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SIANO TRE 1. NlíMERO 2 3! CRÓNICA UNJ YERSAL 1! AISTIUDA. predicciones. Habrá leyes; las hay tan seguras como las de los eclipses, pero la razón humana es muy débil para abarcarlas todas y para reducirlas á números. El eclipse solar causa sorpresa: es evidente. El so! siempre rojizo, empieza á obscurecerse, lina mancha negra va invadiendo su disco luminoso, y sin embargo, no se ve la causa de ¡a amenazadora mancha. Algunas veces, en los eclipses totales la mancha negra invade iodo el disco solar, y en el momento en que desaparece el último punto de luz, brota alrededor de! negro círculo una hermosísima aureola luminosa, y parece que el sol, por arte de magia, se ha transformado en un nuevo astro jamás visto en el cielo. Es como una estrella enorme con el centro negro y una aureola de rayos todo alrededor. Entre un eclipse parcial, por grande que sea la extensión de la mancha obscura, y un eclipse total, la diferencia es enorme. Nadie, por haber visto el primero, puede formarse idea de lo que es el segundo. La impresión estética es diversa en un todo para ambos casos, porque la aureola no aparece sino en el momento del eclipse total, y enorme corona luminosa rodeando el círculo negro es ¡a que da grandiosidad al fenómeno. Pero dejando iodo esto aparte, porque sobre esto se ha escrito mucho y hay muchas descripciones- -que á decsr verdad todas ellas son insuficientes para despertar la emoción que aquel nuevo astro de entrañas sombrías y corona refulgente produce, -vengamos al fenómeno en sí mismo como fenómeno geométrico, pues no es otra cosa ni tiene nada de maravilloso, como no es maravilla que pueda preverse y que de antemano pueda calcularse. Lo hemos dicho; es un fenómeno sencillísimo: la luna, pasando entre la tierra y el sol, oculta e ¡astro de fuego: es una pantalla que pasa por delante de una luz. Y por eso ei momento dei eclipse, su duración, el punto de sol en que aparece la sombra, el punto del sol por donde sale, la extensión del disco soiar que oculta, ia sombra que ia pantalla lunar arroja sobre la tierra, su marcha por encima de los mares y de ios continentes, la extensión de la penumbra, todo esto y mucho más, no es en c! fondo más que un probfema de geometría que se sujeta al cálculo con extraordinaria exactitud. Son cuerpos que se mueven, según leyes constantes; pues en cada momento, y partiendo de la constancia y del conocimiento de estas leyes, pueden calcularse las posiciones relativas que en e ¡espacio ocuparán el sol, la luna y la t erra. Es decir, el foco de luz, 3 a pantalla lunar y el globo terráqueo, sobre el cual caen el cono de sombra y el cono de penumbra, que vienen barriendo, por decirlo así, la superficie de nuestro planeta. Presentemos un ejemplo para que se coraprenda mejor la explicación que vamos á dar. Imaginemos ¡a esfera de un reloj. El minutero está en las doce, el horario está en la una: ambos avanzar. Pues es evidente que antes de Sas dos el minutero habrá pasado sobre el horario. Si el horario fuera luminoso, y el minutero fuera opaco y de mayores anchuras (en este caso) que el horario, cuando se encontrasen, el minutero eclipsaría al horario, su luz no lie- garía á nosotros. ¿Y se puede calcular con toda exactitud el momento de este ecÜDse? ¡Quien lo duda! Es SMAEmr pg AGOSTO DE 3905, NÚMERO SUELTO, 5 CENTS. un problema elemental de álgebra, ó si se quiere, un problema de aritmética. Y se puede resolver, porque se conocen ma 1 eméticamente los movimientos de! minutero y de! horario; porque es matemática la ley; y ¡jorque aun no sabiendo matemáticas y aun sin saber resolver ecuaciones de primer grado, puede encontrarse el momento de la conjunción de ambas manecillas con toda ¡a aproximación que se apetezca. Pues en el fondo no es otra cosa un eclipse, ni se calcula de otro modo. El horario luminoso es el sol; el minutero opaco es ¡a luna; el observador es siempre el hombre: el momento de ia conjunción es el elipse. ¡Claro que el problema será más complicado mirando á ios cielos que contemplando la esfera de un reloj; porque además, en la esfera celeste el horario y el minutero no marchan exactamente en e! mismo plano ni llegan casi á tocarse! ¡El re oj de los espacios celestes es mucho más grandioso que todo reloj humano! Pero sí el problema geométrico es más complicado y más difícil, en el fondo eterno de las cosas ambos problemas son de la misma familia. Y se pueden calcular los eclipses; porque trabajando los astrónomos siglos y siglos, han determinado las leyes del movimiento de los astros, y por ¡o tanto la ley del movimiento relativo de! sol, de la luna y de la tierra. Si no, no habría previsión posible. 1 eclipse sería grandioso, sublime, estético, todo lo que se quisiera; pero sería inesperado, porque su período es muy grande; no es como el de nuestro ejemplo, en que la conjunción del horario y el minutero se repite á todas las horas. Pongamos otro ejemplo todavía. En una llanura, y á cierta distancia una de otra, se extienden dos líneas férreas. En ia misma llanura, y á lo lejos, hay una cesa, y en la casa un observador. Todos los días cruzan dos trenes, y hay un instante en que el observador ve al más próximo cubrir al más lejano. ¿Podrá calcularse con toda precisión el momento de la conjunción? Si los trenes marchan de una manera irregular, la previsión será imposible. Pero si es regular la marcha, la previsión será muy fácil. De dos maneras: ó por la observación, calculando el período, para lo cual será preciso una serie de observaciones hasta que se determine, por ejemplo, que entre una y otra conjunción median veinticuatro horas exactas. O bien por el cálculo, como en el ejemplo del reloj, sabiendo que uno de los trenes sale de tal estación á tal hora y que marcha con tal velocidad, y teniendo los mismos datos para el segundo tren. Y compliquemos más el problema. Supongamos que las dos vías no están inmóviles, sino que suben y bajan por un movimiento de biscula y con una amplitud de ices ó cuatro metros en su movimiento de ascensión y de descenso, pero todavía obedeciendo á una ley fija en esta especie de palpitación ascendente y descendente. Ya el cálculo será más difícil, porque podrá suceder que cuando los dos trenes están á la par, Ja vía del más próximo esté muy baja y ía vía de! más lejano esté muy alta, en cuyo caso el tren próximo no ocultará al leiano. Si éste, 1 os fenómenos de la Naturaleza son de dos ciases distintas. Los unos son comunes, frecuentes; pudiéramos decir oue vulgares. Y éstos, por admirab! es que sean, no nos causan sorpresa. E! Sol sale todos los días por Oriente, y todos los o íss se hunde en Occidente; y la costumbre y! a repetición y la experiencia tradicional de siglos y siglos nos hace creer en ia constancia de la ley De tal suerte que, aunque el cielo esté cubierto de nubes y no veamos el disco rojizo del astro, tenernos el firme convencimiento de que ailá, en el alto cielo, va marchando como siempre. No se ve, pero sobre el horizonte está; un velo de densos vapores ncs! o oculta, pero él no falta. Si el Sol faltase en su carrera, sería para nosotros como el desqu. ciamiento del universo, y aun el desquiciamiento de nuestra propia razón. Creemos firmemente, con una fe que pudiéramos llamar experimental, pero que se ha apoderado de nuestro cerebro, en ia constancía, en la fijeza, en ia suprema regularidad de ciertas leyes dei Universo. Hay otros fenómenos que no son tan regulares, al menos para nosotros, y que, sin embargo, no nos causan asombro, porque se repiten una y cien veces, no con perfecta regularidad, pero cor ¡cierta constancia en determinadas estaciones ó en deíermín? das circunstancias: por ejemplo, una tempestad, el resplandor de un relámpago, la línea angulosa del rayo, la sublime curva del arco iris. En todos estos fenómenos y en otros mil que pudiéramos citar, conozcamos ó no conozcamos las causas que los producen, no experimentamos ni sorpresa ni asombro. La costumbre ha embotado del todo ó en gran parte nuestra sensibilidad. Pero, en cambio, hay fenómenos, acaso menos grandiosos que ios primeros, que aparecen más de farde en tarde, que a ¡sabio no le sorprenden, pero que sorprenden á la mayoría de las gentes. Y esto es lo que sucede con los eclipses en genera! y sobre todo con los eclipses de sol. El primer grupo de fenómenos, os de periodicidad diariamente repetida ó los de gran frecuencia, se nos antoja que son fenómenos naturales. Los c! e! segando grupo, con ser tan naturales como los primeros, se nos antoja que no 5o son. A un salvaje no le causa extrañeza que el sol salga y se ponga ó que se oculte tras una nube; pero le causa asombro y hasta terror un eclipse solar. Y, sin embargo, el eclipse solar es un fenómeno que obedece á leyes matemáticas, y á leyes matemáticas perfectamente conocidas; y así se prevén y se estudian estos fenómenos, y se calculan y se miden todas sus circunstancias por fórmulas relativamente sencillas. Más comoücado es el fenómeno que nos presenta un celaje en Occidente. ¿Qué matemático puede calcular las formas del cehjc, sus colores, Jos rayos de sol que le cruzan, sus admirables matices, sas accidentes variadísimos y al parecer caprichosos? AQUÍ SÍ que no hay fórmulas, ni cálculos, ni