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A B C LUNES 31 DE JULIO DE i 9 o5. PAG. 4 tra insistencia, sólo produce una nota breve, seca, apagada. Este timbre está descompuesto pensáis vosotros que ya, como españoles, creéis que debéis arreglar algo en Londres. Y otra vez apoyáis vuestro dedo con más insistencia, con más ahinco, sobre el botón. De nuevo el timbre sólo produce un sonido rápido y suave... Y ya os disponéis á salir al pasillo y romper en largas é indignadas vociferaciones, cuando la puerta se abre y una inglesita rubia, una rubia con una cofia blanca, limpísima, esbelta, aparece ante vosotros, españoles furiosos, y os sonríe... -D. Leonardo, ¿qué hay? -Nada, Azorín. ¿Nada? -Nada. Ya nos hemos visto por segunda vez en el transcurso de esta mañana. El balneario es una edificación vasta, de tres pisos; anchos pasillos con el piso de tablas permiten el acceso á los cuartos; las escaleras son espaciosas; en la planta baja, á la mano siniestra entrando, se abre una larga y acristalada galería que cruza sobre el río. A esta hora, por la mañana, los bañistas pasan por esta galería; y entonces observamos las caras de D. Juan, de D. Andrés, de doña Asunción, de Pepita, de doña Matilde, de Rosarito, de D. Fernando, de D. Remigio. Y vemos cómo unos marchan lentos, pasito á paso, un poco pálidos, un poco taciturnos, como quien lleva un secreto y vago mal; y cómo otros cruzan indiferentes, casi satisfechos, casi risueños, como si el dragón interior estuviera ya medio vencido; y cómo Rosarito, Pepita, ó Lola- -que toman las aguas rápidamente por acompañar á esta excelente madre ó á esta buena tía- -deambulan rápidas, taconeando sonoramente, con el busto erguido, esponjadas, como un pájaro que huye de un chapuzón. -D Leonardo, ¿qué hay? -Nada, Azorín. ¿Nada? -Nada. Tal vez un vago tedio comienza á sobrecogernos. Promedia el día; caminamos arriba y abajo por los pasillos. De pronto resuena na campana; una inquietud penetra en nuestros ánimos. Es la hora de la comida. Todos desfilamos lentamente hacia el lejano comedor. Un instante nos detenemos en la puerta como ante un misterio inquietante. No sé si es cortesía. D. Juan quiere que pase primero doña Matilde; doña Matilde pretende que pase primero doña Luisa. Y al fin todos pasamos, con un secreto presentimiento, hacia lo desconocido, hacia lo arcano. Ya hablaré de esta hora del comedor otro día. Cuando la comida ha terminado todos salimos al pasillo. La tarde se abre para nosotros inmensa, infinita, interminable; las tardes son el terror de los balnearios. ¿Qué vamos á hacer esta tarde? ¿Cómo vamos á deshacer las horas eternas que se extienden desde las dos hasta las ocho? Y nuestro espíritu contristado entrevé como un carril forzoso, inexorable, la carretera blanca á la derecha, la blanca carretera á la izquierda, y enfrente la colina escarpada, lisa, que cierra nuestro paso. Andamos, pues, sin remisión por la alba carretera, bien hacia la derecha ó bien hacia la izquierda; nuestras caras reflejan ya un cansancio más acentuado que en las horas de la mañana. Esperamos ansiosos que el crepúsculo llegue; con él, cuando las luces se encienden, viene un rápido momento de expansión en el corredor. Es la hora del correo. Todas nuestras esperanzas, todos nuestros ensueños, todas nuestras quimeras reviven un segundo. No sabemos de qué hablar durante el día, y en este instante supremo asoman por nuestra masa gris unas sombras de ideas. En el zaguán se forman grupos que charlotean sentados en sillones de mimbres; leemos los periódicos, se ve cómo se rasga acá y allá una carta. Y de pronto, sobre este estrépito momentáneo, sobre esta fugaz jocundidad, caen las estrepitosas campanadas. De nuevo hemos de marchar hacia el comed or; nos levantamos de nuestras butacas como haciendo un sacrificio enorme. Cenamos. Después, dejada ya la mesa, vamos y venimos otra vez por el ancho pasillo. Una pequeña orquesta de violinistas un poco entri tecidos toca unos aires preciosos con que pretendemos engañar nuestra melancolía; quizá Lolita, Rosarito ó Carmen, dan unas rápidas vueltas de vals sobre el entarimado brillante. Se oye en una sala contigua el chocar de las bolas de un billar; ruedan silenciosos unos diminutos caballos sobre un tapiz verde... Y á las once todo queda desierto, silencioso. -D Leonardo, ¿qué hay? -Nada, Azorín. ¿Nada? -Nada- -torna á contestar él. Y nos marchamos á dormir. AZORÍN á mis preguntas, relataba tristísimas escenas rodeado de amigos: diputados u ios, diploma ticos otros, capitalistas muchos, todos sentados formando corro en ¡a gran te- traza y respirando el ambiente fresco de una deliciosa noche de verano. Delante de nosotros pasaban mujeres hermosas que hacían crujir sedas y encajes y dejaban, rastro de perfume. De los balcones de las salas altas del edificio salían raudales de luz y a crentinos rumores de monedas que las raquetas amontonaban ó manos hábiles repartían. Del salón de fiestas brotaban aires de voluptuosos valses que danzaban jóvenes parejas en deslumbrante cotillón, dirigido por una bellísima bilbaína, prodigio de elegancia y distinción, la señorita de Oyarrola, y ante este cuadro fastuosísimo, el joven ministro contaba las escenas de miseria y de muerte que ha visto en las campiñas andaluzas. Apenas he podido hablar hoy media hora con el presidente- -dice- -de los asuntos que me traen á San Sebastián. El Sr. Montero Ríos es un hombre muy minucioso, que quiere enterarse de todo hasta en Jos más nimios detalles. En dos horas no acabaré mañana de exponerle todo el plan de obras que ha de reali ROÑICA D E L DÍA Nohaydomin- zarse. Por lo pronto, he dispuesto de dos millones, que tengo distribuidos, y hasta DiciemV- TRANSMITIDA go de n i n g u n a bre, que las Cortes puedan hacer ya por su P O R T E L É F O N O parte que se pacuenta más que yo ahora, me defenderé con los A LAS 3 DE LA rezca al domingo trece millones conseguidos. Más p. o puedo. Me MADRUGADA de San Sebastián. ha costado mucha sangre lo que he logrado y Desde media mañana se echa la gente, ya vesno he de provocar nuevas cuestiones; pero con tida de gala, á la calle. Ahora está de moda la todo ese dinero no se puede hacer más que misa de once en los jesuítas, que hasta para oir algo, muy poco, de lo que es indispensable. misa hay modas. El nuevo templo, que fue has ¿Qué van á tener ahora aquellas gentes hamta hace pocos años teatro- circo, está incrustado en una manzana de casas. Quizá, y sin qui- brientas? Un jornal de seis reales, un calor de zá, es el menos amplio, el menos bello y el me- 40 grados y un trabajo penoso en la construcción de carreteras y pantanos. El mal es munos templo. Pero ya lo he dicho: está de moda cho más hondo de lo que puede apreciarse y á él acude, á las once, el mundo- distinguido cuando se atraviesan terrenos como aquellos para ir después al Bulevar á lucir sus lujosas toilettes de mañana, y muchas elegantes, hacien- 92 kilómetros de la campiña jerezana, cuya do flotar los kilómetros de tul en que han dado inmensidad pertenece á sólo un centenar de propietarios y donde el pequeño terrateniente en envolver sus cabezas, á pasear ó refrescar en es víctima de la usura y de las crisis agrícolas la terraza de JVovelty. que les obligan á pedir jornales para comer. Como el tiempo es espléndidamente hermo Cuanto se dice de la miserii de las gañaso, todos los paseos estuvieron hoy repletísinías con sus jornales de tres reales es una desmos de gente. Los rosarios de tranvías fueron garradora realidad, donde no faltan anarquisesta tarde á los pueblos vecinos. tas, porque el hambre es muy mala consejera, En la cima del Monte Ulía se verificó el almuerzo oficial que dio el alcalde, marqués de y una de las necesidades más urgentes es la de Rocaverde, al presidente del Consejo y al mi- encauzar aquellas fuerzas ociosas y por lo mismo peligrosas... nistro de Agricultura, que había llegado pocas horas antes. Ha sido una fiesta íntima, sin caY así continuó hablando el conde mientras rácter político, aunque liberales eran todos los sonaban las últimas notas del esplendoroso co reunidos. Ha sido, en una palabra, una con- tillón. versación que principalmente ha sostenido el ÁNGEL MARÍA CASTELL conde de Romanones, refiriendo impresiones de su expedición por Andalucía, conversación que probablemente se prolongará mañana en la expedición que los mismos personajes harán á Fraisoro, el gran modelo de esta Diputación 1 Xe Guerra. provincial, también modelo. El genera! Weyler prepara dos proyecEl festival infantil celebrado en el Gran Ca- tos, que leerá en las Cortes tan pronto como éstas queden constituidas. sino esta tarde tuvo infinita animación y bullicio imponderable. Figúrese el lector seiscienUno de ellos es referente al materia! dispotos niños para quienes hay dispuestos seiscienniéndose la adquisición de todo el necesario tos juguetes primorosos, y figúrese también, para los regimientos de artillería, abonándose su importe en tres anualidades. si puede, el momento en que estos seiscientos juguetes pasan á las infantiles manos, y la algaEl otro es relativo al persona! y en virtud rabía que el pródigo regalo produce. de tal proyecto serán ascendidos, á los cinco años de antigüedad, los segundos tenientes de Del Infantito, por quien todo el mundo preguntaba, nada nuevo se dijo, porque no es la escala de reserva procedentes de la clase de nuevo decir que sigue, poco más ó menos, lo tropa. mismo; que la enfermedad puede ser larga y p l Sr. Canalejas. penosa para el paciente y para los que le ro Ayer regresó á Madrid el Sr. Canalejas dean, y que los médicos, sin dar una nueva esSegún dicen sus amigos, el exministro de peranza, tampoco agregan un pesimismo más á mócrata viene muy satisfecho del resultado de los muchos que contiene su opinión. las conferencias que en San Sebastián ha celev Otra cosa. Al conde de Romanones acabo brado con el Sr. Montero Ríos, con referende verle y hablarle en el Casino, donde se cecia á las pretensiones de los vinicultores. lebraba soberbia fiesta, rematada con el obligaAyer mismo el Sr. Canalejas visitó al minisdo cotillón, y en verdad que el cuadro era intro de la Gobernación. teresante. El conde, contestando amablemente SAN SEBASTIAN ECOS DEL DÍA ni nrunniumniníinniiin imimimirninTnBTinnninnniEmiTíimmnrniuiFHn I