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A B C. MARTES 22 DE AGOSTO DE i 9 o5. PAG. que se la crea una pródiga, incapaz de administrar sus bienes, velar por sus hijos menores y disponer del fruto de su trabajo. El marido suele á veces no ser modelo de moralidad, y la ley le autoriza para que dilapide el fruto del penoso trabajo de su pobre mujer. hacer buen uso de sus derechos sin querer abandonar sus deberes primordiales en el hogar y la familia, y trabajando, cuando le sea necesario, sin dejar de ser femenina. Pero es un principio de justicia el que reclama la igualdad de los dos sexos ante las leyes, y por eso sigo con interés la T r. NüR FRANC CO TAMAG. NEN LA Ó P E R A O T E L L O DE VERD 1 sus leyes parece decir: La mujer es un ser inferior al hombre; entre ellos la vida común es imposible si la mujer no está subordinada. Se puede hacer trabajar á la esposa como á un animal doméstico sin contraer más obligación que la de albergarla y mantenerla; pero el producto de su trabajo pertenece al jefe de la comunidad: al marido. Por esto, los códigos, al fijar los deberes de ambos cónyuges, hablan de la obediencia de la mujer ó bien de la protección; y el Código nos protege del mismo modo que los ingleses protegen á Egipto. Quien dice protección, dice al mismo tiempo limitación de la libertad, abdicación de algunos derechos en provecho del protector. Dos asociados con los mismos deberes y derechos, no son ni protegido ni protector; son completamente iguales. Además es deprimente para la esposa PS 1 QUJS Y EL AMOR, CÉLEBRE CUADRO DEL PINTOR BOUGUEREAU, FALLECIDO EL SÁBADO ÚLTIMO EL PINTOR FRANCÉS ADOLFO W. BOUGUEREAU MUERTO EN LA ROCHELLE EL SÁBADO ÚLTIMO Pero cuando se habla de dar á la esposa los mismos derechos que al esposo, el espanto que esto produce es tal, que se creería estar proponiendo á los plantadores la libertad de los negros. Yo no soy seminarista y odio ese funesto delirio que ha venido á dificultar más la marcha de la mujer que necesita trabajar. Creo que ia mujer culta sabrá reforma del Código de Francia y la suerte que corre en su Parlamento la propuesta de Mr. Georges Grosjean para que se proteja el salario de la mujer casada. Aquí no nos ocupamos aún de eso, y sigue para nosotras la condición de inferioridad que nos asignan las hojas amarillentas de un Código arcaico. CARMEN. DE BURGOS SEGUÍ