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jjAÑQ TRES. NUMERO 210. CRÓNICA UN 1 VERSAL ILUSTRADA. do con su voto, por parecerle muy poca cosa; el vivo recoge lo que abandona aquél y se erige en contratista de elecciones y, por tanto, en cacique. El caracterizado gobernante de m yor ó menor jerarquía pierde de vista el interés del Estado para percibir mejor el de su partido, de su grupo, de su distrito, de su familia ó de su amor propio, En sesenta años que llevamos bajo el régimen representativo y parlamentario ya ha habido tiempo de que las generaciones hubiesen aprendido á practicarlo. Pero como quiera que las deficiencias del talento gubernativo son tan grandes arriba como abajo, los ejemplos educadores no han podido ser más malos, y la educación, lejos de mejorarnos, nos ha torcido. Bien lo comprueba el espectáculo electoral á que asistimos. MADRID, 8 DE AGOSTO DE 1905. NUMERO SUEL- TO, to de Cicerón, como él romano puro, que seguía con la palabra el hilo del pensar, pero con la acción solía ser infiel al pensamiento y á la palabra. Después de Martos, Castelar, poeta descarriado en la oratoria, candor grato á los oídos femeninos, poco temible para las varoniles orejas. Pi y Margall viene luego, varón seco, sencillo, categórico, tieso como un Platón de mármol, elocuente; como un Platón de mármol, frío. Su frialdad parece comunicarse al vecino, Silvela, inferior á todos los otros por el verbo y por la mente, y no superior, aun cuando él así lo creyera, por el gesto desdeñoso. Y detrás de Silvela, Villaverde, de quien no fuera piadoso hablar todavía. Y, por último, un hueco simbólico. El cual hueco será probablemente el Sr. Pida! (D. Alejandro) No, por cierto que la fila de retratos no nos rejuvenece ni nos alienta. Ni tampoco el hecho de que sólo quede lugar para otro presidente. Un romano auguraría algo nada lisonjero para el sistema parlamentario. ENE CRÓNICA POLÍTICA f ngobernables ó ingobernantes? ¿No somos gobernables ó no somos gobernantes? Esta es la pregunta qué en calidad de pueblo debemos hacernos los españoles, antes de decir que es ingobernable nuestra España. Porque, minucias de policía aparte, no Son condiciones de obediencia, sobre todo de obediencia pasiva, las que nos faltan; al contrario, nos sobran. Así nos gobierna cualquiera y en el arte de mandar no hay selección. Pero, componemos una nación que ha hecho toda suerte de sacrificios por alcanzar la soberanía de sí propia. En 1868 pareció haberlo conseguido, y únicamente desatinos hizo después. Fue la mejor prueba de que del talento de la gobernaMANUEL TROYANO 1 ción era de lo que carecían. Esta deficiencia se nota en la masa y SIETE RETRATOS en los fragmentos, que, desprendidos de Y UN HUECO? lla, suben á todas las alturas. El self government, el sistema representativo y par- j p n la rotonda del Congreso, cumplienSamen tari o, es el Gobierno de todos. do acuerdos de la Cámara, han queUnos gobiernan mediante la emisión de dado colocados los retratos de Pi y Marsu voto; otros con su consagración á las gall, Sslvela y Villaverde. Junciones cívicas permanentes, desde las Ya figuran allí los retratos de Ayala, más modestas á las más encumbradas. La Cánovas, Martos y Castelar, y de los demostración más evidente de nuestra in- sitios destinados á estos retratos sólo quecapacidad como gobernantes es que, en da un lugar vacante. calidad de elector, y de concejal, y de alDe modo que, reconstituyendo la calde, y de diputado provincial, y de go- fila según el orden indicado, queda así: bernador, y de diputado ó senador á Cor- Ayala, Cánovas, Martos, Castelar, tes y de ministro, todo español castizo se Pi y Margall, Silvela, Villaverde... conduce menos que medianamente. Se lu- y D. Alejandro Pidal ó el marcha fieramente por el derecho, por la in- qués de la Vega de Armijo. Uno de los vestidura, por el cargo; mas, luego que se dos sobra ó está de non. tobtiene, no se sabe qué hacer con él, Yo creo que, en realidad, no está de salvo el satisfacer la vanidad ó hacer pi- non ninguno. cardías; porque esto nacemos sabiéndolo. Y algún malicioso pudiera decir que El talento político, que empieza en el los dos sobraban. conocimiento de lo que vale el sufragio y De todos modos, no deja de ser cuen el acierto para ejercerlo y aplicarlo, y riosa la escala de presidentes. acaba en el recto c ilustrado criterio del Su consideración y contemplación, no legislador y en la inteligencia clarividente digamos que nos rejuvenece gran cosa. y previsora y en Ja firme voluntad del El descenso es marcadísimo, y perdoministro, hasta por atavismo nos está ne- nen los últimos difuntos y los dos vivos gado. Tres siglos de formación del alma en candidatura para la vacante. nacional sin haber tenido más concepto Ocupa la cumbre Ayala, el gran creani más práctica de la ciudadanía que bajar dor de humanidad dramática palpitante y la cabeza, ante el mandato del rey y mur- sufridora: aquel que en la política se enmurar del favorito, no podían dotarnos de sayaba para ver y probar de cerca los muelles que hacen andar la máquina hucivismo superior. A la vez, para el estudio de las rela- mana. Sigue Cánovas, hombre- idea y ciones de la realidad y aplicación de ésta hombre- acción, feliz engendrador de acá la vida, se nos dejó lo picaresco por tividades y despertador de intereses que todo campo libre á las operaciones del aún siguen moviéndose, gracias al primer pensamiento. Con tales factores de edu- empujón que él dio. Precede intelectualcación entramos á ejercer el gobierno de mente Ayala á Cánovas, como en la hisfa nación por sí mismo, y cada molécula toria de los pueblos antecede la poesía á de soberanía, es decir, cada ciudadano, la prosa: aquélla, primaveral, fresca, amasegún la parte que toma en aquél, des- necedora; ésta, agostera, madura, vesarrolla los factores consabidos. El inerte pertina. En pos de Cánovas viene Martos. nieabandona su derecfe á influir en el Esta- SILUETAS DE ZALDÍVAR 1 ARREA. -En Dresde á principios de mes hacía más calor que aquí- -dice don Eduardo. ¡Hombre! -exclama Larrea. ¡No puede ser! Estamos en la mesa redonda; es una mesa redonda agradable, íntima. Sólo ocho, diez ó doce comensales nos sentamos á ella. Hoy, cosa extraordinaria, hace un calor terrible. -Yo- -añade Larrea- -notaba algo, as! como una molestia, y era que me estaba asfixiando... ¡Caramba! ¡Demonio! ¡Qué atrocidad! -exclama con voz mas fuerte que los demás D. Eduardo, el que estuvo en Dresde á principios de mes. ¿Se estaba usted asfixiando? -añade en el mismo t a no sonoro. -Sí, sí- -dice Larrea con voz suave y mirando con unos ojos chiquitos y tristes. Larrea no hace nada, ni creo que tiene oculto ningún plan; es uno de esos hombres que hemos de ver en el andén de una estación, en la mesa de! café que está al lado de la nuestra, en la plataforma de un tranvía ó en e! pórtico de un teatro. Y es un hombre que después de haberlo estado mirando en alguno de estos sitios durante diez ó doce minutos, forzosamente, no acertamos después á decir cómo era. La barba de Larrea es como todas las barbas; su pelo está cortado casi al rape, y su corbata- -acaso en él lo más característico- -es una corbata un poco anticuada: un hombre como Larrea no compra más que una corbata en la vida, y si ¡a ha heredado, ninguna. Y tal vez esta corbata de Larrea es la corbata que otro Larrea de 1870 recibió por juro de heredad de otro Larrea de 185o. Una sensación de versos de Gabriel Ruiz de Apodaca, de disquisiciones de O Fermín de la Puente Aptze-