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A B C. M 1 ERCOLES 9 DE AGOSTO DE i 9 o5. PAG. 4 yo no fingiera en estos momentos un vago espíritu de contradicción, no podrían resultar amenos é instructivos nuestros paseos entre! os plátanos. A veces, el P Miguel trae bajo el brazo un libro; y entonces, mientras tocan su áspera guitarra los acridios, en tanto que el viento orea los árboles con un manso ruido, yo oigo en silencio unas páginas de Los grandes arcanos de la Naturaleza, de Tilman Pech, ó bien- -y esto es más agradable- -unas disquisiciones vagas sobre la mujer, la sociedad, el arte, el juego, las hormigas, el tabaco ó el ocio, del jesu ta Van Trich... Y cuando ya el P Miguel y yo nos hemos cansado de devanear sobre las categorías aristotélicas, sobre la idea de tiempo ó sobre la predestinación (que á tales empinadas cumbres llegamos) damos la vuelta al balneario. Ya la hora del yantar se va acercando. JE 1 comedor del balneario es una ancha pieza clara, limpia y sonora. Unas magnolias, puestas en búcaros sutiles, esparcen su fragancia agria sobre la mesa. No nos sentamos en esta redonda tabla más que seis ú ocho caballeros y otras tantas señoras. En Carranza no existen muchachitas indóciles y atolondradas. Todas estas damas son graves, llenas, un poco redondas, vestidas de negro. Y no es posible imaginar damas más discretas, más solícitas, más amahles. ¿Quiere usted vino, Sr. Azorín? -me dice una de estas señoras, á mi izquierda sentada. Yo me inclino agradecido y respetuoso. -Mil gracias, señora. -Acércale el salero al Sr. Azorín- -le dice otra de estas señoras, sentada frente á mí, á un- jovencito que está á par suyo. Yo vuelvo á bajar la cabeza lleno de gratitud. -Tantas gracias, señora. Ha terminado la comida. La tarde se abre para nosotros interminable. No hay aquí más recurso que beber vasos de agua en la fuente salutífera y ver pasar los trenes. ¿Cuántos vasos ha tomado usted ya, don Gaspar? -Yo, dos. -Yo voy á tomar uno. Y bebemos tres ó cuatro vasos lentainente, haciendo grandes esfuerzos, respirando con ansia cuando hemos dado fin á la empresa Los trenes cruzan de hora en hora por el alto talud oculto entre los árboles. Subimos rápidamente por las empinadas escaleras, cruzamos el puente, pateamos un momento sobre la plataforma de tablas. Y el tren, que ya había silbado, se detiene. Siempre en estos trenes pasa una persona de nuestro conocimiento, una de esas personas que sólo parece que existen para pasar en un tren cuando nosotros estamos en un andén. ¡Caramba! ¿Usted por aquí? ¡Hombre! ¿Qué tal? -Bien. ¿Y usted? -Muy bien. El tren parte. Y ya no volvemos á ver á esta persona en dos, en tres ó en cuatro años, otra vez en otra estación. Pero el crepúsculo ha ido llegando. No puede darse una hora tan profunda, tan solemne como ésta. Los robles, los castaños, las hayas, los plátanos, las acacias, que pueblan las laderas del- valle, se ensombrecen; todo calla; el ingente peñón que cierra la cañada se recorta en el azul pálido del cielo; una sutilísima gasa vela el ambiente; pasan zumbando, rápidos, gruesos insectos; y sobre los remansos del hondo arroyo, corren, giran, vuelven en silencio, vertiginosos, los menudos girinos. Suena de pronto una campana que repercute en todo el valle; de dos en dos, de tres en tres van saliendo las señoras con sus mantillas y penetran en la ermita fronteriza á la casa. Se oye el run- run de un rosario; en el cielo y fosco se destacan, sobre un lomazo de la cañada, uno ó dos gráciles álamos; brillan las primeras estrellas... Y acabada la cena, cuando nos retiramos todos prestamente, cuando ya todo calla, yo en mi cuarto, á la luz de la simple bujía, mientras paso las páginas de un libro, tengo un sentimiento de gratitud para este excelentísimo é ilustrísimo Sr. D Rafael de Guardamino, á quien no he conocido, y que fundó este balneario tan limpio, tan blanco, tan íntimo, tan discreto, donde la petición de un periódico como El Liberal causa un escándalo tremendo. AZORÍN cha, á oír las proposiciones de los japoneses, envanecidos por algunos triunfos pasajeros y sin importancia. (Un busto de la Verdad, colocado en un rincón del despacho, enrojece. ROOSEVELT. -Sin embargo, yo deseo que no haya un rompimiento inmediato. Violentísima situación me crearíais. Todo el mundo diría que habíamos representado una comedia. La sangre derramada es mucha y clama por la paz. CJTTE (para SU capote) ¡Con tantas promesas de unos y otros, si la paz no se firma, medrados saldremos los rusos! (En este momento, una estatua que representa la Paz cae y se hace añicos) Aquí termina el cablegrama. V. C. TRAGICOMEDIA (POR EL CABLE MAS DIRECTO) La acción en el castillo de Segamore- Hill, propiedad de Roosevelt. -Grande y lujosísimo despacho. ESCENA PRIMERA El presidente de la República norteamericana pasea solo y de vez en cuándo hace flexiones de brazos y piernas. PRESIDENTE. -Nunca pensé que mis paisanos salieran por donde han salido. ¡Cómo recibieron á Witte! ¡Qué entusiasmo! Por vida de... Ya he visto, afortunadamente, lo que me conviene; pero he perdido mucho tiempo. ¡Pobres japoneses, tan simpáticos, tan amarillitosl Y que no habían de salir con alguna de las suyas los europeos. El Kaiser ese es el que tiene la culpa de todo. Si los yankis no le hubiesen hecho á Witte la acogida que le hicieron, aún podría resistirme, seguir mi política. Pero ¡ay! que un presidente no tiene otra fuerza que la de los votos de los ciudadanos, y la opinión de éstos, buena ó mala, tuerta ó ciega, ha de seguir sin vacilar. ¡Quién pensara esto! Y yo que mandé á Miss Roosevelt al japón y eché aquí la casa por la ventana para congraciarme con los plenipotenciarios nipones. Pero rectifiqué, he rectificado á tiempo; la encerrona de dos horas y media que el otro día tuve con Witte ha tranquilizado á mis paisanos acerca de mis intenciones actuales. Y en verdad que ahora mismo no sé lo que aquí ocurrirá; sin embargo, yo no puedo, por decoro, prestarme al juego de que se tiren los trastos á la cabeza antes de empezar ó en la primera ocasión. Puesto que aquí estriba todo ó poco menos en la indemnización, aconsejaré que traten de esta cláusula en último lugar. Los nipones están ensoberbecidos, es verdad, piden demasiado. M e temo que... CUESTIONES FINANCIERAS I Fn nuevo libro sobre el cambíp. Jacques Pallain, miembro de la Sociedad de Economía política de París, acaba de publicar un libro notable sobre los cambios extranjeros, relacionándolos con el precio de las subsistencias é insistiendo sobre la influencia que ejercen las crisis monetarias en el valor de los artículos de primera necesidad. En él estudia especialmente la crisis de los Estados Unidos durante la guerra civil entre el Norte y el Sur (en 1864 llegó la prima del oro á elevarse á 153 por 100) la crisis austriaca (en 1887 alcanzó la prima a 5 por 100) y la crisis en Grecia, donde más recientemente, (en 1895) llegó á valer el oro 90 por 100 más de lo que marcaba su precio nominal. En un estudio de esta índole, el cambio español había de tener capítulo aparte. Al hablar de él lo califica de cambio depreciado tipoí Divide nuestra crisis prolongada en tres períodos: primero, de 1891 á i896, durante el cual el cambio alcanza un término medio de 14,85 por 100; segundo, de 1896 á ¡899, período anormal, correspondiente á la insurrección cubana y á la guerra con los Estados Unidos; los francos llegaro n entonces á cotizar 115 por 100 de píima; y tercero, de 1899 hasta la fecha, ea que vemos que el cambio se mantiene alrededor de 35 por 100. El primero y el ultimoperíodo son de crisis económica; en e) segundo, hechos exteriores han contribuido á exagerar la tendencia natural. Jacques Pallain distingue las perturbaciones causadas por el desnivel entre las deudas recíESCENA SEGUNDA procas de dos naciones de las que obedecen á Un ujier anuncia á Witte y á Rosen. causas puramente monetarias: la depreciacióiv ROOSEVELT (saliendo al encuentro á los plenipotenciarios rusos. ¡Señores míos, qué dicha! de la plata y el exceso de billetes con relacióa á las reservas metálicas. WITTE y ROSEN. -Honor extraordinario Hoy día la elevación de los cambios obedepara nosotros. ROOSEVELT. -He pensado acerca de vuestras ce casi exclusivamente á esta última clase de palabras. En efecto, una gran nación como causas. En todos los países ha nacido el mal Rusia no puede, ni quizá debe, escuchar pala- del exceso en las emisiones fiduciarias. España es el mejor ejemplo que de ello se puede dar; bras y proposiciones humillantes. otro ejemplo lo dan los Estados Unidos, donW I T I E -E l Zar, nuestro padre y señor, de la enfermedad ha tenido que retroceder, y sólo por consideración á usted, aceptó la entreha desaparecido ante los esfuerzos metódicos vista con los plenipotenciarios del japón; pero, de los Gobiernos y el progreso de Ja producen realidad, las arrogancias de éstos son intoleción. También Austria ha sabido vencer la dirables. De Europa, sólo Inglaterra está con ficultad; Grecia ha atenuado el mal, disminulos nipones. Muy pronto el Kaiser se avistará yendo considerablemente sus proporciones; con Eduardo V i l y es casi seguro, dada la soto nosotros no hemos podido ó querido ha habilidad notoria del emperador de Alemania, cer lo que los demás han logrado. que apague los entusiasmos de Inglaterra por el Japón. En tal caso, la fuerza de lá opinión general sería absolutamente incontrastable y los BOLSAS DEL DÍA 8 japoneses se convencerían de que no esta EuMADRID. Cierre. Interior, 78,70. Amortíropa dispuesta á consentir sus ambiciones. Rusia es una gran nación, tiene amigos poderosí- zable, 99,25. Banco, 410. Tabacos, 3 j) 5. Azucaresimos, dinero y muchos soldados de reserva ras ordinarias, 78. Francos, 32,35. Libras, 33,28 ULTIMA HORA. A las cinco. Interior, para resistir y vencer á los nipones. Quien está persuadido de estas verdades como lo estamos 78,65 dinero. nosotros, como seguramente á esta hora lo está PARÍS. Cierre de las tres. Exterior, 91,35. usted, no se resigna sino con harta violencia y Renta francesa, 99,72. Ruso 4 por oo, 88,40. por respetos á la persona ilustre que me escu- Turco, 90,55. Riotinto, 1.692. Goldfields 6 3