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E n el mar nada conozco superior á un navio bien aparejado, con las velas desplegadas y la proa envuelta en blancas espumas. P e r o cuando estoy en tierra me agrada contemplar un hermoso palacio. M e gustan las lindas jóvenes ataviadas con elegancia, el cielo mirándose en el mar, las selvas que reposan en el misterio de la noche, y me agradan las nubes negruzcas donde rugen las tempestades. N o sé ni me importa saber si el hombre fué creado para viajar ó para permanecer en donde nace. Ni me paré nunca á considerar quién puede ser más feliz, el pez, el pájaro ó la piedra, el ser humano ó el b r u t o Yo me aclimato en todas partes, estoy alegre en cualquier siíío, y en dondequiera arraigo y florezco mientras otro viento no me empuja y me lleva; como las algas que se pegaron á nuestro barco en Asia y que germinaron en América, soy y o Un barco me trae, otro me lleva; á mí nada me importa, y todo me interesa y me agrada. ¿Y no siente usted nostalgia por algtin lugar del mundo? -p r e g u n t ó la joven llena de ansiedad. -P o r ninguno, miss Jenny... es decir, mi alma aletea siemp r e junto al lugar en que dejo á mi madre. ¿Y nada más? ¿Ningún otro sitio recuerda usted con delicia, Edmundo? -N i n g u n o Yo amo á pocas personas; no he conocido nunca ningún hombre á quien considere digno de ser mi amigo. D e s conozco, pues, ese sentimiento de la amistad que á muchos c o razones satisface. Si alguna simpatía engendré, duró bien poco; 111 El Ytik e- et- Variko navegaba hacia dos meses con tiempo o o nancible, E d m u n d o ocupado en desempeñar las funciones de su cargo, olvidábase de todo y no pensaba más que en ser útil al capitán de su navio. El entusiasmo del marino p o r su oficio era cada vez mayor. James Lockrist no acertaba á comprender la extraña conducta de E d m u n d o para con Jenny, y ésta, afligidísima p o r la frialdad de su primo, no sabía qué partido tomar. La joven sentía aumentar su cariño, su amor inmenso hacia E d m u n d o La figura varonil del marino, su valor rayano en la temeridad, su franqueza atractiva, el respeto con que el joven la trataba, eran otros tantos motivos de seducción para Jenny. La hermosa joven ponía en juego cuantos recursos le sugería su pasión y su deseo para fijar en ella el amor de su primo, para darle á entender cuantos tesoros de ternura le reservaba su corazón enamorado: todo inútil: E d m u n d o no se daba cuenta del cariño de Jenny ó no quería comprenderlo. Como si constantemente recordara la mutua promesa que se nabían hecho él y la joven de no quererse jamás sino como hermanos; cual si deseara mantener con todo rigor la promesa que á la joven había hecho de amarla sólo como á una madre, E d mundo, que era ordinariamente franco y afectuoso con la hija del nabab, volvíase escéptico, burlón y hasta huraño tan p r o n t o como ella deslizaba en la conversación una frase de- amor que no fuese fraternal. Esta resistencia pasiva del joven; este desdén, real ó fingido, redobló el interés y la curiosidad de Jenny, encendió su afecto y poderóse, en fin, p o r completo de su alma, sumiéndola en una profunda tristeza. La vida de Jenny era de sufrimiento y de ansiedad; veía en el marino todos los ideales realizados; para ella habíanse condensado y resumido en E d m u n d o sus ilusiones de niña, las cualidades todas que pueden hacer á un hombre digno d e ser amado.