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A B C DOMINGO i3 DE AGOSTO DE 1905. PAG. 6 I i! ííí L S í j- h E 1 LBAO. EL PUERTO EXTERJOR A LA LLEGADA DEL YATCH GIRALDA QUE CONDUCÍA A S. M EL REY t ot ni uju VERBENAS Y PROCESIONES J a fiesta clásica del pueblo madrileño es la verbena; ninguna población de España, ni aun las andaluzas (quizás porque viven en continua fiesta) presentan cuadros de color tan animados como los que se contemplan en la Pradera de San Isidro, en San Antonio de la Florida, en el Canal ó en los barrios antiguos de Maravillas y la Paloma. Allí se muestran con su ruidosa y franca alegría los descendientes de los chisperos, y lucen sus cuerpos de ondulantes y flexibles contornos las airosas herederas de majas y manólas. El mantón de Manila, los ramos de rosas y las crujientes faldas, rodean de misterioso encanto los cuerpos de diosa que encierran el alma bravia de las hembras del pueblo madrileño, acariciantes como gatitas y prontas á mostrar su garra para defender con salvaje energía sus creencias y sus amores. Conserva la verbena algo de la bacanal del paganismo mezclado con el espíritu cristiano. Por eso se entrelazan sus fechas con la memoria de los santos, sus orgías con procesiones, sus festejos con misas y actos de devoción. Pero así como la verbena de Madrid es la reina de las verbenas, sus procesiones son las más antiartísticas y desairadas de cuantas se verifican. La procesión requiere otro cielo, otra fe, otro ambiente distinto del de Madrid. Es demasiado cosmopolita Ja capital de España para que todos los corazones latan al nombre de las vírgenes de las Angustias, del Mar ó de la Macarena, como sucede en Granada, Almería ó Sevilla. Allí hay un respeto verdadero á la Patrona, no se sustrae nadie al influjo del recuerdo de la primera oración que le enseñó su madre arrodillada ante la imagen. Un mismo espíritu anima á los hijos de la población y sugestiona á los indiferentes. Podrá quizá hallarse una nota cómica en el modo extraño de engalanar con joyas y sedas las sagradas tallas, que lucirían, sin eso, indiscutible mérito artístico; admirará á los ojos no habituados á estos espectáculos, la grotesca gazmoñería de un forzudo penitente envuelto en faldas de seda y encaje, y las arcaicas figuras de apóstoles, ángeles, tarascas, enanos y gigantones que acompañan á casi todas las grandes procesiones públicas de mas renombre; pero el conjunto se salva por su poesía. No hay nada que cause una impresión tan extraña como una procesión en Sevivilla. En el melancólico silencio de miles de voces contenidas, entre el eco monótono y lúgubre del rezo de rosarios y letanías, rasga, cuando menos se espera, el aire la voz vibrante de un mozo ó el armonioso acento de una muchacha, que entonan la saeta al paso de la imagen. Cadenciosa, apasionada, va brotando la copla de la garganta, á intervalos irregulares, y parece quedar flotando en el aire como queja morisca, suspiro cristiano y acento de profana pasión á un tiempo mismo. Devotos ó incrédulos, advertiréis en el? ma un sentimiento vago, indefinible, mezcla de aspiración suprema, de tristezas presentidas ó de recuerdos melancólicos. Y ese sentimiento es imposible evocarlo entre este pueblo curioso que se agrupaba hace pocos días al paso de la Virgen de los Angeles por la polvorienta y sucia carretera de Bravo Munllo. Unas cuantas colchas en algunas casas, una multitud de chicueíos astrosos y un centenar de mujeres componían la procesión de una de las barriadas mas populosas de la Corte. Sería inútil buscar aquí entusiasmo ó poesía. Rostros indiferentes la contemplaban con esa curiosidad y deseo de emociones que forman otra de las notas típicas de Madrid. E! paso de la procesión interrumpía apenas el tráfico de carros y el interés de las conversaciones. Es que este pueblo cosmopolita y progresivo fraterniza en las verbenas, pero no puede unirse con el espíritu que anima las procesiones en las ciudades españolas, donde se guardan inmovilizadas las antiguas tradiciones. CARMEN DE BURGOS SEGUÍ LAS ELECCIONES ftU o se habla de otra cosa. El día 1 o de Septiembre los ciudadanos libres de una Nación libre acudirán á las urnas para expresar su voluntad. Esta es la ficción; la realidad es muy distinta. Hela aquí: una minoría de ciudadanos, cuyos nombres están incluidos en el censo, acudirán á los centros electorales para depositar su voto, obedeciendo los unos á las indicaciones del jefe provincial de un partido; impulsados los otros por su calidad de funcionarios, aunque modestos, funcionarios al fin; obedientes los más á las influencias de un cacique, á personalísimas consideraciones difíciles de analizar y nacidas casi siempre de intereses materiales ó de lazos amistosos; dejándose guiar los menos por ideas y por principios políticos. Aquí donde los partidos no tienen ver- Bmrnr i rnrminri mnrm itin