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1 EAÑOTRES. NUMERO 22 Ó. CRÓ NICA UNIVERSAL ILUSTRADA. ¿Cree usted? -replico yo un poco ignorante de estas cosas. -Sí, sí- -replica Ramón entusiasmado: -Ricardo tiene una elegancia sobria, temeraria, rígida, rectilínea que no posee hoy nadie. ¡Estamos enteramente de acuerdo! -se oye gritar de pronto al orador. Ramón y yo volvemos la cabeza. ¿En qué están ustedes conformes, querido Melquíades? -pregunto yo. -Decía Ricardo- -contesta el orador con su voz fina, ¡impía, fluida; -decía Ricardo que en España e! último gran torero que ha habido ha sido Guerrtta. ¡Ah, si, sí, conformes! -exclamo yo también bajando la cabeza, profundamente convencido, ante Ricardo. -Sin embargo... -añade Ramón dudando. ¿No ie párete á usted? -pregunta Melquíades. Hay un momento de ansiedad. -Distingamos- -replica Ramón; -es el último gran toiero; es decir, era un gran torero... Pero, ¿es que se han acabado los grandes toreros? Todos protestamos. ¡No, no! ¡Cá! ¡Qué atrocidad! ¿Quién piensa ta! cosa? -digo yo, más escandalizado que todos, mirando á Ricardo. Ricardo sonríe. -Lo que hay- -dice Ricardo- -es que los aficionados no saben por dónde se andan. -No hay revisteros- -afirma Ramón. ¿Cree usted que no hay revisteros? -le pregunto yo á Ramón. -No, no hay revisteros- -torna á afirmar rotundamente Ramón. ¡Hombrel- -digo yo un tanto perplejo. -Yo creía que hoy se entendía más que antes. -Sí, sí- -dice Ricardo- -hoy se exige más de los instadores. -Perfectamente- -digo yo satisfecho de haber ¡legado á este prudente sincretismo de opiniones contrarias. -A mi parecer- -añade el orador levantando en el aire la diestra mano; -á mi parecer hoy se exige mucho más que hace años. ¡No hay sino leer ias revistas. -exclama Ramón. Yo le miro un poco confuso ¿Usted lee las revistas, querido Ramón? ¡Ah, sí, sí, las leo todas! -contesta ¿1. -Y ¿á que no sabe usted quién) as lee también? Hay otro momento de expectación; todos miramos ansiosos al poeta. -Las lee Azcárate- -dice a! fin Ramón; -él mismo lo ha confesado. ¡Caramba! -grito yo. -Melquíades- -añado dirigiéndome a! orador- ¿qué opina usted? Usted conoce á Azcárate, ¿es verdad que le gusta leer las revistas de toros? ¿Lo duda usted, Azorín? -me pregunta levemente contrariado Ramón. ¡No, no, de ningún modo! -replico yo. -Basta que usted lo haya afirmado. -Créalo usted- -agrega Ricardo; -puede darse el caso de que ese señor lea las revistas de toros. ¿Usted le conoce, Ricardo? -No- -contesta Ricardo un tanto mohíno, como si realmente sintiera no conocer á Azcárate. Y después añade: -Pero ¿tendría algo de extraño que las leyera? -jAh, no, desde luego! -digo yo arrepen- j ¿MADRID, 24 DE AGOSTO DE NUMERO TO, 5 CENTS. tido profundamente ya de haber ocasionado este incidente. -Yo no sólo leo las revistas del día- -añade Ramón- -sino que me he entretenido á veces en leer las antiguas. -Muy bien, querido Ramón, muy bien- -añado yo efusiva y apresuradamente para hacer olvidar mis anteriores indiscreciones. ¿Lee usted las revistas antiguas? -pregunta el orador. -Las suelo leer- -contesta Ramón -para comparar lo que se hacía antes y lo que se ha ce ahora. ¿Y habrá usted visto- -pregunta Ricardo- -que antes apenas si se calificaban las estocadas? ¡Oh, nada... casi nada! -replica Ramón. -Entonces, ¿antes sabían menos que ahora? -pregunto yo, sumido en las mismas perplejidades del principio. ¡Mucho menos! -afirma Ricardo. ¿Usted lo cree, Melquíades? -Sí, señor, sí- -dice Melquíades con una leve mueca que pretende ser grave. Y todos asentimos. La dorada sidra asturiana brilla en las copas Ensalcemos la bagatela. La vida es brevedad y dolor. Olvidémonos de nosotros mismos: riamos. ¡Mortales: yo he canonizado la risa! -gritaba el maestro Nietzsche. AZORÍN JQO 5. SUEL- queridos colegas, mas bie: n por alardear de ingenio y agudeza que por otra razón, proponen y discuten la divertida hipótesis de que el Gobierno saliese derrotado en ias elecciones! próximas. Como tema para una discusión de tiempo de los Paleólogos en la hora de possiesta, no nos parece mal ia tal hipótesis, ó mejor dicho, el tal ensueño. ¿Cuándo ni cómo ha sido posible siquiera imaginar que en España saliese de las urnas derrotado el Gobierno? Con razón se dice que e ¡Sr. Maura introdujo un progreso en nuestras costumbres electorales. Merced á él pudo comprobarse que toda España era maurista hace dos años, como dentro de pocos días se demostrará que la Península entera (salvo Portugal) arde en amores entusiásticos por el partido gobernante. España es ministerial de todos los partidos y aun lo sería de todos los sistemas, si hubiera iugar á ello. Y no por escepticismo, puesto que no se ha visto jamás que una masa de analfabetos sea escéptica, ni tampoco por absoluta incapacidad, porque de fijo que todos los españoles nos hallamos tan capacitados como los que aplauden á D Nicolás Salmerón. Pero de puro capacitados, no nos tomamos ¡a molestia de conseguir un triunfo contra ñinga Gobierno en las elecciones. ¿Para qué? La poética incertidumbre en que el cuerpo electoraj suele peimanecer es una prueba de su buen gubto y de la superioridad de su criterio. Ya vendrán las derrotas de los Gobiernos en los Cuerpos colegishdores, y sazonadas con incidentes graciosos y apacibles. Derrotar á los Gobiernos en los comicios sería una pobre y menuda originalidad. Es mucho más atractivo no derrotarlos; seguir el sistema de Olivares con Quevedo: no condenarlos á muerte, sino á aue se mueran ENE CIRCULAR IMPORTANTE i a circular del ministro de Agricultura á los gobernadores, dice, en resumen, lo siguiente: Los colonos, aparceros, arrendatarios y propietarios de pequeñas suertes, sufren también los daños que la sequía causa: han perdido las cosechas, han malvendido sus aperos de labranza y sus ganados. Si pronto no se acude en auxilio de estos in- felices campesinos, su ruina es segura é inmediata: no podrán hacer la sementera, ni resistirán la crudeza de) invierno. Hállanse las Cortes cerradas, están sin votar las leyes de Sindicatos agrícolas, la iniciativa particular no es suficiente para remediar tanta desdicha. Sin embargo, el Gobierno no p ede permanecer indiferente ante ese infortunio, y mientras las Cortes no legislen y se fomente el crédito agrícola, entiende el ministro que los labradores de Andalucía deben organizar Sociedades mutuas agrícolas que puedan, por medio del crédito público, arbitrarse cantidades para allegar símientes, adquirir abonos, reponer yuntas y recobrar los aperos necesarios para hacer la sementera. Pueden tomar ejemplo, los que en tan angustiosa situación se encuentren, de lo hecho en, Villamanrique, donde los labradores han constituido por escritura pública una Asociación de responsabilidad mutua y han acudido al Banco de España, cuya sucursal en Sevilla ha acreditado en cuenta corriente á los asociados, después de repartírsela según el convenio, cantidad bastante para poner en marcha sus labores agrícolas, con cuyos productos principian á reembolsar el anticipo, El Banco, pues, ha abierto sus cuentas corrientes á estos primeros ensayos de mutualidad agrícola, y los labradores de comarcas afligidas por la sequía tienen un recurso á que OYIjEDQ UN A G P E H E T E R O G É N E O ETstamos n torno de ia mesa un orador, un torero, un poeta y un filósofo. Todos somos notables. ¿Qué le parece á ijsted esto, Azoro n? -dice Melquíades. ¡Ah, estupendo! -contesto yo lleno de yna satisfacción íntiraa. ¿Y á usted, Ricaráo: le gusta este plato? J- -Mucho, ranche- -dice Ricardo; -es muy sabroso. -Ricardo- -cachichas i mí oído Ramón- -5 hoy d primer todero de España,