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A B C. LUNES 14 DE AGOSTO DE i 9 o5. PAG. 6 paso, algo y aun algos representaban. Los amigos que aún tenían puesta la argolla se reían de la administración al 8 por 100 y profetizaban una catástrofe financiera en el primer balance; pero ante la fuerza de los hechos cesaron las sonrisítas de conmiseración, y acabaron por unírsenos casi todos los que no debían nada ó debían poco á los editores. Hacían bien, porque la victoria e a indudable. Al cabo de diez, de veinte, de cincuenta años, a evolución se habría hecho. Los autores actuales abandonarían á los editores en cuanto pudieran, y era de suponer que los que se dedicaran á la que, sin detenerme á meditar el asunto, dije una noche á mi compañero de junta á la salida del teatro de Apolo: -Oiga usted, mi amigo, mañana á las diez le espero en el cafe de la Montaña. ¿A las diez? ¿Va usted á madrugar tanto? -N o señor; no madrugaré... porque no pienso acostarme. Tengo que madurar una (dea diabólica para someterla á su aprobación mañana. ¿Una idea? ¿Sobre qué? -Ahora no le digo á usted más porque no está madura y porque así tengo la seguridad de que no faltara usted á la cita. -Es probable. Pero ¿usted no cree qie la dualidad de archivos musicales, sobre todo estando uno de ellos en manos de Fiscowich, será siempre una remora para la Sociedad de Autores? -Sí, claro. ¿Y que en cuanto haya uno solo, y lo administremos nosotros, y lo sirvamos con mayor rapidez y más barato, aumentaran las compañías de zarzuela? -Es casi seguro. ¿Y que con las compañías aumentará la recaudación y, por consiguiente, la riqueza general, y podrá vivir del teatro mucha mas gente 7 1 i í J! b iljiSSLStl, i- MADRID. EL ORFEÓN ECO DE MADRID EN UNO DE LOS CONCIERTOS NOCTURNOS POPULARES EN LA GLORIETA DE BILBAO profesión en lo sucesivo preferirían la administración barata y la liquidación mensual, que en parte hacía innecesarios los anticipos, á la trimestral con su secuela inevitable de préstamos y venta de obras. Pero el plazo era largo; lógicamente, ninguno de nosotros vería realizado el plan, y, sobre todo, yo no podría cumplirme á mí mismo la palabra empeñada de unificar catálogos y archivos en manos de la Sociedad de Autores. Veraneaban por aquel entonces casi todos los individuos de la Junta, y solamente quedábamos en el chicharrero de Madrid López Silva y yo. Las circunstancias eran favorables, porque las discusiones ocasionadas por la diversidad de criterio dificultan ó entorpecen las decisiones trascendentales y rápidas; así es Z no faltó, qué había de faltar! Pedimos dos copas de cualquier cosa para tomar ánimos, y reanudó López Silva la conyersación en estos términos: -Vamos á ver, ¿para qué nos reunimos aquí á estas horas? -Porque tenemos que hacer una visita. ¡Caramba! ¿A quien? -A D. Florencio Fiscowich. ¡Hombre! Nos recibirá con palmas seguramente, ahora que se le han despedido los Quintero para venirse con nosotros. Y ¿qué le vamos á decir? -Cuatro palabras. Que nos dé su archivo. ¡Bonita ocurrencia! Nos dará la contestación en menos de cuatro palabras. ¿Sí? ¿Cómo? -Tnándonos por el balcón. -Sin remedio. -Pues ¡qué diantre! todo eso vale la pena de que usted y yo corramos el riesgo de estrellarnos en los adoquines de la calle de las Pozas. -No hay que hablar más. Choquemos las copas y andando. Y chocamos y fuimos. I a casa de vecindad en que Fiscowich tenía las oficinas, y donde yo penetraba por primera vez, era de un aspecto deplorable. Entrábase á ella (y se entrará todavía si no la han tirado, como debieran) pot un portal uco de mala muerte, que daba á un patinillo sucio del que salía un fuerte olor á cuadra ó establo. Cerca de la puerta del patinillo arrancaba la escalera, estrecha y desvencijada, por donde ha-