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A B C. JUEVES 27 DE JULIO DE i 9 o5. PAU. 5 Pobres mulleres! 1- 1 inchada su cala de montanas de sal rojizas, rezumándola por entre las costillas y empedrada su cubierta de granos lacrimosos y crujientes, se balancea la panzuda nave, aprisionada por cadenas y cables al muelle de piedra. Dos tablas cubiertas de barro y sal negruzca sirven de puente entre el barco y la tierra; siguen el balanceo de aquel y se hunden alrernativam nte en los charcales que formó la 1 avia. 1 El trabajo á bordo es incesante unos hombi es, con chamarretas de lana gruesa, pantalón amarillento impermeable y botas claveteadas, hacen funcionar las ca- descargadoras. Las banastas y las espuertas vacías se embotan al caer en los montones de sal. Las muchachas cantan las canciones del país, los fados, con impúdicos gestos, con picarescos ademanes para subrayar las coplas indecorosas. Rostros algunos de pureza de contorno helénico, pero afeados y manchados por el vaho sucio de la embarcación; cuerpos gallardos de busto firme y enhiesto, despiertan un sentimiento de lastima y conmiseración, no por su disimulada belleza, que dignas de hacer vibrar ese sentimiento son también las desfiguradas ya del todo por ¡as privaciones y el trabajo excesivo, sino por ser mujeres. Para ellas no existe más que una diferencia esencial entre hombres y mujeres la de que unos son padres y otras madres. Beben y se embriagan como ellos, riñen y se golpean como ellos y iepa r ten sus horas como ellos, entre la taberna y el muelle, y no íes queda mas tiempo que el imprescindible en que duermen, para la casa. ¡El amor, la familia, la üanquilídad 7 palabras hueras para esasprobittñas múllete Í que soñaron con una vaquiña, un csiu o e un pouco de vino do bó que coller, qu? 1 tendrán nunca por muchas privación que se impusieran. ROMERO Y OLIVA La C o r u ñ a 1905. SEVILLA. LOS ALMAV- tNES DE SAN LAUREANO DESTRUIDOS POR UN INCENDIO EN LA NOCHE DEL LUNES ULTIMO frot lian brias, hunden los negros toneles vacíos en la cala y tornan á subirlos cargados de sal; otros llenan banastas y esportillas que en rimero y en montón dejan las descargadoras para coger las que están llenas. Las descargadoras pasan al barco por el puente improvisado. Con los pies descalzos todas, una falda corta guarnecida del barro de la cubierta y chorreando agua de la que llora la sal de continuo, van y vienen como hormiguero á través de un campo de espigas. Cargan la banasta ó la espuerta en la cabeza sin demostración ostensible de daño ni molestia y caminan hacia el almacén, allí próximo, moviendo los brazos á compás hombruno. La actividad es mareante. Casi no dan abasto los hombres del baico para las He visto muchas faenas rudas desempeñadas por mujeres; ridiculamente empantalonadas vareando aceituna; con las faldas sujetas atrás, de pie en el trillo, sufriendo las oleadas de lumbre de arriba y de abajo; poco menos que á gatas con la cabeza más cerca del suelo que el dorso, charrandando; con la mancera oprimiendo el rejo en la tierra, á grandes zancadas para poder seguir la marcha de la yunta, y en la recolecta de ¡as flores del azafrán, cuando el hielo adormece los dedos y la luz apenas brilla Pero de todas esas faenas abrumadoras, no he visto ninguna que me haya impresionado más que la descarga de los buques de sal. Esas mujeres viven la vida de los irracionales y en todas sus funciones se portan lo mismo. Madrid de madrugada l odavía es de noche, pero una blancura lechosa muy tenue reina en los espacios interestelares. Abajo, en el picaro mundo y en este Madrid de nuestros pecados, algunos hombres vestidos de largas blusas corren calles arriba, calles abajo, matando las pocas luces del alumbrado público que han quedado encendidas. Los trasnochadores desmadejados tiran de su cuerpo rastreando los pies perezosamente, y los noctámbulos fieles amadores de los misterios nocturnos buscan ya como los murciélagos los ocultos nidales; algún señorito ebrio es conducido á su casa por improvisados protectores ó por amigos leales. En los bancos de los paseos y en los umbrales de las puertas se columbran ex-