca el juguete de la tempestad. ¡La sierra maciza y los cielos sféricos se hienden! Yo soy llevado lejos en las tinieblas y el espantol AZORJN I a paz entre los rusos y Jos japoneses está concertada desde ayer. La fecha del 29 de Agosto será conmemorada por la humanidad durante mucho tiempo. El mundo entero se preocupaba de lo que estos últimos días acaecía en Porstmouth. Esperábase de un momento á otro la solución; corrían, y bueno es decirlo, corrientes más pesimistas que optimistas; la tenaz y absoluta resistencia de Wírte á ceder parte alguna del territorio y á pagar indemnización de guerra, era por todos acogida como una obstinación completamente absurda y falta de razón. Las peticiones de los plenipotenciarios japoneses, decían los que- por sus cargos se hallaban mejor enterados de lo que definitivamente pudiera ocurrir, podrán sufrir modificaciones, pero la indemnización de guerra no bajará de 2.000 millones de francos. Se enumeraban precedentes. Hablábase de la indemnización exigida á Francia por Alemania, de la impuesta á China por el japón, de ia indemnización que á los alemanes pagaron los austríacos y de la que los turcos abonaron á los rusos. Creíase que, además de la indemnización, Rusia cedería una parte de sus dominios continentales ó insulares en Asia. Justo es confesar que la situación de Witte desde el primer momento de la conferencia, no era ni podía ser sólida para hacer fuerza, para conseguir algo verdaderamente eficaz. La opinión más generalizada fue siempre la de que los delegados rusos salvarían el honor de Rusia, pero á fuerza de transacciones onerosas. La guerra, que continuaba en el Extre mo Oriente, no favorecía tampoco la gestión ds Witte y de sus compañeros. Este mismo, quejándose de la fría tenaeidad de los japoneses, dijo en más de una ocasión que Komura proponía sus condiciones y luego, envolviéndose en una absoluta pasividad, escuchaba indiferente cuantos argumentos de concierto le hicieran sin ceder nunca en lo substancial, sino más bien en lo puramente adjetivo. Ahora, á posferiori, se advierte con toda claridad la política habilísima desplegada por los diplomáticos de ambas naciones; no se han descuidado los unos ni los otros. Si por la situación del ejército y de la nación rusa la paz concertada es un gran triunfo de Witte; si no tiene Rusia que pagar al japón suma cuantiosa por los gastos que la guerra ha ocasionado á este Imperio, en cambio, ka cedido Witte en cláusulas si no de tan sonada apariencia como la de indemKización, no menos favorables para los jspojieses. Tales son la preponderancia sobre Corea, el reconocimiento de la integridad de China y del régimen de la puerta abierta, convenientísimo para los nipones; el dominio sobre Puerto Arturo, Dalny y las islas conquistadas, la cesión á China del ferrocarril de Puerto Arturo á Karbin, el derecho de pesca en Siberia, el pago de los gastos causados por los prisioneros rusos, Ja conservación de la mitad de la isla Shakalin. No es posible todavía, hasta que se hagan públicas discusiones sobre las cua k. s hoy se guarda absoluto secreto, pronunciar el fallo definitivo acerca de cuáles plenipotenciarios desplegaron más astueía y esgrimieron mejor las artes finas de su delicado cometido; pero tanto losunos como los otros merecen ser honrados por la humanidad, porque la efusión de sangre, la lucha armada concluyóse por fortuna, y la paz del mundo es un hecho. El presidente Roosevelt merece tambjén, quizá como nadie, el tributo de admiración que Jos hombres civilizados han de rendir á los pacificadores de buena fe; el holocausto que las gentes tributaron siempre á los que en servicio de la paz universal trabajan sin miras ulteriores, sin malsanas codicias. Esta paz, gloriosa para los dos pueblos beligerantes, no puede menos de traer á