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A B C MARTES i DE AGESTO DE i 9 o5. PAG. 6 terlocutor del librero; y éste replicaba: ¿Sí? Pues ha de saber usted que no lo vendo porque, como usted comprenderá, no voy á desmancar un índice por una tontería de usted. Y no vendió jamás un libro y consintió en morirse de hambre por no alterar las papeletas del índice por excelencia. v 3 Pero aún más locos que Rialta debían estar los que adquirieron los ejemplares de una Biblia en 60.000 francos y de un Psalterio en la friolera de 100.000 francos, que equivalen á 1 32.000 pesetas. La Biblia citada vendióse en Londres, y la librería que poseía ese tesoro lo sacó á pública licitación como si fuese un inmueble, el Palacio de Castilla pongo por caso, y allá fueron con las bolsas abiertas y los ojos relumbrantes de codicia de libros muchos locos de atar curiosos y aficionados. El Psalterio de los 100.000 francos estaba editado en la primera imprenta que hubo en el mundo, la de Fust y Schcefíer; lo poseyó mucho tiempo una familia noble de Alemania; después, algún rastreador de libros raros lo sacó de la biblioteca del aristócrata, y de mano en mano paró en las de un librero de Francfort; un dependiente del librero realizó la venta del Psalterio. jLástima que se ignore el nombre del comprador, y más todavía del vivo, avisado y listísimo vendedor! -V. C. TRIBUNALES INFORMACIÓN EXTRANJERA SAN SEBASTIÁN. DOS NIÑAS DEL CAMPO o t Mu 10 de lijen i CUADRO DEL SR. HERMOSO, QUE FIGURA EN LA EXPOSICIÓN ARTÍSTICA ro ó especie de locura muy pegadizo y pernicioso. La manía más corriente de los aficionados á libros no es la de comprarlos, sino la de leerlos, funesta guilladura que desvencija entendimientos y trastorna molleras. No me dejará mentir aquel hidalgo inmortal, á quien del mucho leer y del poco dormir se le secó el celebro. Hay también monomaniacos de portadas, de índices, de colofones, de cabeceras y hasta de corchetes. Por tales manías, y otras semejantes, dijo Salomón lo que dijo acerca del número de los simples. Por regla general, los coleccionadores de libros son un poco misántropos y un mucho aficionados á quedarse con los libros ajenos. Hombres de conducta intachable y de sentido moral estrechísimo, no tienen escrúpulo, si la bibliomanía que padecen es muy agada, en arramblar de una vez con las obras del propio Aristóteles. Entre las circunstancias atenuantes de a responsabilidad criminal debiera con- cedérsele un puestecito á la bibliomanía, y estoy seguro que si nada han dicho acerca ác este punto Lombroso y Ferri, á lo menos deben de haberlo pensado. Conocí yo á un sevillano tan chiflado por los índices, que merece un recuerdo aquí para que sirva su chifladura de escarmiento á los tontilocos. Mi sevillano se llamaba Rialta y estableció en la ciudad del Bétis una tienda de libros viejos. Echó Rialra en el negocio cuanto dinero tenía, y antes de abrir la tienda clasificó con prolija minuciosidad los libros allegados por él; hizo de la librería un índice que era, según él decía, el único índice racional y aceptable: mejó quer de la Colombina. Tan enamorado estaba mi hombre de su obra, que no quiso jamás alterarla. Entraba un comprador en la librería: ¿Tiene usted- -preguntaba á Rialta- -las obras de Quevedo? Levantábase el sevillano, y derecho como una flecha se iba al estante donde estaba el libro demandado. Luego, dirigiéndose al comprador, decía: Esto es lo que usted pide, ¿verdad? En efecto resoondía el in- C L C A M P E Ó N D E LA VIRTUD Uno de los mas importantes miembros del Senado de los Estados Unidos, el Sr. Mitchell, del Oregon, ha sido condenado recientemente a seis meses de prisión por el delito de conupcion y tráfico de influencias. Pues bien, este senador respetable que ha abusado, igno ramos en qué forma, de su posición política, ha sido por sarcasmo de la suerte el campeón de la virtud. Elegido, en efecto, por los defensores de Nicaragua, cuando esta cuestión se suscitó en el Senado como terrible fantasma que recordaba el más grande de los chantages franceses, para que, en nombre de sus colegas, hiciese uso de la palabra, lar zó formidables acusaciones contra los que él creía complicados en tan ruidoso asunto ó próximos á la inmoralidad, y consiguió dominar en absoluto á la Cámara, que lo escuchó sin fatiga durante cinco horas. Ahora el defensor de la virtud, como desde entonces le llaman, pensando en los seis meses de prisión que le han impuesto, en los 10.000 francos de multa y en la correspondiente interdicción civil, quizá se arrepienta de la victoria que le valió un campeonato que con tanta facilidad se ha derrumbado. Porque quizá á tal triunfo deba su conden 2. C L PRINCIPE Y E L C A M E L O T En París, como en Madrid, abundan! os llamados timadores del ful, es decir, los que viven de dar gato por liebre al comprador de buena fe. Los nuestros, mejor dicho, los que en la villa y corte se dedican á tan lucrativa industria, suelen colocarse a caza de incautos en la plaza Mayor, Puerta del Sol y calles afluentes, donde por sel mayor el numero de transeúntes pasan inadvertidos con mas facilidad que en otros sitios. Elegido el primo, acercansele, y con aire misterioso ofrecen el reloj, la sortija ó los pendientes que, por ser mal adquiridos (esto dicen casi siempre) pueden dai en n I h i I l i l i HIMIIH i l l l II- -Il1i i