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ABC. MES 7 DE IQO 3. PAG. 6 PROGRESA I i n verdadero madrileño no puede menos de entristecerse al ver cómo, un día tras otro día, la civilización, con pretexto de mejorarnos y de europeizarnos, descuaja arraigadas instituciones, troncha ramas y desgaja las más frondosas quimas del viejo Madrid. N o hay que dudar. Madrid sin pobres importunos, sin ped- igüeños vergonzantes, sin maestros del hampa y de la vagancia, sin gente baldía y maleante es lo que debe ser ¿Qué será de la pobre, cubierta de negros velos y de tristes tocas, que se apostaba desde el anochecer en la calle de las Torres, y sin decir palabra, tan sólo extendiendo tímida la diestra y descarnada mano, lograba copiosa limosna? ¿Y aqi e! benemérito de la pobretería madrileña, cojo de la pierna derecha, que sustituía un cumplido armatoste de pilo; aquel hombre simpático y locuaz, que a 3 veros desde medio kilómetro quitábase el asendereado sombrero y saludaba sonriente, lucidores los ojillos, vivísimos é intencionados, la cara vivaracha y vinosa, demandando de nuestra generosidad una limosna para el desgraciado co- un pobre cerillero que, en la esquina del Arco, expendía fósforos de cartón, alfileres y otras baratijas. Tambiénmeacuerdo del ciego Herrera, y del tío Poleo, vendedor de catacismos, según él decía, y de unas marusiñas que andaban recorriendo calles al son de un extraño instrumento que nunca pude clasificar, y tenía algo de zampona y de piano, de harmoníum y de organillo... Los tópicos que usaban los antiguos pobres de pedir, sus canciones, las notas de los violines, de los clarinetes y ocarinas que tocaban, todo ello forma una música triste que oí en otro tiempo, y al recordarla siento un halado inefable. IV- Jí- r rf J 4 V EL ESCORIAL. LA COMITIVA FUNEBRb EN EL ENTIERRO DEL INFANTE D. FERNANDO l- nt. Goih Lo cual no estorba para que Madrid pierda algo muy característico sin que arrastren por sus calles su miseria ó su truhanería una porción de pobres de caras conocidas á las cuales nos habíamos acostumbrado desde niños. ¿Dónde habrá ido á parar el pobre de la vela, aquel hidalguete espigado, limpio de carnes y grande de ingenio, inventor de un sistema para sacar dinero, que nos acometía en las primeras horas de la noche para pedirnos quince céntimos con que comprar una vela que disipase las tinieblas de su hogar, entristecido por una muerte reciente? ¿Y aquel otro mendigo que se nos acercaba diciendo con voz enronquecida y aspirando la h al modo que suelen hacerlo al pronunciarla los extremeños: Tengo jambre, señorito, tengo jambre? jito? De seguro os acordáis de este buen sujeto; él no gustaba de mudar de escenario, y durante mucho tiempo, en las calles del Turco y del Barquillo hizo su agosto. Iba limpio de manos y rostro, de camisa y blusa. ¿Dónde andará? ¿Pues y aquel otro, cojo también, que usufructuó luengos años la calle de Fusncarral? No le habréis olvidado. Colocábase frente á la desembocadura de la calle del Aico de Santa María, envuelto en una rozagante capa durante el invierno, vestido de chaqueta de dril en verano, y en todas las estaciones tocado con una gorra bien cumplida. No pedía; era un humorista, un Shakespeare de la pedigüeñería; sus ojillos eran irónicos, su cara desvergonzada, y allí clavado pasaba horas y más horas en observación de los transeúntes. Tema relaciones amistosas Madrid se engalana, se endominga, se acicala; Madrid se hace una urbe cosmopolita, progresa, se moderniza: todo ello es plausible, merece alabanza; pero la recatada doncella de que Cervantes habló, la doncella divina, que remoza á los viejos y entusiasma á los jóvenes, huye de estos lugares. El prosaísmo vulgar, utilitario, vestido de americana y hongo, sustituye a la Poesía. Por cierto que la ventura no parece por ninguna parte. V. C. EL BAILE DE SAN CAYETANO p s la nota típica de su verbena, de la que no participa ninguna de las demás, salvo la de San Lorenzo. Quitadle