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El miró el fatal presente; cayó de rodillas, abrazó á A b b y y r o m p i ó en sollozos. Lo 3 soldados, los oficiales, los prisioneros testigos de la espantosa tragedia, no pudieron contener sus lágrimas. Al cabo de algunos minutos el oficial de guardia se dirigió hacia su prisionero, le tocó en un h o m b r o y le dijo: -L o siento muy de veras, señor coronel, pero el deber rae obliga... ¿Q u ¿es eso? -interrumpió la niña. -T ¿n g o que llevármelo conmigo, y esto me apena mucho. ¿Llevarse á papá? N o yo no quiero que te lo lleves. M a m á está enferma y y o he venido á buscar á papá. Saltó sobre sus hombros, le rodeó el cuello con sus bracitos y continuó: ¡Vaya, andando! Vamonos, papá. ¡P o b r e hijita mía! N o p u e d o T e n g o que irme con ellos. Bajó al suelo la niña, miró al oficial, y dando pataditas en el suelo, muy indignada, replicó: -T e digo que mamá está enferma. Deja venir á papá conm i g o ¡Lo quiero! Sin esperar á que el oficial contestara, salió rápidamente de la habitación y volvió á poco, trayendo de la mano, casi arrast r a n d o á Cromwell. Ante esta terrible aparición los oficiales saludaron y los soldados presentaron armas. -Detenle, señor. M i madre está enferma; vengo á buscar a mi papá y no le dejan: quieren llevárse o. El L o r d General exclamó: -P e r o ¿es éste tu papá? -Ciertamente qu es mi papá. P o r eso le he dado la ficha más bonita de las tres, la roja. ¡Le quiero t a n t o I -T Í Q hacer. Dios mío, aué hacer -pensaba Cromwell. E n t r a r o n los soldados, arma al brazo; el oficial que los man daba saludó; el coronel, en pie, contestó al saludo. Su p o b r e mujer, pálida, trataba de disimular su pena. La niña miraba asombrada... El padre dio un beso interminable á su mujer, otro á la niña. ¡A la T o r r e! ¡Marchen! Y el coronel salió de su casa al frente de los soldados. ¡Q u é guapo es papá! ¡Qué bien anda! P e r o dime, ¿va á la T o r r e? ¿Los va á ver? ¡P o b r e hija mía! Ven á mis brazos. Al día siguiente la madre no pudo abandonar el lecho. A A b b y la habían dicho que saliese á jugar á la calle para no despertar á su mamá. Salió de casa, se entretuvo un rato ante la puerta de la calle, y pensó que haría muy bien yendo á enterar á su padre de lo que ocurría en casa. Una hora después el tribunal militar estaba tcunido en presencia del L o r d General. -L e s hemos r o g a d o que escojan entre sí el que debe m o rir- -dijo uno de los jueces, -pero se niegan á hacerlo. El r o s t r o de Cromwell se ensombreció: -N o morirán todos- -dijo. -Echaremos á suertes p o r ellos. Enviad á buscarlos; colocadlos en esta habitación inmediata, los tres juntos y de cara á la pared, y avisadme cuando todo esté hecho. Al quedarse solo, pareció absorto en tristes reflexiones. Llamó á un ordenanza y le dijo: -T r á i g a m e usted al primer niño que pase ante la puerta. El servidor salió y volvió á poco, llevando de la mano á A b b y que se adelantó resueltamente hacia el jefe del Estado, saltó sobre sus rodillas y le dijo: -T e conozco muy bien, señor. T u eres el L o r d General. T e he v ¡sto muchas veces pasar por delante de mí casa. T o d o el mundo te tiene miedo, pero yo n o Una ligera sonrisa endulzó los severos rasgos de la faz d Cromwell- ¡C ó m o! -p r o s i g u i ó la n i ñ a ¿N o t e acuerdas de mí? j P u e s yo no te he olvidado