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A B C MIÉRCOLES 16 DE AGOSTO DE i 9 o5. PAG. 4 un ingenio de satírica vena, fértil y mordente. D. Eduardo, con su traje negro, impecable, siente la obsesión de los viejos retablos, de los hierros, de los bargueños, de las porcelanas, de los tapices, de los clavos, de los llamadores, de las veletas. Ricardo escribe artículos llenos de cultura y buen gusto. Y Rafael, cuando coge una espada y avanza hacia una fiera, detiene en un momento las respiraciones de millares de pechos... -Rubín- -dice D. Benito levantando la voz un poco; ¿cuándo va usted á regar? j- -Yo pensaba regar mañana- -contesta irguiéndose Rubín. Y es que estamos en un reducido jardín ó más bien, huerto. En el fondo, en lo alto de la tenue ladera, se levanta la casa. Se llama San Quintín. Se halla á medio camino entre Santander y el Sardinero, Unos cuadros de rosales y hortensias se extienden ante la puerta principal, cercados de alta tapia. Luego, dentro, hay piezas chiquitas, claras y limpias, llenas de cuadros, de libros, de bibelots. El despacho es ancho, cuadrilongo; la luz se filtra por dos espaciosas cristalerías de colores en que destacan arabescos, ramajes y figuras. Del techo pende un diminuto galeón del siglo xv; sobre k repisa de un estante palidecen los retratos de Cánovas, de Sagasta- -con dedicatorias cariñosas; -deMélida- -en traje de majo; -de María Guerrero- -en la época de su esplendor. -A la otra banda de la casa, á sus espaldas, el piso baja en un suave declive; crecen perales, manzanos y parras en el huerto; tablas de tomates y patatas se enramblan en desordenado concierto. Un bajo muro cierra el jardín; apoyado en él, se ve pasar en lo hondo, por el camino, rozando la tapia, el tranvía de Santander al Sardinero; se contempla la inmensa llanura azul de la bahía; se atalaya, finalmente, allá en la lejanía remota, bajo el cielo pálido, la silueta de las montañas grises, esfumadas, de un verdor fresco. ¿Y Almazán? ¿Ha estado usted en Almazán? -le pregunta D Benito á D. Eduardo. -No, no- -contesta D. Eduardo ligeramente contrariado. ¡Ah, es un pueblo precioso! -exclama D. Benito. Y luego, dirigiéndose á Rubín: -Rubín, ¿podremos coger mañana esas patatas? Y después, volviendo al tema con naturalidad: -Pues sí; Almazán es un pueblo precioso... Y de pronto, mirando al cielo con sus ojos chiquitos: ¡Hombre! Ese- sí que va bien. Un globo de papel, á viras rojas, blancas y verdes, sube lentamente por el espacio. Merceditas palmotea infantilmente, regocijada; Rafael se echa sobre el cogote su sombrero tieso, se pone los puños en las caderas y mira ascender el aeróstato. Bien, bien murmura Concha complacida. Y ¡os demás contemplamos el alejarse dulce, suave, de esta esfera multicolor en el azul de! cielo. La tarde ha ido cayendo; de añil intenso, el mar ha pasado á un tono gris, obscuro, plomizo. El sol lejano resbala sobre las aguas y les presta cabrilleos de plata. Ya las montañas que allá en el horizonte cierran ¡a vista, van fundiéndose con el mar y con el cielo. Suenan de pronto unos clarines en unos barcos de guerra surtos en la bahía; es la marcha que tocan al ser arriada la bandera... ¿Y Piasencia? ¿Lo conoce usted, D. Benito? -pregunta D. Eduardo al maestro. -No, no- -dice D. Benito; -en Piasencía no he estado. ¡Pues es una maravilla! -exclama entusiasmado vagamente D. Eduardo. Y todos hablamos durante un momento de los viejos pueblos castellanos: Olmedo, Arévalo, Brihuega, Atienza; pueblos de vetustos caserones, de callejuelas retoicidas, ds olmedas y saucedos donde pasean solitarios 1o s clérigos; de tiendecillas obscuras; de portaladas nobles con blasones de piedra; de aleros anchos; de niñas silenciosas que asoman tras los cristales cuando resuenan pasos... Brilla en lo alto una estrella; un balandro l con una blanca vela triangular cruza casi imperceptible sobre el mar blanco. Comienzan á destacar en la negrura las lucecitas de los barcos. Hay un reposo, un recogimiento, una religiosidad profundos en el aire. Todcs callamos. Y la sirena de un vapor, que marcha hacia la inmensidad, retumba con un largo plañido. AZORÍN El desfile que siguió a la fiesta fue de un colorido y una animación extraordinarios. El Rey, en carruaje, recorrió después los paseos, donde fue vitoreado por el pueblo, que le saludaba con cariño, mostrando con estas manifestaciones como si se sintiese más complacido viendo al Monarca de uniforme y en coche arrastrado por briosos caballos, que con el traje de buzo y en automóvil, expuesto á accidentes como el de ayer. La noche ha sido digna continuación del día; los teatros han estado llenos; delante del Casino han presenciado lo menos 3o.ooo almas la quema de fuegos artificiales, labor del pirotécnico de Corella, un sacerdote que dedica su tiempo á curar almas y á jugar con la pólvora y el magnesio. i En la terraza del Gran Casino la concurrencia ha sido enorme y enorme también el alarde de lujo, de joyas, de sedas vistosas, de encajes ricos, de escotes deliciosos, de tocados lindísimos. Mientras, en el salón dorado, hecho un ascua de lumbre por los torrentes de luz que lo iluminan y por el centelleo de las miradas de las damas hermosas que valsan, reina la fiesta. Mientras, en uno de los balcones de las salas de alto recreo, esta noche invadidas más que nunca por el sexo femenino, cantaba un improvisado orfeón de títulos de Castilla, duques y duquesas, marqueses y marquesas. El pueblo también bailaba frenéticamente en la Plaza de la Constitución, oyendo música ó bebiendo en las terrazas de los cafés y en las puertas de las sidrerías. Y el cronista obligado á escribir un resumen del día, traza estas líneas á vuela pluma, aturdido, obsesionado por el ruido, presa de una especie de pesadilla que le hace oír en horrible confusión ecos de músicas, estallidos de cohetes y bombas, bramidos de automóviles, retazos de valses tocados por delicadas orquestas, notas de delirante jota, ejecutadas por las murgas, estrofas de Marsellesa, entonadas por voces que enronquecen, y frases de zortzicos, cantadas p o r gargantas enturbiadas por la sidra. ÁNGEL MARÍA CASTELL SAN SEBASTIAN TRONICA DEL DÍA i5 El triunfo del TRANSMITIDA POR vicario meteoT E L É F O N O- s -s fc r o l ó g i c o fue completo. Telefoneó á las siete de la mañana desde su observatorio que el día se mantendría nublado, pero sin llover, y acertó. Sólo á las cuatro de la tarde, cuando iba á salir el primer toro en la Plaza, cayeron unas chispitas de agua, pero sin obligar á abrir un solo paraguas, ni siquiera á sacudir el polvo de los sombreros con los pañuelos. El sol salió para ponerse: diríase que no resistió á la tentación de ver el cuadro magnífico que presentaba San Sebastián. Sólo un San Sebastián ofrece un día como el de ayer. Infundía terror ver llegar los trenes franceses, algunos con veintidós unidades, prensada la gente dentro de los vagones, como racimos humanos en las plataformas de los coches y con muchos viajeros temerarios sentados en los estribos. Las calles céntricas parecían la de Alcalá, de Madrid, á mediodía y en domingo. En el Bulevar no podía darse un paso. Se le ocurrió á la banda municipal tocar un paso doble, cuyos motivos son la Marsellesa y la Marcha Real española, y aquello fue el delirio de aplausos y de ¡vivas! entregado todo el mundo á la dulce, pero siempre dudosa, expresión de la fraternidad. Tuvo un guasón la ocurrencia de decir: ¡Ahí va el Rey! Y como con la confusión de gente no era fácil divisarle, los paseantes se pusieron de puntillas, las señoras encima de los asientos, y durante un cuarto de hora la noticia, que corrió como pólvora, puso en conmoción á todo el Bulevar. Pero el Rey estaba en Miramar. Había ido en automóvil á Jrún á ver á su primo el príncipe Fernando de Baviera. Pasó á Hendaya porque en Irún no le encontró, y con él regresó á Palacio, no saliendo hasta la hora de ir á la corrida. Puede calcularse, sin exageración, en cuarenta mil el número de forasteros que han acudido hoy á San Sebastián. La Plaza de toros estaba completamente llena, y tiene catorce mil asientos. La mayoría del público de tendidos la formaban los compatriotas (amhi sexi) de Loubet. Hubo entre ellas bastantes bajas, á alguna de las cuales hubo que prestar los auxilios de la ciencia, porque las impresiones habían alterado fuertemente sus nervios. La corrida fue buena, buenísima, de las que hacen época, porque se ven pocas mejores: los toros, de Pablo Romero, finos, bravos, hermosos, de los que honran á una ganadería; los diestros, especialmente Fuentes y Bombita, se lucieron, alegrando la corrida con sus cosas y recogiendo, en cambio, tempestades de aplausos, una ó dos tabacaleras, un bazar de ropas hechas y otro de calzado; porque, no miento, hubo espectadores que les arrojaron la ropa y las botas de los pies. Hace años que los que vivimos en Madrid no hemos visto en temporada alguna corrida tan superior. El Rey, que con su primo e! príncipe Fernando presenció el espectáculo, no fue de los que menos aplaudieron. LA CRISIS OBRERA POR TELÉGRAFO T J egreso de la comisión. T Osuna, i 5 5 í. Anoche regresó de Sevilla la comisión del Ayuntamiento que había ido para dar cuenta de la situación. Viene bien impresionada por el recibimiento que la hicieron las autoridades provinciales y esperanzada por el telegrama del ministro de Agricultura, en el que ofrece aprobar en seguida la carre- tera de Campillos, en donde tendrán ocupación en los trabajos de explanación la cuarta parte de los obreros, atenuándose la calamidad. Se espera la resolución favorable de otras obras, con lo cual será posible conjurar por medios pacíficos el conflicto. Ha llegado el jefe de la comandancia de la provincia con 40 guardias civiles de refuerzo, en previsión de cualquier repetición de los hechos pasados. Por fortuna, hasta ahora no se ha registrado ningún otro atropello. El alcalde ruega á los labradores que ocupen á los braceros escondidos ó retraídos de pedir limosna por temor á las consecuencias ds los últimos sucesos, si se los descubre. T ranquilidad. Sevilla, i5, 11 n. Ha regresado de Osuna el teniente coronel de la Guardia civil que fue esta mañana á dicha población, manifestando que reina aparente tranqulidad y que los obreros sufren resignados, añadiendo que si no se les atendiese, las consecuencias pudieran ser terribles. -Mtr iiiT m! nnuinniintT ir l