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SEAÑO TRES. NllMERO 206. CRÓNICA UN? VERSAL ILUSTRADA del mejor servicio, sino también hay gran número de gente á quien el consabido aumento beneficia en sus particulares intereses. Y todos los beneficiados se convierten en trompetas de la fama del generoso ministro. El de Hacienda ha de resistir primero y tamizar después esos naturalísímcs deseos, y dejarlos luego reducidos á su legítima y factible expresión. Es el inevitable enemigo de todos sus compañeros de Gabinete en períodos como el que ha de transcurrir desde ahora hasta que se lean en las Cortes los presupuestos. ¡De fijo está convencido de la enunciada verdad D. José Echegaray! Su gran autoridad espiritual, unida á cierta mezcla de firmeza y de dulzura, más fácil para él que para la generalidad de los mortales, hará posible la delicada- y patriótica labor, sin la cual nuestra nación se halla muy expuesta á un fracaso. Por eso el ministro de Hacienda ha podido decir, con justo título, que todo lo que hoy se hable de presupuestos es pura fantasía. MANUEL TROYANO 5 MADRID, 4 DE AGOSTO DE i 9 o5. NUMERO SUELTO, 5 CENTS. mócrata á la española, de aquellos que han llegado á convivir con las aristocracias, pero sin mezclarse con ellas, conservándolas un cierto temor supersticioso. No hace falta mucha fantasía para figurarse el coloquio de los dos viejos amigos. El marqués, envarado, altanero, hablará como quien regaña. El presidente, sentado, hecho un ovillo, 1 pero calmoso y un poquillo cazurro, contestará como quien no quiere reñir... Y á esto quedará probablemente reducida esa nube de verano entre dos colegas cuyas edades suman más de siglo y medio. ENE POLÍTICA as noticias sobre presupuestos. Con fundamento sobrado ha dicho eJ Sr. Echegaray que, hoy por hoy, es obra de pura fantasía cuanto se diga toCante á presupuestos Para apreciar ese hecho, nadie como e! ministro de Hacienda; porque el plan económico de cada departamento de Ja Administración pública, no tendrá existencia valedera hasta que sio reciba su sanción. De ahí proviene la necesaria autoridad de que ha de estar armado el ministro de Hacienda en país cual el nuestro, donde la afición al despilfarro alcanza, hasta por atavismo, una fuerza incontrastable y peligrosa; máxime cuando la única eficaz que moralmente poseemos, para infundir algún respeto á los extraños, consiste en el sagrado cumplimiento de nuestras obligaciones. La sorpresa que dimos al mundo civilizado levantando con energía desconocida el peso enorme que sobre los cansados hombros de nuestra pobre nación arrojó la catástrofe de 1898, es lo que nos conserva alguna consideración de los demás pueblos. Pero tamaño esfuerzo se mira aún como una cosa de España, como uno de esos inesperados rasgos característicos de nuestro país, que burlan todos Jos cálculos y despistan todas las previsiones, si bien no suelen recomendarse por su consistencia. 1 Estado de los cortes de cuenta, del déficit permanente, del despilfarro sistemático, aparece ahora, cuando son mayores que nunca sus cargas, llevándolas con vigor, con regularidad y hasta con excedentes en sus ingresos. El ienómeno económico toma ante los ojos prevenidos visos de milagro, y á cada momento la gente extranjera y aun la propia cree que va á terminar. Y terminará luego que el ministro de Hacienda abra la mano. Porque es muy humano que cada consejero responsable quiera dejar huella de su paso por el ramo de la Administración pública encomendado á sus talentos; dar relieve á su personalidad ministerial demostrando que no es un espíritu vulgar que se contenta con ¡o teatral del cargo; realzar su figura ganando la voluntad de clases, de entidades, de localidades ó de regiones. ¡Y todo ello con d ¡rsero ha de hacerse! Son muy contados los funcionarios de tan elevada jerarquía, capaces de poner en prensa su cerebro, para encontrar modo de reformas, las cuales, sin ocasionar más dispendios al Tesoro público, supongan un verdadero adelanto en los servicios. Lo más agradable y de superiores atractivos es aumentar los gastos para obtener las apetecidas mejoras. De esta suerte, no solamente se tocan las ventajas I EL VELLOCINO p 1 barón de Tattenbach se ha quejado amar gamente de! lenguaje que contra él emplea la Prensa de París. ¡Pobre ángel! Y dice el ilustre representante de Alemania en París: ¿Por qué me censura la Prensa francesa, vamos á ver? ¿Hice yo otra cosa que atenerme á las instrucciones recibidas por conducto de Radolin, de acuerdo con lo concertado entre éste y Rouvier? Entonces, ¿de qué se quejan esos periódicos? Es verdad, señor barón, es verdad. El caso es lastimosísimo, y no puede menos de merecer la censura de todos los hombres tiernos de corazón. El barón alemán es una buena persona, que no se mete con nadie. Tattenbach fue á Marruecos en calidad de representante de su país, y ha hecho cuanto ha podido para que su viaje resulte útil y provechoso. ¿Puede esto merecer censura? Además, el barón prueba que lo del puerto de Tánger teníalo él ya ultimado con anterioridad á la decisión de Francia de asistir á la Conferencia. Las cosas en su punto: no vayamos iuego á salir con que las concesiones hechas á Tattenbach no son válidas, ó son lícitas pero no válidas, como dicen los libros de Práctica forense. Sepan los periódicos murmuradores, los que han levantado esa cruzada contra e) buen barón alemán, que las grandes hazañas llevadas á cabo por el poderoso esfuerzo del bravo tataranieto de Sigfrido, tan traído y llevado por las rotativas francesas, halló cantores en territorio d e Marruecos. Se sabe á ciencia cierta que los altos hechos de! diplomático han desatado la vena poética de más de un Muza y ya andan en manos del pueblo versos escritos según la nueva métrica marroquí, que no se copian por no dar qué hacer á los cajistas con los caracteres endemoniados de la escritura arábiga. Para su capote Tattenbach dice: sEstos franceses creerían que yo iba á andarme por las ramas, y cuando se han convencido de lo contrario, ponen el grito en el cielo. ¡El puerto, el empréstito, sí, para ellos estaba! Y á voz en cuello grita Tattenbach: ¿Qué hice yo sino lo que quiso que hiciera Rouvier? ¿He dicho esta boca es mía? ¿A que viene esa campaña contra un pebrecito diplomático, contra un hombre bondadoso, desterrado de la culta Alemania y traído á esta tierra del ochavo, de las babuchas y del Koran, al igual que aquel poeta latino, llamado por mal nombre Nasón, y que hace algunos siglos fue conducido desde la fastuosa Roma y su dorada corte al Ponto bárbaro? DOS CARACTERES p s t á n los dos frente á frente. Los dos son ancianos, venerables. Los dos tienen el rostro pálido, orlado de plata reluciente. Son dos viejos amigos, que lucharon por la libertad, cuando aún se podía combatir por tan bellas cosas. Son dos políticos ptobados en el vivir. No osan volver la vista atrás, por no ver las tumbas que en pos dejaron, donde reposan quienes fueron sus camaradas. No se arriesgan á mirar adelante, medrosos del porvenir corto, obscuro. A gusto espacia sus ojos en el horizonte quien tiene largo, dilatado el mañana. Estos ancianos, por grande que sea su energía, no, no pueden contemplar con calma lo futuro. Pero, entre el uno y el otro no hay más analogías que las notadas. El marqués, como sabe todo Madrid, que le ha visto pasear por el Retiro en primavera, otoño é invierno, es un gallardo y gentilísimo caballero de erguida presencia, de rost. o aguileno, que descuella un tanto osado y petulante sobre los hombros. Como los elegantes de verdad ai i erra á ser rígido y flexible al mismo tiempo; sabe sonreír y despreciar, lo cual es un arte que pocos alcanzan. Por el contrario, D. Eugenio, á quien nadie ha visto pasear como no fuese en coche cerrado, carece en absoluto de gallardía y esbeltez. Es un anciano muy anciano, aunque tenga menos años que el marqués. Su estatura aparece mucho menor de lo que en realidad es, porque en su actitud hay un encogimiento, no se sabe si de timidez ó de resignación. Parece un hombre que pide perdón de llegar adonde ha llegado. Es un verdadero de-