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B C. MIÉRCOLES 9 DE AGOSTO DE i 9 o5. PAG. 6 La mentira nos seduce, la mentira nos fascina, y á despecho de nuestra honradez la acariciamos y seguimos, amándola cuando nos adula, transigiendo con ella si satisface nuestras pasiones. Muchas de las reglas educativas son el A B C del disimulo: quien calla y duda, sale bien librado en la lucha de la vida. Pero los que amamos la verdad sobre todas las cosas, los que deseamos ajustar nuestro sentir á Ja indudable belleza que se descubre ante su artística desnudez, hemos de renegar de todos los afeites con que se pretende disfrazarla. Y para poseerla hay que buscarla en su origen. Es tarea propia de médicos, magistrados, historiadores; debiera ser tarea de todos; á ella convendría encaminar nuestros métodos de instrucción y educación. Acaso parecerá que no es compatible la felicidad humana con la posesión de la verdad; quizá por esta causa, calladamente, en casi todas las circunstancias de la vida- decimos, parodiando á Calderón: Mintamos, alma, mintamos, que el sueño, al fin y á la postre, es la mayor mentira. E t DOCTOR F A U S T O ECOS DEL MUNDO NA BROMA M r Ounier estaba en U PESADA Bretaña gozando de las brisas fi escás del Océano, respirando aire puro, tomando baños de mar. Un día le trajeron un telegrama que decía: Venga usted inmediatamente. El portero ¿Qué será? M r Ounier se alarmó. Los ladrones de París son muy audaces: ¿habría penetrado en su habitación alguno de ellos, llevándose cuantos objetos de valor encontrase á mano? Con tiempo seco, la madera arde con facilidad: ¿habría sido presa de las llamas la casa que habitaba en el 18 de la calle Jacquemont? Mr. Ounier regresó á París sin pérdida de tiempo. Camino de su casa, se cruzó con una señora amiga suya. La pobre mujer por poco se desmaya, y sobrecogida, exclamó: ¡Usted! ¡Pero es ustedl... ¡Pero está usted vivo! -Lo supongo. ¡Y yo que iba ahora mismo á su entierro! M r Ounier quedó estupefacto... Su sorpresa subió de punto cuando su amiga le enseñó una esquela invitándola á asistir al entierro. El pobre hombre se encaminó hacia su casa para asistir á su propio entierro. La calle estaba llena de gente; una comisión de las ambulancias municipales, en cuyas oficinas estaba empleado M r Ounier, hallábase agrupada alrededor de una soberbia corona; colegas suyos, miembros de varias Sociedades á las que pertenece, acudían también, afligidos por desgracia tan súbita, para acompañarle hasta su última morada. Si la sorpresa de M r Ounier había sido grande, no lo fue menos la de sus amigos al verle aparecer vivo y sano. Le refirieron que un hombre, que decía ser portero de su casa, había ido á su oficina el día anterior anunciando que había muerto, y que el cadáver llegaría de Bretaña al día siguiente por la mañana, verificándose inmediatamente el entierro. Todos su 3 amigos, todas Jas Sociedades á que Ounier pertenecía habían recibido cartas de avise La broma no es nueva; pero debemos confesar que difícilmente se habrá dado nunca cen mayores precauciones para asegurar su éxito Ü L SILENCIO Así lo ha debido creer E S ORO sin duda un rico negociante de los Estados Unidos que hace pocos días llegó al Havre en compañía de su mujer y de su secretario particular. Dos asuntos reclamaban en París su presencia, y dejando en el Havre á su esposa, se encaminó á viíle- lumiere en unión de su secretario. Terminó sus negocios, y como resultado de ellos cobró i 20.000 francos, que guardo cuidadosamente en dos sobres; pero ¡oh hado fatal! negociante y secretario trabaron conocimiento en el Bulevar con dos lindas señoritas, y después de pasar con ellas varias horas en el café y en el teatro, el norteamericano, cuando regresó á su hotel á las altas horas de la madrugada, notó que había disaparecido uno de los sobres con 100.000 francos. Inmediatamente presentó una denuncia á Mr. Bourdeaux, juez de instrucción, y al día sigu ente se dirigió al Havre para recoger á su esposa y trasladarse a Alemania, donde otros asuntos le reclamaban también. Y aquí viene lo gracioso: el digno funcionario, después de detener a las supuestas estafadoras, quiso que el negociante las reconociese, y le escribió para que se presentase en Parí Cuál no sería la estupefacción del juez, que esperaba tranquilamente al robado, cuando recibió un telegiama de ésti diciéndole que retiraba la reclamación y que renunciaba genetcsamente á los 100.000 francos con tal de que su cara costilla no se enterase del asunto. Indudablemente el silencio es oro, y en este caso le ha costado al incauto yanqui sus veinte mil dollars contantes y sonantes. J PONTEVEDRA. NUEVO PUENTE DE LA ARCA, SOBRE I L RÍO LEREZ lüt I iilu