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SUSCRIPCIÓN PAGO A N T I C I P A D O POR CADA M E S PUBLICIDAD SOLICÍTENSE TARIFAS Anuncios económicos. Reclanios. Anuncios por palabras. Noticias. Informaciones. Administración: 55, Serrano, 55, Madrid España, pts. i,5o. Portugal, pls. Unión Postal, a, 5o francos. jdministracJón: 55, Serrano, 55, Madrid N. 199. MADRID, 28 DE JULIO DE 1905 NÚMERO SUELTO, CINCO CÉNTIMOS EN TODA ESPAÑA c 9 0 CÉNTIMOS LITRO, ñL l (t, ÍH, II 2 1 ¿a 3 4 2 5 2 7 2 S y O Se seguirán poniendo las inyecciones antituberculosas por el procedimiento del Dr. Sánchez Fferrero en el Dispensario establecido en la calle de A T O í l I A 7 G, 1. todas las tardes do 1 á 3 de la misma. L I Kí iATlTJ 5 a I i A I 0 p a r a i n o i u a r 0 0 j í r a d o í i Comp. cle alinnhrailo por alcohol. i rf tiaíl í Ü, Ma li Í 4l. JOYERÍA ARl- NAL, I Relojes, 5 ptas. se venden niiev s y lie (icasion Guarniciones. Alfonso. X, 1 y 5 Kelojitos, í i. Monte Benéfico, 12, ÍIO. 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Se acordaba cié cuan bueno había sido el joven marino para Juana, y cómo la había consolado y sostenido cuando ¿1 la hizo tanto sufrir. Tal vez sin quererlo. Rene había ocupado en aquel corazón el puesto que había dejado vacante Ricardo, y que creía que le pertenecía por derecho p r o p i o P e r o si amaba á Rene, si sufría por él, el joven doctor no le hubiera dicho como le dijo: Tú s lo la puedes salvar P o r consiguiente, era á ¿I á quien amaba, á su marido. -Y al decir esto, Ricardo se estremecía de emoción. ¿Juana le amaba? Le parecía imposible, porque los actos d e la joven demostraban, al menos en la apariencia, lo contrario. Sin embargo, se sentía dichoso, como si aquella espcrania apartase de su vida el pe o que le agobiaba. D- repente el pensamiento de Juana volvió á ocupar su im: Tginación, y se consideró miserable y cobarde. La víspera hu bicse jurado todavía que ella no se preocupaba más qu ¿de él, y ahora la consideraba n ás alejada que nunca en el continuo flujo y reflujo de sus pensamientos, que no se apartaban de aquella obsesión fija y permanente. Ricardo, no obstante, no quería todavía declararse vencido y trató de convencerse de que la piedad y el desasosiego que sentía p o r la salud de Juana, los remordimientos por los pesares que sufría, t r a n la causa única de las torturas de su espíritu. -N o se ama más que una vez en la vida- -pensaba; -he dad mi corazón á Susana y no se lo podré ofrecer ya á otra. A pesar de sus razonamientos, á pesar de la especie de vergüenza que experimentaba al notar el cambio que se había operado en él con relación á Susana, durante todo aquel día, c: i la cr. lle, en la Audiencia, en toJos los lugares adonde le llamaban sus asuntos, no pudo desprender de su mente la imag n de la joven, y dominando todas sus impresiones, el temor horrible de perderla y una necesidad de amar y de vivir con ella le o s tigaba. El tiempo le parecía largo y contaba las horas que le separapan del instante en que la podría ver. estar á su lado, arrojarse á sus pies y rogarla que le oerúonuse y le olvidase. contíniTT- íí l i conversación iniciada algunos momentos antes: ¿í ü i qiié no aprovechas este tiempo tan hernioso para salir de paseo? El aire libre te sentaría divinamente, y, por lo menos, podrás distraerte algo. Si yo no tuviera que hacer esta t a r d e te acompañaría de buena gana. La joven, cada vez más sorprendida, se detuvo, tratando de leer en el semblante de liicurdo el motivo de aquella solicitud que cada vez encontraba más inexplicable. Áo vio más que un interés sincero, una piedad mal disimulad. y una sonrisa cariñosa. Al observar todo aquello, le respondió entre indecisa y preocupada: -Tie. ies r. zón, es uno de los i illimos días de la estación, es? i: iy hermoso, y sería conveniente aprovecharlo. Después entró en su cuarto y dijo para si: -P o r lo visto, debo tener la mssma cara de una muerta. Se colocó de; ate del espejo y permar. eció algún rato estudiando sus facciones y apre j a n d o los estragos que en ella había producido la enfermedad. -C s verdad- -se di, o, -estoy muy cambiada; no creía que estuviese tan enferma... Ricardo debe haberlo notado, ha pensado quizá que estaba á punto de morirme, y su deber le exige avisar á un medico para asistirme... Se iia portado bien conmigo, ¡es natural! Sol) re todo, el pensamiento de verse libre, de desprenderse de su martirio constante, d b e ser una idea hal í g dora para el; es muy joven todavía y aún puede tener muchos años de felicidad. Permaneció santada en su sillón tiritando, á pesar del soí que caldeaba la estancia. Llamó al timbre y mandó que encendieran la chimena. ¿D e qué me puedo quejar? -decía continuando su meditación; -no he tenido constantcmen ¡e más que este deseo; dar mi vida poi hacerle dichoso. Si Dios se, apiada de mi y me lleva á su seno, uo tendré motivo para coní; idcrarme satisfecha? jYo dichosa, s í pero ell ¿Le seié odiosa hasta ese extremo? C r e o que hoy no tenía esa mirada sombría, ese aire de desesperación que me hacía tanto sufrir. H o y sonreía. ¡Qué pensamiento tan atroz. Dios miol ¡Yo que le he amado tanto, y ahora