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A B C VIERNES 18 DE AGOSTO DE 190 S, PAG. 5 verbear del mediodía que abrasa los ojos. A un lado y á otro se extendía el T espués del tren, la diligencia; después campo, verdoso en aquella cima, salpicade la diligencia, una parada en seco do de enebros enanos que los leñadores en la carretera... y andando á la casilla no dejaban crecer y de cambrones aferrados como pulpos á la tierra, con sus rade los peones camineros. Toda la madrugada fuimos recorriendo mas punzantes y de obscuro verdor. A la tierras de Castilla, tierras roj zas, ondu- derecha, según íbamos, la llanura de reladas; llanuras que se levantan COT? O una pente se corta y la tierra baja al cauce de ola tranquila, y luego descienden pausa- un río de lecho estrecho y serpenteante, das, suaves, calmosas, para volver á subir pero hondísimo, buscando siempre las endibujando lomas de extrañas figuras lle- trañas de la tierra, como si no quisiera renas de jorobas, y anchas planicies que garle en su superficie; su caudal es como son páramos batidos en el invierno por el el de una fuente y su cuenca capaz para cerzo que corre libremente al ras de un mar. E! vano que deja entre los lados toda tierra algo empingorotada, y en la de las que fueron, indudablemente, ribe canícula por un viento espeso y ardoroso ras de su ascendiente, es amplísimo; á la otra banda también hay verdor de eneque parece el hálito del sol. VERANEO RUSTICO la mano; la bajada es larga y ía subida penosa. Por fin hemos dominado una subida, y á cien metros, ni uno más ni uno menos, las piedras que señalan los hectómetros lo dicen, á cien metros justos, está la casilla de peones camineros, el albergue de nuestro veraneo. Una de las chimeneas de la blanca casilla arroja tenues y azuladas bocanadas de humo; ahí se está guisando para nosotros; esto nos alegra y nos conforta. Hemos llegado al fin de nuestro camino; la sombra del fresco zaguán nos es grata; los vahos que escapan de la olla que borbotea al fuego, animan el estómago desfallecido, entristecido... QVLZ descansada vjda! Hemos almorzado; hemos dormido la VALENCIA. BENDICIÓN DEL PUENTE SOBRE JUCAR EN LA CARRETbRA DE S 1 LL Á ALICANTE, INAUGURADO EL ¡5 DEL ACTUAL 1 ot. I ¡ifljci i Aun guardaba la tierra el fresco de la ULc te; el sol, aunque ya era su señor, aun no la había Ideado con su fuego. Gorjeaban los j. a; sros revoloteando de tomillo en tomillo, de aliaga en aliaga, y cuando lograban llegar a un espino de un metro de alto, que extendía en el suelo una mancha de sombra tamaña como un pañuelo, daban por bien empleados sus revoloteos y creían haber arribado á un verjel. Esos pobres pájaros de Castilla, á pesar de sus alas, para vivir al abrigo de las injurias del tiempo tienen que vivir rastreando, como las culebras, al amparo del tomillo, del espliego, de la salvia, esos bosques de hormigas y de saltamontes. Aún no picaba el sol; el camino no era penoso. La luz amable de pnma mañana caía f ssca sobre la blanca carretera sin el bros y cambrones; después se difumina el plano de la tierra, y cierra el horizonte un monte gris cenizoso como la piedra pómez. Sus formas ampolladas hacen pensar en las fuerzas ígneas ya extintas que inflaron esas tierras muertas hace siglos y siglos, tendidas hoy al sol y al frío con insensibilidad de cadáveres. La carretera sigue su rumbo, hace un barco tras de otro, sus lomas se nivelan y ante la vista se unen, formando una pieza, y la engañan bonitamente. Lo que creéis un kilómetro, en la realidad son cinco... el cansancio va llegando, y os dan ganas de franquear los desniveles al vuelo ó recorriendo la distancia de loma á loma como ¡as piedras con que cortan las aguas de los ríos los chiquillos; descendéis una cuesta, y desaparece el punto á donde os encamináis, el punto que ya creíais tocar con siesta; hemos esperado a que cayera el so) hemos recorrido los alrededores; hemos recreado la vista viendo correr las cristalinas aguas del río; hemcs oído su música monótona, de tonos diversos, que cloquea, que pía, que murmura, que vibra con sones aflautados, cristalinos, opacos, rumorosos, broncos, tristes, terribles; unas veces como ruidos lejanos de simas; otras, como aleteos de cuervo... de mágica música, siempre fascinadora eternamente. Luego ha venido la noche, la noche augusta de en medio de los campos. Sólo se escucha la esquila de algún rebaño que anda con tardo paso; el aleteo blando, acolchado, de algún ave nocturna, de alguna de esas aves que parecen de algodón en rama para volar sigilosamente, sumidas en las sombras; y lejos, en una acequia lejana, un sapo, quizá centenario,