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DE MANGAS J ¿EL NUEVO BREACK DE ESTADO U N C A N D I D A T O POR M A D R I D J 85 ¡QUÉ S A B R O S O O D O R Í F E R O VISTOSO. GUSTOSO Y AGRADABLE AL TACTO VIEN E qGEDEÓN) E L D O M I N G O POR DIEZ CÉNTIMOS! f g 20 BIBLIOTECA DE CÍA B C EDMUNDO 7 -Puesto que estamos de acuerdo, sellemos el pacto, prima; éstas son mis manos. La hija del nabab entregó sus manecitas finas y temblorosas entre las robustas del marino. Este, cada vez más inhábil y desatentado, dijo campechanamente, como si tratara de terminar una enojosa disputa con un camarada: -Bien, bien, pelillos á la mar. Ya que no queramos ser esposos, seamos hermanos; á mí me conviene ser para usted como un hermano. ¡Le conviene! -exclamó Jenny retirando sus manos. -Sí, sí; me conviene mucho- -añadió Edmundo. Y la joven, con Frialdad extraordinaria, dijo: -Bueno, influiré con mi padre y trataré de convencerle de que debe adoptar á usted y partir entre nosotros dos su fortuna. ¿No es esto lo que usted desearía, lo que le conviene? ¡O h por favor, prima, entendámonos! -interrumpió E d mundo, vivamente herido por el tono y las palabras intencionadas de la joven. -Esa generosidad de que usted hace gala y el desprecio con que me trata no es justo. La fraternidad que y o le proponía era puramente afectiva y espiritual; y o no necesito dinero ni fortuna; soy joven, soy robusto, mis necesidades no son muchas y mis ambiciones no consisten en tener unos puñados de oro. El oro no me haría más feliz de lo que soy. S e equivoca usted mucho, Srta. Jenny, si cree que he venido á ésta casa en busca de una limosna; aquí me han traído; y o no he buscado á nadie. Además, mi tío fué quien habló de riquezas, de venturas, de dinero; yo he sufrido con paciencia la exhibición de telas y de joyas, de vestidos y de monedas; á preguntas de su padre de usted acerca de si y o me sentiría satisfecho si poseyese su inmenso capital, he contestado afirmativamente por cortesía, sin pensar nunca en que aquello me lo ofrecieran seriamente. -N o continúe usted, primo; no ha sido mi ánimo ofenderle. -P e r o me ha ofendido usted, Srta. Jenny, y tengo que añadir que y o no sabía que existiera el hermano de mí padre; que á til llecada á Calcuta sororendióme la noticia que recibí deseaba examinar á su sabor, al amparo del incógnito, las cualidades de Edmundo, y enterarse de si el joven (era digno de su amor. Nada sospechó Edmundo; instalóse en la casa de su tío, visitó los arrozales de la finca, las moreras y los cenadores magníficos. Vio también, encerrados en soberbios estantes de olorosas maderas, los pañuelos de riquísima seda, los tejidos inimitables de Cachemira Además, comió con verdadero apetito, bebió en consonancia con el alimento ingerido, fumó durante las tres cuartas partes del día, y en los momentos perdidos tuvo el buen gusto de hacer la corte muy gallardamente á la criada fingida. Jenny no debió enfadarse por este triunfo espontáneo obtenido sobre el corazón de su primo, pero como era joven le pareció que una persona como Edmundo no debía descender á rendir ofrendas de amor ante una pobre muchacha. Jenny se enfadó, se indignó con la audacia de su primo, y descubrióse al temerario, aturdiéndole con el peso de esta revelación: -Sepa usted, señor, que soy su prima legítima, la hija única de su tío James; mi nombre es Jenny Lockrist, caballero. El marino, desconcertado un instante, se repuso pronto, y con ruda expresión, con más cordialidad que galantería, contestó: -E n ese caso, lindísima prima, pido á usted perdón por mis atrevidas palabras; pero debe usted reconocer que yo soy menos culpable que usted imprudente. Y si el fingimiento lo ha empleado usted con el designio de explorar mis pensamientos é indagar mis costumbres, me parece el suyo un juego peligroso. Basta! -interrumpió la joven, herida por el tono y las palabras desabridas del ser á quien tan perfecto había soñado. -Basta, digo; comprendo lo que imaginará usted, pero pronto estará usted desengañado de tales suposiciones. Edmundo respondió: -Q u e no me perdone Dios si alguna de mis ideas lia sido desfavorable para usted. Y Jenny replicó: -Quizá pudieran estar justificadas las suposiciones que usted haya podido imaginar por mi conducta, pero una ligera explicación mía bastará para desvanecer toda mala inteligencia. M i