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i AÑO TRES. NUMERO CRÓNICA UN 1 VERSAL ILUSTRADA. i ¿MADRID, 10 DE AGOSTO DE) 9 o5. NUMERO TO, bien hecho á la Patria, ella lo agradece siempre, nunca lo olvida. A cada uno de vosotros la Historia reserva unas cuantas páginas. El sitio en que os sorprenda la muerte no lo visitará la turbamulta, el mismo Rey irá en persona, como genuína representación de la Patria, á rendiros el tributo que merecéis. Ya lo habéis visto ahora: el único español que se acordó de D. Antonio Cánovas del Castillo fue aquel que la otra tarde descendió de un automóvil en Santa Águeda para ver donde había muerto un hombre, un verdadero hombre. gresivas no es sino un Fouvier con más poesía ó un Marx con menos ii; ncia; Gorki y Tosltoi son en este caso los representantes antagónicos de la gran contienda de ideas y de intereses en que todos los puebios se hallan metidos. Como sucede en muchos países atrasados (en el nuestro, así) Tolstoi quiere saltar del candil de aceite á la luz eléctrica, sin pasar por el petróleo, el gas, etc. En su ánimo, como en el de muchos propagandistas y políticos, los intereses triunfan de las ideas. Gorki, al contrario, aleccionado por los sufrimientos, discípulo del dolor, piensa, con más lógica, que á las crisis de hechos monedables, cotizables, han de preceder crisis de ideas. Juzga, como juzgaron los antiguos, que ningún interés hay tan sagrado como la libertad humana, por mu- ho que esta palabra se haya envilecido. Notemos, una vez más, el carácter reaccionario, contrario á la libertad, propio de toda aspiración comunista. Y respetemos á Tolstoi, que es un grandísimo escritor; pero sigamos á Gorki, que es un hombre, no grande ni chico, sino de cuerpo entero y de tamaño natural. ENE SUEL- EL REY Y CÁNOVAS p i único español que ha rendido á Cánovas un recuerdo ha sido S. M el Rey. Basta eso para Ja gloria de Cánovas, porque e) Rey es la representación de la Patria española, por quien el estadista eminente vivió y murió. No tendría aquel hombre insigne, si juzgara el triste olvido en que los que roas favoreció le Han echado, palabras de despecho, de amarga queja ó destemplada iracundia, porque su grande alma, recia en su vida terrenal, debe de Star al pres ente acerada al fuego de la inmortalidad en el seguro donde hoy reside. Allí imperan las serenidades del perdón y de la benevolencia. Pasaba yo anoche por la plaza de los Ministerios, donde se alza la estatua de Cánovas. No había junto al pedestal coronas ni flores. Era alta noche y nadie transitaba. I a escultura, á quien de frente miré, confundíase con la fronda de Jos árboles que le seivían de fondo. Los recuerdos, esos pajarracos negruzcos que se aumentan del pasado, batieron sus alas siniestras á mi alrededor, y al comparar lo que sucedía hace diez años con lo que hoy sucede, ei rendimiento de antes y ei olvido de ahora, tristes cosas pensé que no i on para escritas. Allí estaba ¡oh gentiles hombres de la política! la estatua de Cánovas; allí estaba, olvidado de todos, primeras, segundas y terceras partes, racioneros y tramoyistas del escenario púbiico; allí estaba aquel grande hombre que todos conocisteis y respetasteis. Es verdad, sí, que al que se muere lo entierran; pero siempre parece que debiera triunfar de) olvido humano el que triunfó de la muerte. Lección pueden tomar los jefes de los partidos políticos, los prohombres que se sacrifican por el bien público. Lo que perdura no es el agí adeci miento de los favorecidos, es el recuerdo de la Patria, por quien los gobernantes viven. No debéis elevar á politicastros chirles, ni favorecer á la turbamulta de lampones capaces de serviros de rodillas el aguamanil y la palangana; no debéis dar enjundia y utilidad á los inanes, ni engrandecer á enasuielos y pigmeos, ni bautizar á los anónimos, porque toda esa tropa, verdadera ¿nente desccmunal y fsmélica, olvida. Los parásitos de la política y del país, esos que todo lo ignoran menos su egoísmo, los que venden el voto, los panzas en trote de andoigas vacías y excomulgadas de pitanza, los que predican contra el favoritismo y después se arrastran á nuestros pies en demanda de recomendación, van á su negocio, no más obedecen á recónditos y suriles planas egoístas. Lo que subsiste, lo que no pciece es el MÁXIMO GORK 1 CONTRA TOLSTO 1 p l movimiento de los espíritus en Rusia, mal llamado por algunos revolución, cuando es evolución natural, lógica y fácil de prever, ha abierto ya un abismo entre el pensar de los dos egregios escritores. Gorki es partidario de las reformas políticas. Ha estado á punro de verter su sangre por ellas y sostiene que en ellas reside la salvación de Rusia. Gorki es un revolucionarlo, un hombre de acción. Gorki ha sufrido con los que sufren, pero ha sufrido de veras, se le han pegado las j ajenas l agas, la miseria de otros pobres como éi ha aposentado en su cabeza re beldé, impaciente, agresiva. Gorki tiene I fe en la libertad; cree que la muerte de la autocracia hará lucir albas nuevas de prosperidades y dichas en el pueblo moscovita. Tolstoi, mucho más viejo que Gorki, resulta mucho más nuevo en su pensar. Apóstol y profeta, vive y alienta más para el mañana que para el momento presente; mas para la masa que paia el individuo. Casi todos los profetas han sido socialistas. Véase cuan poco hablan de esta ni de aquella desdicha particular los iluminados del Antiguo Testamento. Ni á Jeremías, ni á E ¿equiel les importan las pesadumbres individuales. Ellos están muy altos para ver semejantes menudencias. Todo lo contemplan en globo, en masa. Como ellos, Tolstoi, que ha visto y palpado las llagas sin contagiarse y ha sentido bullir la podredumbre ajena sin hacerla suya, tiene escasa ó ninguna fe en la eficacia de la libertad política. En una carta, que hoy comentan todos los periódicos de Europa, el octogenario novelista asevera, con el tono dogmático en él habitual, que el remedio á las grandes miserias de Husía no está sino en el reparto de la tierra, en la extinción de los latifundios, en que se conceda á cada mujik el ten eno que de derecho le corresponde. En suma, la doctrina evangélica de Tolstoi viene á rematar en una aspiración económica de carácter comunista. El que orejamos un apóstol de las ideas pro- P O L AN CO EN CASA DE PEREDA p o k n c o está á dos horas de Santander. El tren corre entre praderías, pumaradas, castañares. La tierra es baja; amplias y suaves laderas se extienden á una y otra banda del camino. Pasan ante nosotros Adarzo. Bezana, Mogro. Cuando llegamos á la Requejada abandonamos el tren. Aquí el panorama ha empezado ya á levantarse; se ven cumbres lejanas; los recuestos y los oteros se cruzan y entrecruzan formando valles y cañadas angostas. El paisaje clásico de la Montaña aparece ante nuestros ojos. La locomotora ha silbado largamente y el tren se pierde á lo lejos. Nos encontramos solos con nosotros mismos ante el verdor perenne de las laderas. Y comenzamos á andar. ¿Recordáis vuestras lecturas infantiles? ¿No vienen á vuestro cerebro aquellos días de la niñez en que leíais encantados un libro grueso, impreso en papel amarillento y sonoro, con rojas letras grandes en la cubierta? ¿No. decían estas letras sabor de la tierruca, La Puchera, Sotileza? Los años pasan; mil azares, adversidades y contingencias van conformando nuestro espíritu; nuestros gustos cambian; son otras nuestras orientaciones estéticas y psicológicas. Pero siempre, á través de la vida, por encima de nuestros nuevos amores, perdura este reguero de luz, este aroma suave é inefable, esta harmonía lejana que estas primeras y áridas lecturas han puesto en nuestro espíritu. Y si recorremos los lugares que en aquellos años distantes nos figurábamos, una vaga sensación, mezcla de angustia y de alegría, nos sobrecoge... Y esta es la sensación que ahora experimentamos nosotros. La senda que pisan nuestros pies es una cinta blanca que culebrea entre la verdura, los maizales tapizan las laderas; a trechos, entre su verdor intenso, aparecen los ta-