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FS. NUMERO 223. CRÓNICA UNJVER SAL ILUSTRADA. que en el momento del peligro ese ejército encuentre cuantos hombres pueda dar el servicio obligatorio; el problema eS que esos hombres estén ya instruidos, bien para soldados, bien para oficiales, é instruidos voluntariamente, para Jo cual no hay más camino que ganar la opinión á favor de una instrucción militar seria, y por lo tanto cara, que coja al ciudadano inglés desde la escuela primaria hasta la Universidad. Para mover la opinión en este sentido se ha lanzado á una activa propaganda nada menos que el más glorioso de los capitanes generales ingleses: Lord Roberts, el héroe de la India y de África; el que con sus compatriotas Woíseley y Kitchener, con Oyama y sus segundos en la Manchuria, y, á mi juicio, con el ruso Kuropatkm, completa ¡a docena escasa de caudillos probados como buenos, con que cuenta la época presente en toda la redondez de la tierra. Lord ha daJo ya varias conferencias y piensa dar mochas más, no sólo en Círculos militares, sino en Cámaras de Comercio, en salones de actos municipales, ateneos, etc. y en todas ellas se propone ganar Ja campaña de opinión á favor de la instrucción militar seria y eficaz en Jos establecimientos d ¿enseñanza. Así, con la deliberación competente por parte de corporaciones responsables, con una propaganda tan autorizada por la experiencia, por las victorias, por Ja gerarquía bien ganada, se mueve la opinión. Aquí no tenemos nada de todo esto, y es muy natura que la opinión duerma á pierna suelta y sea fuerza perdida. 21 DE AGOSTO DE i 9 o5. NUMERO SUEL- TO, 5 CENTS. yo por semejante sacrificio. Monarca más orgulloso no hubo en la tierra. Juguetes de mis caprichos fueron la bravura de Ricardo Corazón de León, el Cruzado, la venalidad de Felipe Augusto de Francia y el valor de Arturo, duque de Bretaña, á quien por mis propias manos mandé al otro mundo. Yo no respeté ni la autoridad del cardenal Pandoifo, legado del Papa, á quien traté de cleriguillo intrigante, indigno, ridículo y fútil, ni la angustiosa majestad de aquella reina del deber, Constanza, la madre del bretón Arturo, aquella que decía (Shakespeare lo puso en sus Jabios) Yo enseñaré á mis dolores á ser altivos. ¡Vengan á mí los reyes! Póstrense ante la majestad de mi dolor, tan grande que apenas puede soportarle la tierra firme. Yo y mi doior estamos aquí seníados: éste es mi trono. Decid al Rey que venga á saludarnos... ¡Y yo, que era el Rey, no fui! Y ni lágrimas de madres, ni excomuniones de Papas, ni amenazas de Príncipes pudieron conmigo Y, sin embargo, yo di la Carta Magna á los ingleses: ya lo sabes, en J 2 i 5 JVicolds, temblando. -Y moristeis al siguiente año. Juan Sin Tierra. -Morí yo; pero no murió Inglaterra; antes bien, de aquello que me dio muerte, vive ella próspera, grande, fiel á sí misma, fiel á la Carta que yo di, y me ha perdonado todas mis culpas y mis execrables crímenes por el gran bien que hice á mi pueblo, que era entonces ¡fíjate bien! un pueblo derrotado y un pueblo amagado por la invasión extranjera. Tricólas, gravemente perplejo. -Bien, JENARO ALAS bien, la carta sí, pero ¿y lai Cortes La de muchos P A S O Ó PASILLO HISTÓRICO voluntadsobrelos salud de ignorados decidiendo la la patria... ¿no DE LA CARTA es para echarse á temblar? ha ciudad de Toledo, la ciudad de BurEl zar Nicolás, entre sueños. -jAy de mí! jAy de mi pobre poder autocrático! gos, la ciudad de Toro, la ciudad de Mon ¡Qué dolor tan incomportable y acerbo! zón, la ciudad de Zaragoza y otras muchas ¡Dejarse tronchar brazos y piernas, de- viejas y nobilísimas ciudades de España, jarse cortar ia cabeza, dejarse arrancar el asientos de Cortes desde tiempos inmemoriacorazón! ¡Bueno! ¡Pero cortarse uno les. -Tranquilízale, Zar. Nuestros roídos mismo los miembros vivos con la propia mm aliones, nuestras torres vetustas, nuesespada ya no invicta, hundir la mano en tros derrumbados templos, nuestros palae! pecho y arrancarse ¡o que más fuerte cios hundidos te aseguran con sus voces palpita, lo que más caliente sangra! ¡Y de piedra la gloria y la inmortalidad, si todo ello, sin convicción, sin fe en Ja vir- sabes, como nosotras supimos, forjar en tud de tan cruento sacrificio! ¡Si el Divi- tu castillo interior las libertades de un no Serafín me otorgase el creer en que pueblo. Suenan clarines y cae el telón) ENE mis ignorantes y míseros vasallos van á mejorar porque yo les otorgue una Carta constitucional, porque amengüe ó aniquile mi soberanía compartiéndola con ellos, UNA CIUDAD ESPIRITUAL ó porque Jos deje reunirse y deliberar en uenos días, doña Luisa. Corles, tales dolores como éstos serían- -Buenos días, Azorín. sufrideros y hasta gratos! Pero... uchos años hace que en España los Gobiernos, la Prensa y aun las po cas personas que, sin ser militares, se ocupan algo en asuntos de milicia, parecen inclinados á modificar la actual ley de reclutamiento de! ejército, en el sentido de que todos los mozos que lleguen ÍL la edad del servicio militar sin impedimentos físicos ni legales, corran la misma j suerte y según el número que saquen en el sorteo del cupo anual, entren ó no en filas, sin que esa suerte pueda modificarse mediante rescate ó redención en dinero. Aprobado como una vsl carretera parlamentaria en el Congreso, yace en el Senado un proyecto de ley que se aproxima á ese ideal muy groseramente, como dicen los franceses; pero que nadie se tomó la molestia de sacai- adelante, no por los errores y deficiencias del proyecto, sino porque en realidad nadie, aquí en España, siente entusiasmo ninguno rú por los asuntos militares ni por la equidad social, por más que de vez en cuando ambas cosas figuran en los programas de los partidos ó montones de gente que aspiran á coger eí mango de la sartén. Sobre el servicio militar obligatorio en condiciones iguales para todos ¡os españoles, habría mucho que hablar, y quizá algún día hablaremos en estas columnas de A B C; hoy quiero poner un ejemplo práctico de lo que hay que hacer para calentar la opinión y convertir ese calor en fuerza motriz, que sea capaz de sacar adelante cualquier reforma. F e s d e que la guerra ruso- japonesa ha patentizado Ja capacidad de transporte que una dirección tenaz é inteligente puede conferir á un ferrocarril de muchos miles de kilómetros y de una sola vía, el flamante Consejo de la defensa (cabeza de la Jerarquía militar inglesa) sueña con la posibilidad de verse un día obligado á hacer frente á cientos de miles de rusos en el Noroeste de la India y á otros tantos turco- germanos en las orillas deí cana! de Suez; y sabe que el modesto contingente de 3o.ooo reclutas anuales, que suministra el enganche voluntario, no permite contar para un momento crítico con fuerza adecuada á semejante empresa, y mucho menos reponer bajas en la medida que permiten íos grandes efectivos de reserva de los ejércitos continentales. Pero el Consejo y todos ios políticos ingleses, saben también que sus compatriotas fon bastante cuerdos para no querer que á un inglés se Je pueda imponer el servicio militar, bastante terLar sombra de Juan Sin Tierra, rey de ecos para rechazarlo por todos los medios, la bran Bretaña. ¿Quién habla de conbastante ricos para sostener un ejército voluntario caro, v bastante oatriotas para ceder Caitas y de compartir soberanías? Seiscientos noventa años hace que pasé B Doña Luisa es una señora enlutada, discre ta, de vieja cepa castellana; yo soy un modes ío observador del mundo y de los hombres. La casa en que me hallo es ancha, limpia y silenciosa; un largo pasillo va desde la ouerta